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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– ¿Incluida la de culpable? -le preguntó Fletcher.

– No es todavía el momento para mostrarse pesimista. Primero debemos considerar todas las posibilidades. He visto en el centro de la última fila a un jurado que no miró a la acusada ni una sola vez mientras estuvo en el banquillo. Pero he observado que usted también se fijó en la mujer sentada en el extremo de la primera fila que agachó la cabeza cuando levantó la mano quemada de la señora Kirsten.

– ¿Qué haré si es un jurado despiadado?

– Nada. El juez, aunque no sea una de las mentes brillantes de la profesión, es meticuloso y justo cuando se trata de aplicar la ley, así que le preguntará al jurado si el veredicto ha sido aprobado por mayoría.

– Que en este estado es de diez a dos.

– Como lo es en otros cuarenta y tres estados -le recordó el profesor.

– ¿Qué pasará si no se ponen de acuerdo en un veredicto mayoritario?

– Al juez no le quedará más alternativa que disolver el jurado y preguntarle al fiscal general si quiere solicitar la repetición del juicio. Antes de que me lo pregunte, le diré que no sé cuál será la reacción del señor Stamp si ese es el caso.

– Al parecer ha tomado muchas notas -comentó Fletcher, mientras echaba una ojeada a la hoja llena.

– Sí, tengo la intención de referirme a este caso el próximo semestre en la clase sobre la diferencia legal entre el homicidio sin premeditación y el asesinato. Será en el curso de los alumnos de tercero, así que no pasará mucha vergüenza.

– ¿Debí aceptar la oferta del fiscal general de homicidio sin premeditación y una condena de tres años?

– Sospecho que no tardaremos mucho en conocer la respuesta a esa pregunta.

– ¿He cometido muchos errores? -quiso saber Fletcher.

– Unos pocos -manifestó el profesor, que pasó las páginas del cuaderno.

– ¿Cuál ha sido el peor?

– El único error craso, en mi opinión, fue no llamar a un médico para que describiera de la manera más gráfica posible, algo que a los médicos les encanta hacer, cómo se produjeron los moratones en los brazos y las piernas de la señora Kirsten. Los jurados admiran a los médicos. Suponen que son personas honradas y la mayoría lo son. Pero como cualquier otro grupo de profesionales, si se les hacen las preguntas correctas, y después de todo son los abogados quienes seleccionan las preguntas, tienden a la exageración como cualquiera de nosotros.

Fletcher se sintió culpable por haber pasado por alto una estratagema absolutamente obvia y lamentó no haber hecho caso a la recomendación de Annie de buscar antes del juicio el asesoramiento del profesor.

– No se preocupe -añadió Abrahams-. Al estado aún le quedan por salvar algunos obstáculos, porque el juez nos concederá una demora en la ejecución.

– ¿Nos concederá?

– Sí -respondió el profesor tranquilamente-, aunque hace muchos años que no intervengo en un juicio y quizá esté un poco desentrenado. Confiaba en que quizá me permitiría asistirle en esta ocasión.

– ¿Quiere ser mi ayudante? -le preguntó Fletcher, incrédulo.

– Sí, Davenport -dijo Abrahams-, porque creo que me ha convencido de una cosa. Su clienta no debería pasar el resto de su vida en la cárcel.

– El jurado vuelve a la sala -gritó una voz que resonó por todo el pasillo.

– Buena suerte, Davenport -añadió el profesor-. Quiero decirle antes de escuchar el veredicto, que para ser solo un alumno de segundo, su defensa ha sido francamente meritoria.

Nat se dio cuenta de cómo la inquietud de Su Ling crecía por momentos a medida que se aproximaban a Cromwell.

– ¿Estás seguro de que tu madre aprobará la manera como voy vestida? -le preguntó ella, mientras intentaba bajarse la falda un poco más.

El muchacho desvió la mirada por un instante de la carretera para admirar el sencillo pero muy elegante vestido amarillo que había escogido Su Ling y que insinuaba toda la gracia de su figura.

– Mi madre lo aprobará y mi padre será incapaz de quitarte el ojo de encima.

Su Ling le apretó el muslo cariñosamente.

– ¿Cómo crees que reaccionará tu padre cuando sepa que soy coreana?

– Le hablaré de tu padre irlandés -replicó Nat-. En cualquier caso, se ha pasado toda la vida entre números, así que solo tardará unos minutos en darse cuenta de lo brillante que eres.

– Todavía estamos a tiempo de volvernos -dijo Su Ling-. Podríamos venir a visitarles el próximo domingo.

– Ya es demasiado tarde -afirmó Nat-. De todas maneras, ¿se te ha ocurrido pensar en lo nerviosos que estarán mis padres? Después de todo, ya les he dicho que estoy perdidamente enamorado de ti.

– Sí, pero el caso es que mi madre te adora.

– La mía te adorará a ti.

Su Ling permaneció en silencio hasta que Nat le anunció que estaban llegando a la periferia de Cromwell.

– No sé qué voy a decirles -protestó la muchacha.

– Su Ling, este no es un examen que debas aprobar.

– Sí que lo es, no es otra cosa.

– Esta es la ciudad donde nací -le explicó Nat, en un intento por conseguir que se tranquilizara mientras recorrían la calle principal-. Cuando era pequeño creía que era una gran metrópoli. Claro que para ser sincero, también creía que Hartford era la capital del mundo.

– ¿Cuánto falta para que lleguemos?

Nat miró a través de la ventanilla.

– Diría que unos diez minutos. Por favor, no esperes encontrarte con nada extraordinario, vivimos en una casa pequeña.

– Mi madre y yo vivimos encima de la lavandería -le recordó Su Ling.

Nat se echó a reír.

– También Harry Truman.

– Pues ya has visto de qué le sirvió -replicó ella.

Nat tomó por Cedar Avenue.

– La nuestra es la tercera casa a mano derecha.

– ¿No podríamos dar unas cuantas vueltas a la manzana? Necesito tiempo para pensar en lo que voy a decir.

– De ninguna manera -respondió Nat con voz firme-. Intenta recordar cómo reaccionó el profesor de estadística de Harvard cuando te conoció.

– Sí, pero no quería casarme con su hijo.

– Estoy seguro de que no hubiese puesto el más mínimo inconveniente si con ello conseguía que te unieras a su equipo.

Su Ling se echó a reír por primera vez en más de una hora, justo en el momento en que Nat detenía el coche delante de la casa. Se bajó y corrió a abrirle la puerta a la muchacha. Su Ling salió del coche con tan mala fortuna que el tacón del zapato se enganchó en la rejilla de una boca de desagüe.

– Lo siento, lo siento -dijo ella mientras recuperaba el zapato y se calzaba-. Lo siento.

Nat se echó a reír y la abrazó.

– No, no -protestó Su Ling-, tu madre podría vernos.

– Eso espero -afirmó Nat.

El joven sonrió y la cogió de la mano mientras recorrían el corto sendero que llevaba hasta el porche.

La puerta se abrió mucho antes de que llegaran y Susan corrió a recibirles. Abrazó a Su Ling inmediatamente y exclamó:

– Nat no ha exagerado ni un ápice. Eres muy hermosa.

Fletcher no se dio mucha prisa en volver a la sala y se sorprendió al ver que el profesor seguía a su lado mientras caminaban por el pasillo. Cuando llegaron a la barandilla, el joven supuso que su mentor ocuparía su asiento un par de filas detrás de Annie y Jimmy, pero no fue así sino que continuó para ir a sentarse junto a Fletcher. Annie y Jimmy apenas podían disimular el asombro. El ujier anunció:

– Todos en pie. Preside su señoría el juez Abernathy.

En cuanto ocupó su lugar en el estrado, el juez saludó al fiscal general y luego dirigió su atención al equipo de la defensa; por segunda vez durante el juicio, en su rostro apareció una expresión de sorpresa.

– Veo que ha conseguido un ayudante, señor Davenport. ¿Debo consignar su nombre en las actas antes de que llame al jurado?

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