El septimo hijo [Seventh Son - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Alvin Maker (es) #1
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1269-9
- Переводчик: Paula Tizzano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El septimo hijo [Seventh Son - es]». Краткое содержание книги:
En ese mundo rural, mágico y complejo, transcurren las historias de Alvin (séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón) llamado por la magia de su prodigioso nacimiento y las circunstancias que en él concurren, a poseer un don poco corriente, el de ser un Hacedor. Ello le enfrenta, incluso sin él saberlo a los poderes aniquiladores del Deshacedor. Sólo logrará sobrevivir y cumplir su misión con el uso de su excepcional don si llega a dominar su poder y evade las fuerzas ocultas que buscan su muerte antes de llegar a la edad adulta.
—Reconozco que tiene sus problemas…
—Pensaba que sólo contabas historias en las que creías.
—Creía en ella cuando la conté.
Truecacuentos se veía tan acongojado que Alvin le puso la mano sobre el hombro, aunque su abrigo era tan grueso y la mano del niño tan pequeña que no supo si Truecacuentos había sentido su contacto.
—Yo también creí en ella. Al menos en parte. Y por un instante.
—Entonces hay verdad en ella. Tal vez no mucha, pero algo es algo. —Truecacuentos se mostró más aliviado.
Pero Alvin no se conformaba con tan poco. —El hecho de que creas en algo no hace que sea así…
Los ojos de Truecacuentos se abrieron desmesuradamente. Ahora sí que la he hecho buena, pensó Alvin. Lo he enfurecido, como enfurezco a Thrower. Como hago con todos los demás. Por eso no se sorprendió cuando Truecacuentos extendió ambos brazos hacia él, tomó su rostro entre las manos y habló con tal fuerza que parecía estar introduciendo las palabras en la misma frente de Alvin.
—Todo lo que puede ser creído es imagen de la verdad.
Y las palabras lo atravesaron y las comprendió, aunque no podría haber dicho con palabras lo que llegó a comprender. Todo lo que puede ser creído es imagen de la verdad. Si me parece cierto, debe haber algo cierto en él, aunque no todo sea verdad. Y si lo analizo, tal vez pueda descubrir qué partes son ciertas y qué partes son falsas, y…
Y Alvin comprendió algo más. Que todas sus disputas con Thrower se reducían a eso: que si algo no tenía sentido para Alvin, no podía creer en ello, por mucho que el otro citara la Biblia con el afán de convencerlo. Ahora Truecacuentos le decía que tenía razón al negarse a creer en algo que carecía de sentido.
—Truecacuentos… ¿eso significa que aquello en lo que no creo no puede ser cierto?
Truecacuentos enarcó las cejas y salió con otro proverbio.
—La verdad jamás puede decirse de tal forma que pueda entenderse y no creerse.
Alvin ya estaba hasta la coronilla de proverbios.
—¡Haz el favor de hablar claro!
—El proverbio es la verdad lisa y llana, niño. Me niego a retorcerlo para que quepa en una mente confundida.
—Bueno, pero si mi mente está confundida es por tu culpa. Tanto charlar, que si ladrillos que se deshacen antes de que la pared se construya…
—¿Acaso no creíste en eso?
—Bueno, puede que sí. Supongo que si me pongo a trenzar toda la hierba de este prado para hacer cestillas, antes de que llegue al otro lado del valle la hierba se habrá marchitado hasta quedar reducida a la nada. Supongo que si me pongo a construir graneros con todos los troncos que hay desde aquí hasta el río Ruidoso, los árboles habrán muerto y caído antes de que llegue al último de ellos. Y no se construye una casa con troncos podridos.
—Iba a decir: «Los hombres no pueden construir cosas duraderas con elementos perecederos.» Ésa es la ley. Pero lo que tú has dicho es el proverbio de la ley: «No se construye una casa con troncos podridos.»
—¿He dicho un proverbio?
—Y cuando regresemos a la casa, lo anotaré en mi libro.
—¿En la parte sellada? —preguntó Alvin. Y entonces recordó que sólo había visto ese libro un día que había fisgoneado por una rendija del suelo, cuando Truecacuentos escribía a la luz de una vela en la habitación de abajo.
Truecacuentos lo miró con severidad. —Espero que nunca intentes hacer un conjuro para abrir ese sello…
Alvin se sintió ofendido. Podía curiosear por una rendija, pero jamás hurgar.
—Sólo saber que no quieres que lea esa parte es mejor que cualquier sello, y si no sabes eso no eres mi amigo. No hurgaría en tus secretos.
—¿Mis secretos? —rió Truecacuentos—. Sello esa parte porque es donde van mis propios escritos y sencillamente no quiero que nadie más escriba en ese lugar del libro.
—¿En la parte de delante escribe otra gente?
—Así es.
—Dime: ¿qué escriben? ¿Puedo escribir yo allí?
—Escriben una frase sobre lo más importante que hayan hecho o visto con sus propios ojos. Esa sola frase es todo lo que necesito para recordar su historia. Y cuando visito otra ciudad, otra casa, puedo abrir el libro, leer la frase y contar el cuento.
Alvin pensó en una posibilidad prodigiosa. Truecacuentos había vivido con Ben Franklin, ¿o no?
—¿Ben Franklin escribió en tu libro?
—De todas las frases, él escribió la primera.
—¿Escribió lo más importante que hizo en su vida?
—En efecto.
—¿Y bien? ¿Qué fue?
Truecacuentos se puso de pie.
—Regresa a casa conmigo, hijo, y te lo mostraré. Y en el camino te contaré la historia para que entiendas lo que escribió.
Alvin se levantó como impulsado por un resorte. Tomó al anciano de la gruesa manga y prácticamente lo arrastró por el sendero que conducía a la casa.
—¡Pues vamos, entonces!
Alvin no sabía si Truecacuentos había decidido no ir a la iglesia, o si había olvidado que eso era lo que en teoría debían hacer. Sea cual fuere la razón, Alvin se mostró encantado con el resultado. Un domingo sin iglesia era un domingo que merecía la pena vivir. Agréguese a eso los relatos de Truecacuentos y la escritura de puño y letra de Ben el Hacedor y, bueno… casi era un día perfecto.
—No hay prisa, niño. No he de morir antes del mediodía, ni tú tampoco, y narrar un cuento lleva su tiempo.
—¿Fue algo que hizo? ¿Lo más importante que hizo?
—En realidad, sí.
—¡Lo sabía! ¿Los lentes bifocales? ¿La estufa?
—La gente solía decirle: Ben, tú sí que eres un Hacedor. Pero él siempre lo negaba. Como negaba ser un brujo. No tengo el don de los poderes ocultos, decía. Sólo tomo fragmentos de cosas y los ordeno de un modo mejor. Antes de que yo hiciera la estufa ya había otras. Había lentes antes que los míos. En realidad, jamás hice nada en mi vida, del modo en que lo haría un verdadero Hacedor. Yo puedo darte un par de lentes bifocales, pero un Hacedor te daría un par de ojos nuevos.
—¿Decía que nunca había hecho nada?
—Un día le pregunté eso mismo. El mismo día que empecé mi libro. Le dije, Ben, ¿qué es lo más importante que has hecho en tu vida? Y comenzó a contarme lo que acabo de decirte: que nunca había lecho nada realmente. Y entonces le contesté, Ben, no puedes creer eso, ni yo tampoco lo creo. Y entonces dijo, Bill, me has cogido. Sí he hecho una cosa, y es lo más importante que he hecho y he visto en toda mi vida.
Truecacuentos se sumió en el silencio. Sólo se oía el murmullo de las hojas bajo sus pies al descendieron la ladera.
—¿Y bien? ¿Qué era?
—¿No prefieres esperar a que lleguemos y leerlo con tus propios ojos?
Alvin se enfureció al punto. Se enfureció más le lo que quería.
—Si hay algo que odio es que la gente sepa algo y no lo diga.
—No tienes que encabritarte así, pequeño. Te lo diré. Escribió: «La única cosa que realmente he hecho en toda mi vida es americanos.»
—Eso no tiene sentido. Los americanos nacen, nadie los hace.
—Verás, Alvin, no es exactamente así. Los que nacen son los niños, en Inglaterra igual que en América. No es el hecho de nacer lo que hace que sean americanos.
Alvin lo pensó unos instantes.
—Es el hecho de nacer en América…
—Sí. Es cierto. Pero cincuenta años atrás, a un niño nacido en Filadelfia nadie lo llamaba americano. Era un niño de Pensilvania. Y los niños nacidos en Nueva Ámsterdam eran holandesitos, y los nacidos en Boston eran yanquis, y los nacidos en Charleston eran jacobinos o caballeros, o algún nombre semejante.
—Siguen siéndolo —puntualizó Alvin.