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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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Gandy fue el primero en recobrarse:

– Será mejor que vuelva. Ahí abajo está lleno y me necesitan.

Agatha observó las sombras que proyectaba la lámpara en el cuello abierto de la camisa.

– No pude quitarle toda la mancha de sangre.

Se tocó y miró.

– Está bien. Pasaré por mi apartamento y me pondré una limpia.

Miró hacia la mesa. Willy masticaba, se rascaba la cabeza y balanceaba los pies cruzados. Le habló a Agatha en voz baja:

– ¿Qué piensa hacer con él? No puede tenerlo aquí.

– Lo acompañaré a la casa. Me gustaría no tener que hacerlo, pero… -Miró al chico, a Gandy, y se le entristeció el semblante-. Oh, Gandy, es tan pequeño para quedarse solo…

Estiró la mano y le oprimió el antebrazo.

– Ya lo sé, pero no es nuestro problema.

– ¿No?

Los ojos se comunicaron por un lapso prolongado e intenso. Gandy bajó la mano.

– Pienso pedirle al reverendo Clarksdale que hable con Alvis Collinson.

– ¿Cree que servirá de algo?

– No lo sé. ¿Se le ocurre una idea mejor?

No se le ocurría. Más aún, no quería meterse en los problemas de Willy. No era ningún cruzado. Ése era el fuerte de Agatha. Pero se acercó al niño.

– ¿Ya estás más o menos lleno?

Resplandeciente, Willy negó con la cabeza.

– Llevaremos una para el camino. Agatha te acompañará a tu casa.

Willy dejó de masticar, y el rostro se le ensombreció. Habló con la boca llena de tostadas:

– Pero no quiero irme a casa. Me gusta estar aquí.

Gandy se endureció, le dio a Willy otra tostada, tapó la lata y lo levantó de la mesa.

– Tal vez tu papá ya esté en casa. En ese caso, debe de estar preocupado por ti.

«Difícil», pensó, mirando a Agatha, cuyos ojos reflejaban el mismo pensamiento.

Dejaron la lámpara encendida y salieron al rellano, de la mano, Willy en el medio, uniéndolos. Agatha esperaba que Gandy los dejara ahí y fuera a su apartamento, pero lo que hizo fue agarrar al niño de las axilas:

– ¡Arriba! -Lo cargó escaleras abajo, manteniendo pacientemente el paso de Agatha. Al llegar abajo, dejó a Willy en el suelo y se puso de cuclillas ante él-. Te diré una cosa. Ven a visitarme una tarde de estas. -Giró sobre los talones y lo señaló con el largo dedo índice-. ¿Ves esa ventana, ahí arriba? Es mi oficina.

Willy miró y sonrió.

– ¿En serio?

– En serio. ¿Alguna vez viste algodón… quiero decir, de verdad, como crece en la planta?

– No.

– Bueno, ahí tengo un poco. Ven a visitarme y te lo mostraré.

Impulsivo, Willy echó los brazos al cuello de Gandy y le dio un enorme abrazo.

– Iré mañana.

Gandy rió e hizo girar al chico hacia Agatha.

– Ahora, vete a casa y duerme bien.

Willy volvió junto a Agatha y tomó sin vacilaciones la mano que le tendía. Al hacerlo, la mujer sintió que se le estrujaba el corazón y después, un ramalazo de felicidad.

– Dale las buenas noches al señor Gandy.

Willy se volvió, sin soltarle la mano y lo saludó sobre el hombro:

– Buenas noches, señor Gandy.

– Buenas noches, Willy.

Gandy tuvo una súbita ocurrencia:

– ¡Espere, Agatha!

Se detuvo. Gandy levantó un dedo.

– Un minuto. -Desapareció en las sombras y entró por la puerta de atrás de la taberna. Un momento después estaba de regreso, saliendo a la luz de la luna-. Está bien -dijo, en voz queda.

Así que Alvis Collinson aún estaba dentro. Por instinto, Agatha apretó los dedos en torno de la mano pequeña.

– Buenas noches, Gandy -dijo con suavidad.

– Buenas noches, Agatha.

Con el entrecejo fruncido, el hombre alto de patillas negras los vio irse en la oscuridad, tomados de la mano.

La casa de Collinson era un chiquero. El piso estaba sucio y una estufa herrumbrada. Los platos sucios con restos de comida en descomposición, viciaban el aire. Había ropa sucia tirada por todas partes. Tuvo que ignorar el estado de la cama en la que metió a Willy.

– Ahora estarás bien.

Los luminosos ojos castaños le dijeron que la valentía estaba esfumándose, ahora que iba a dejarlo solo.

– ¿Te vas, Agatha?

– Sí, Willy. Debo hacerlo.

Le tembló la barbilla. Agatha se arrodilló junto a la cama y le apartó el cabello de la sien.

– Cuando visites al señor Gandy, no te olvides de pasar por mi tienda a saludarme.

El niño no respondió, y apretó los labios. Le asomaron lágrimas a las comisuras de los ojos.

Que tu alma arda en el infierno, Alvis Collinson, por tratar a este niño hermoso como si no desearas que viviera, mientras que yo daría mi cadera sana por tener uno como él.

Tuvo que contenerse para mantener los ojos secos.

– Lo harás, ¿verdad?Willy tragó saliva y asintió. Se le resbaló una lágrima por la mejillla.

Agatha se inclinó y lo besó, sintiendo que el corazón le estallaba.

Le pareció que llevaba el hedor de las sábanas pegado a la nariz en todo el trayecto hasta la casa.

Capítulo 8

En una semana, Willy se convirtió en visitante habitual de la sombrerería. Agatha oía abrirse la puerta trasera y, un momento después, él estaba junto a su codo preguntando:

– ¿Qué es eso? ¿Por qué haces eso? ¿Para qué es?

La educación del pequeño había sido bastante descuidada. Y si bien todo le despertaba curiosidad, tenía pocos conocimientos básicos. Le respondía a todas las preguntas con paciencia, complacida por el modo en que los ojos se le iluminaban a cada cosa que aprendía.

– Esto es un dedal.

– ¿Para qué sirve?

– Para empujar la aguja, ¿ves?

– ¿Qué es esos?

– Qué son esos -le corregía, para luego responderle-: Piedras, simples piedras.

– ¿Qué vas a hacer con ellas?

– Sujetar los moldes mientras corto alrededor… ¿ves?

Desde que tenía la máquina de coser, se había suscrito al periódico de modas Ebenezer Butterick y encargó veinte moldes de papel tisú que entusiasmaron a sus clientes y ya le habían encargado varios vestidos para confeccionar. Sin embargo, ese día estaba cortando el primero de los tres vestidos de cancán rojos y negros. Eligió varias piedras de un balde de hojalata para hacer de pesas sobre el tisú. Con la barbilla en el borde de la alta mesa de trabajo, Willy observaba con atención mientras Agatha cortaba la falda. Los ojos del niño registraron con cuánto cuidado apartó cada pieza cortada, sin quitar el molde ni las piedras. Miró en el balde y luego los moldes que faltaban.

– Vas a necesitar más piedras, Agatha.

Miró en el balde.

– Así es, Willy. -Fingió un ceño preocupado-. Oh, cómo odio dejar de trabajar para salir a buscarlas.

– ¡Yo iré!

Antes de que la sonrisa se dibujara en el rostro de Agatha, el niño ya corría hacia la puerta.

– Willy.

Se dio la vuelta, anhelantes los ojos castaños, el cabello pegado de un lado.

– ¿Eh?

– Lleva el balde para juntarlas.

Sacó las que quedaban y se lo dio. Mientras continuaba trabajando, alzaba la vista a menudo y miraba por la puerta trasera, para verlo en cuclillas, el trasero curvado casi en el suelo, el mentón en las rodillas, excavando con un palo. Entró cinco minutos después, cargando orgulloso el balde lleno de piedras sucias.

– Llévalas otra vez afuera y lávalas, para que no ensucien la tela.

Salió afuera y regresó tras unos segundos.

– No alcanzo.

Agatha rió, más feliz de lo que recordaba haber estado nunca, y salió a ayudarlo. Mientras se agachaba para juntar agua del profundo barril de madera, comentó:

– Tendremos que conseguir un pequeño taburete para que puedas subirte, ¿eh? -Antes de entrar, agregó con severidad-: Y procura lavarte las manos, al mismo tiempo.

Cuando volvió, la ropa sucia exhibía manchas húmedas, donde había secado las piedras. Se quejaba y resoplaba cargando el balde pesado, pero lo depositó, orgulloso, a los pies de la mujer.

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