Los asesinos ocultos
- Автор: Уилсон Роберт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los asesinos ocultos». Краткое содержание книги:
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.
El piso hedía a vómito y diarrea. Había estado levantado casi toda la noche y aún se sentía débil. La hija apagó el televisor y obligó a su padre a ponerse el audífono. Le dijo a Falcón que su padre no hablaba muy bien español, y este le dijo que podían hacer el interrogatorio en árabe. La hija se lo explicó a su padre, que parecía confuso e irritable, superado por las circunstancias. En cuanto su hija hubo comprobado que el audífono funcionaba y salió de la habitación, Majid Merizak pareció despabilarse.
– ¿Habla árabe? -preguntó.
– Todavía estoy aprendiendo. Parte de mi familia es marroquí.
Merizak asintió y bebió té durante la explicación de Falcón, y se relajó visiblemente al oír el tosco árabe de Falcón. Falcón había acertado con su táctica. Merizak se mostró mucho menos receloso que Harrouch.
Falcón comenzó preguntándole a qué hora asistía a la mezquita, y Merizak le respondió que todas las mañanas, sin falta, y se quedaba allí hasta después de mediodía. Luego le preguntó por los desconocidos.
– ¿La semana pasada? -preguntó Merizak, y Falcón asintió-. El martes por la mañana vinieron dos jóvenes, a eso de mediodía, y dos hombres mayores el viernes por la mañana, cerca de las diez. Eso es todo.
– ¿Y nunca los había visto?
– No, pero volví a verlos ayer.
– ¿A quiénes?
– A los dos jóvenes que vinieron el martes pasado.
La descripción de Merizak encajaba con Hammad y Saoudi.
– ¿Y qué hicieron el pasado martes?
– Entraron en el despacho del imán y hablaron con él hasta la una y media.
– ¿Y ayer por la mañana?
– Trajeron dos sacos pesados. Tuvieron que traer entre dos cada saco.
– ¿A qué hora fue eso?
– Sobre las diez y media. A la misma hora a la que llegaron los electricistas -dijo Merizak-. Sí, claro, también estaban los electricistas. Tampoco los había visto nunca.
– ¿Dónde pusieron los sacos esos jóvenes?
– En la despensa que hay junto al despacho del imán.
– ¿Sabe lo que había en los sacos?
– Cuscús. Eso era lo que decía el saco.
– ¿Alguna vez habían traído algo así?
– No en esas cantidades. La gente trae a veces bolsas de comida para dársela al imán… ya sabe, uno de nuestros deberes es compartir lo que tenemos con los menos afortunados.
– ¿A qué hora se fueron?
– Se quedaron más o menos una hora.
– ¿Qué me dice de los dos hombres que vinieron el viernes?
– Eran inspectores del ayuntamiento. Revisaron toda la mezquita. Le comentaron algunas cosas al imán y se fueron.
– ¿Y qué me dice del corte de corriente?
– Eso fue el sábado por la noche. Yo no estaba. El imán estaba solo. Dijo que hubo una explosión y que se fue la luz. Eso es lo que nos dijo al día siguiente por la mañana, cuando tuvimos que rezar a oscuras.
– ¿Y los electricistas vinieron el lunes a arreglarlo?
– Vino un hombre hacia las ocho y media. Al cabo de dos horas vinieron otros tres para hacer el trabajo.
– ¿Eran españoles?
– Hablaban español.
– ¿Qué hicieron?
– La caja de fusibles se había quemado, así que colocaron una nueva. A continuación instalaron una toma de corriente en la despensa.
– ¿Cómo lo hicieron?
– Practicaron una regata desde el despacho del imán hasta la despensa, atravesando la pared. Colocaron un tubo gris y flexible, metieron los cables y lo taparon con cemento.
Merizak había visto la furgoneta de carga azul, que describió como vieja, pero no había distinguido marcas ni el número de matrícula.
– ¿Cómo les pagó el imán?
– En efectivo.
– ¿Sabe de dónde sacó el número de teléfono de esa empresa?
– No.
– ¿Reconocería a los electricistas, a los inspectores del ayuntamiento y a los dos jóvenes si volviera a verlos?
– Sí, pero no se los puedo describir muy bien.
– ¿Ha estado oyendo las noticias?
– No saben de qué hablan -dijo Merizak-. Me pone furioso. Explota una bomba e inmediatamente son militantes islámicos.
– ¿Ha oído hablar de los Mártires Islámicos para la Liberación de Andalucía?
– En las noticias de hoy por primera vez. Es una invención de los medios de comunicación para desacreditar al Islam.
– ¿El imán predicó alguna vez ideología militante en la mezquita?
– Todo lo contrario.
– Me han dicho que el imán tenía mucha facilidad para los idiomas.
– Aprendió español muy rápidamente. Decían que su piso estaba lleno de libros en francés e inglés. También hablaba alemán. Hablaba por teléfono en idiomas que yo nunca había oído. Me dijo que uno de ellos era turco. En febrero vinieron unas cuantas personas que se quedaron a pasar una semana en su casa, y hablaban en otro extraño idioma. Algunos dijeron que era pastún, y que los hombres eran afganos.
14
Sevilla. Martes, 6 de junio de 2006, 18:30 horas
Las oficinas del ABC, un cilindro de cristal en la Isla de la Cartuja, estaban lo más cerca de la locura que puede un trabajo tan histérico como el periodismo. Ángel Zarrías observaba desde el borde de la sala de redacción mientras los periodistas aullaban a los teléfonos, vociferaban a los ayudantes y se arengaban mutuamente.
A través de las parpadeantes pantallas de ordenador, los cables telefónicos estirados hasta casi partirse, y los triángulos formados por manos y cabezas, Ángel contemplaba la puerta abierta del despacho del director. Estaba haciendo tiempo. Ese era el momento de los cazanoticias, cuyo trabajo era encontrar historias que el director entrelazaría para elaborar el tono y la imagen correctos y ofrecer la nueva historia de una ciudad en crisis.
Después de dejar a Manuela, mientras se dirigía a las oficinas del ABC, le había pedido al taxista que lo dejara cerca de la plaza de toros de la Maestranza, donde vivía su amigo Eduardo Rivero, y que también era la sede de su partido político: Fuerza Andalucía. La noche anterior había cenado con Eduardo y los nuevos patrocinadores del partido. Se había tomado una decisión importante, que no había sido capaz de compartir con Manuela hasta que se hiciera oficial. Tampoco había sido capaz de confesarle que a partir de ese momento iba a trabajar más para Fuerza Andalucía que para el ABC. Por su cabeza rondaban cosas mucho más importantes que quejarse de los matrimonios entre personas del mismo sexo en su columna política diaria.
La impresionante casa de Rivero poseía todas las características que delataban su educación y mentalidad tradicionales. La fachada era de un color terracota intenso, los contornos de las ventanas resaltaban en ocre, y todas tenían unas magníficas rejas de hierro forjado. La puerta principal tenía tres metros de altura, era de roble, barnizada de color castaño y tachonada de medallones de latón. Se abría a un gran patio de losas de mármol, en el que Rivero se había alejado levemente de la tradición plantando dos cuadrados de seto. En el centro de cada uno había una estatua; a la izquierda Apolo, y a la derecha Dioniso, y en medio la enorme pila de una fuente de mármol blanco, cuyos sobrios chorrillos mantenían la casa, a pesar de los ídolos paganos, en un estado de devoción religiosa.
La parte delantera de la casa era la sede del partido; abajo estaba la zona administrativa, y arriba se discutían y decidían las líneas políticas. Ángel subió las escaleras que había al cruzar la puerta y que conducían al despacho de Rivero, que le esperaba en compañía de su segundo: Jesús Alarcón, mucho más joven. De manera poco habitual, Alarcón y Rivero estaban sentados juntos en mitad de la sala. La butaca de madera y cuero del jefe, situada tras un colosal escritorio de roble inglés, estaba vacía. Se estrecharon la mano. Rivero, de la misma edad que Ángel, parecía extraordinariamente relajado. Ni siquiera llevaba corbata, y la chaqueta colgaba en el respaldo de la silla. Sonreía tras un poblado bigote blanco. No parecía que el escándalo le hubiera afectado.