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La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial

Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:

Como todos los chicos de su edad, Dulac sueña con una vida de caballero legendario. Pero lo más probable es que siga siendo siempre un mozo de cocina de la corte del rey Arturo. Sin embargo, cuando encuentra en un lago una vieja armadura y una espada oxidada, su vida cambia por completo. La representación del Santo Grial que decora el escudo transforma al joven en el valiente héroe de sus sueños. Como Lancelot, el Caballero de Plata, marcha en el ejército del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda a la guerra contra las huestes del malvado Mordred. El destino de Britania está en juego.
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Lancelot devolvió la espada al cincho y dio rápidamente una vuelta completa. Nadie había dado la voz de alarma, nadie salió de las sombras. Estaba solo.

Estuvo un rato más concentrado, escuchando atentamente para cerciorarse de ello; luego, apartó cuerpos y armas hacia la parte más oscura de la cueva. En el suelo quedó un ostensible reguero de sangre.

Una parte de él -Dulac- observó su propio acto con desolación, pero la otra parte -Lancelot-, mucho más fuerte en aquel momento, finalizó el trabajo con gran precisión y rapidez. Unos minutos después, había logrado borrar las huellas de la pelea lo mejor que pudo y se acercaba a la puerta del otro lado de la cueva. No estaba cerrada del todo. Por la ranura penetraba una luz oscilante roja y amarilla; le pareció oír nuevas voces.

Cuando estuvo junto a la puerta, se dio cuenta de que también ésta había sido decorada con los mismos símbolos que tenían las hornacinas de la pared. Algunos parecían representar ídolos y demonios; otros, escenas de batallas bárbaras o también de torturas. Eran muy antiguos, pero habían sido realizados por la mano del hombre y su sola visión le producía un escalofrío en la espalda. Fueran quienes fueran los integrantes de la civilización extinguida que había llevado a cabo tanto Malagon como aquellas imágenes, se sentía feliz de no tener que vérselas con ellos.

Siguió moviéndose con cuidado, se levantó la visera del yelmo y espió por la ranura entre las dos hojas de la puerta. La visión de otra cueva, algo más pequeña, le cortó la respiración.

Era casi redonda. Del techo abovedado colgaba una maraña de estalactitas. El agua que soltaban había formado un pequeño lago en el medio de la caverna. Del centro de ese lago no sobresalía un cúmulo de estalagmitas, como habría sido lo normal en una gruta de ese tipo, sino una enorme filigrana de cristales que, observados uno por uno, eran oscuros, pero en su conjunto brillaban vistosamente como si un fuego frío alimentara su interior. Algunos de esos relucientes cristales eran del tamaño de un hombre, otros como simples agujas, no más largas que el dedo de un recién nacido. Aquella formación irradiaba algo fascinante que no tenía nada que ver con su fantástico aspecto. Era como el cuchicheo y relampagueo de algo vivo, algo que él percibía con una parte de su alma, no con el normal raciocinio humano.

Le costó mucho trabajo aparrar la vista de aquel punto para examinar el resto de la gruta.

En la cueva iluminada por las oscilantes luces multicolores había dos personas. La visión de la primera hizo que su rostro se ensombreciera bruscamente y deseara desenvainar la espada e irrumpir a través de la puerta, pues no era otro que Mordred, el hombre responsable del cobarde asalto a Camelot y, en última instancia, de la muerte de Dagda. Pero la contemplación de la segunda figura le convenció del peligro que suponía actuar sin establecer un plan previo.

No pudo verla bien porque se encontraba más atrás y con la espalda hacia la puerta, de tal manera que sólo divisaba una silueta negra, que intuyó viva gracias a que la luz vacilante de los cristales iluminaba su contorno, otorgándole una especie de aureola. Pero había algo en aquella figura que le advertía que tuviera precaución. Sintió que, a su manera, era mucho más peligrosa que Mordred.

– … no lo comprendo -decía Mordred en aquel momento. El tono de su voz desvelaba ira contenida-. ¿Por qué no hemos llegado hasta el final? Camelot estaba prácticamente en nuestras manos, y ¡Arturo al descubierto! Ahora podríamos estar sentados en el salón del trono en lugar de en este agujero inmundo.

La figura se rió.

– Ese hombre al descubierto ha matado a más de doscientos de tus guerreros pictos, Mordred -respondió, y a Lancelot le pareció que ya había oído antes esa voz-. Y eso sin perder ni uno solo de sus caballeros.

– No eran guerreros -contestó Mordred con desdén-. Hombres viejos, desdentados, débiles y enfermos. ¡Y lo ha logrado sólo porque tenía la magia de Merlín de su parte! ¿Cuánto tiempo va a aguantar ahora que está muerto?

– No mucho -respondió la figura; se dio la vuelta y Lancelot descubrió, con sorpresa, que se trataba de la mujer de melena negra que ya había visto en una ocasión junto a Mordred. Ya entonces, en el lago, le pareció difícil intuir su edad, y ahora, en medio de aquella luz parpadeante, le resultaba imposible. Podía tener veinte años, o cuarenta, o cuatrocientos. Sus hermosas facciones, sin arrugas, le imprimían un aspecto atemporal.

– De todas formas, es mejor esperar a que la magia de Merlín se haya diluido por completo -añadió ella mientras se aproximaba a su interlocutor, y, por consiguiente, también a Lancelot. Como Mordred, vestía completamente de negro, pero mientras él llevaba la armadura y la capa de un guerrero, ella iba ataviada con un traje tan lujoso como el de una reina-. Y tenemos que poner los medios adecuados con el fin de que no encuentre otro camino para manifestarse.

– Lo sobrevaloras, madre -dijo Mordred-. Ese ha siempre tu gran error.

«¿Madre?», pensó Lancelot sorprendido. ¿Esa mujer era la madre de Mordred? Le pareció difícil de creer. Tenía un aspecto visiblemente más joven que el de él.

– De ninguna manera, Mordred -respondió seria-. Tu error ha sido siempre menospreciar a tus enemigos. Te crees invencible y casi lo eres, pero sólo casi. Un día esa pequeña diferencia puede costarte la vida, no lo olvides nunca. ¿He oído que te peleaste con Calvis? Tendrías que haberle amenazado con cortarle el cuello.

– Mejor tendría que haberlo hecho -gruñó Mordred-. ¡Ese perro te llamó bruja!

Lancelot se sobresaltó tanto que a punto estuvo de descubrirse. Ahora sabía quién era aquella mujer: el hada Morgana. La mujer que había matado a Dagda. Su mano agarró la empuñadura de la espada sin que pudiera evitarlo.

– Pero eso es lo que soy -se rió Morgana-. Tendrías que dominar tu temperamento, Mordred. Calvis es uno de los tres caudillos del ejército picto. Y lo necesitamos.

– Eso no le da derecho a hablar así de ti -refutó Mordred, haciendo un gesto de rechazo-. Además, ya no importa. Está muerto. Arturo lo mató.

– No -replicó Morgana-. Él no hizo eso.

Mordred pestañeó.

– ¿No?

– Lo dejó bastante maltrecho, eso es cierto -dijo Morgana-. Pero vive. Arturo tendría que haberse molestado en comprobar que estaba realmente muerto. Me da la impresión de que se está volviendo algo descuidado. Me he ocupado de que lo llevaran a su casa y curaran sus heridas. Tal vez lo necesitemos de nuevo. Cada hombre que odia a Arturo es un hombre que tenemos de nuestra parte.

– ¡No te entiendo! -dijo Mordred, y comenzó a caminar inquieto de un lado a otro, mientras no dejaba de golpear con el puño derecho el metal que recubría su muslo-. ¿Para qué esperar? Arturo no tiene ejército, sólo un puñado de caballeros, ¡Y nosotros tenemos miles de soldados! ¿Por qué no nos lanzamos sobre Camelot y tomamos lo que nos corresponde por derecho?

– ¿Para gobernar sobre unas ruinas? -Morgana sacudió la cabeza y, de repente, paró en seco y miró fijamente en dirección a Lancelot, lo que hizo temer a éste que lo hubiera descubierto, pero después volvió la vista a Mordred y continuó-: Tendrás tu batalla y el lugar en la mesa de Arturo que te pertenece, pero debes tener paciencia.

– ¡Paciencia! ¿Cuánto tiempo más? ¿Cuántos años tengo que esperar para castigarle por lo que te hizo?

Morgana se rió despacio.

– Eres un actor muy malo, Mordred -dijo-. Quieres Camelot. Quieres el trono y la muerte de Arturo porque no podrás gobernar sobre Camelot mientras él o alguno de sus caballeros viva. Lo que me haya hecho o dejado de hacer a mí, no te interesa lo más mínimo. -Mordred iba a contradecirla, pero Morgana levantó la mano y, con un movimiento enérgico, le impidió hablar-. De acuerdo. Eres malvado y egoísta, y no dudarías ni un segundo en matarme también a mí si me interpusiera en tu camino. No me mientas. Eres tal como yo te he hecho. Y no olvides una cosa: lo mismo vale para mí.

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