El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]
- Автор: Линдсей Джеффри
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Год: Umbriel
- ISBN: 978-84-95618-83-2
- Переводчик: Toni Hill Gumbao
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]». Краткое содержание книги:
—De acuerdo —dijo, enderezando la grapadora para que estuviera perfectamente alineada con el extremo del recado para escribir—. De acuerdo. Muy bien. Esto debería ayudar. —Volvió a mirarme, la expresión de concentración aún pegada a su rostro, y después, súbitamente, sonrió—. De acuerdo. Gracias, Dexter.
Fue una sonrisa tan inesperada y genuina que, de haber tenido alma, me habría sentido bastante culpable.
Se incorporó, aún sonriendo, y antes de que pudiera apartarme ya había llevado los brazos a mi cuello para darme un abrazo.
—Aprecio lo que has hecho —dijo—. Haces que me sienta MUY agradecida. —Y frotó su cuerpo contra el mío de un modo que sólo podía calificarse de sugerente. No cabía duda de ello y, bueno, siendo como era una defensora de la moral pública y allí, en un lugar público… aunque ni en la intimidad de una cámara acorazada habría tenido yo el menor interés en que su cuerpo rozara el mío. Sin mencionar el hecho de que acababa de darle un trozo de cuerda con la esperanza de que la usara para colgarse, lo que no parecía la clase de evento que debiera celebrarse con… Bueno, ¿es que todo el mundo se había vuelto loco? ¿Qué pasa con los humanos? ¿No hay ninguno que piense?
Atenazado por algo muy próximo al pánico intenté deshacerme de su abrazo.
—Por favor, inspectora…
—Llámame Migdia —dijo ella, acercándose y frotando su cuerpo contra el mío con más fuerza. Llevó una mano a la parte delantera de mis pantalones y di un salto. Por el lado bueno, mi acción descolocó a la amorosa inspectora. Por el negativo, dio un traspiés, su cadera chocó contra la mesa, y acabó tropezando sobre la silla y aterrizando despatarrada en el suelo.
—Este… La verdad es que debo volver al trabajo —tartamudeé—. Tengo una… algo importante.
Sin embargo no se me ocurría nada más importante que escapar para salvar la vida, de manera que me escabullí del cubículo, dejándola con la vista fija en mí.
No me pareció una mirada particularmente amistosa.
19
Desperté de pie ante el lavamanos con el grifo abierto. Tuve un momento de pánico total, una sensación de completa desorientación, el corazón me latía desbocado mientras los párpados irritados temblaban en un intento de seguir el ritmo de sus latidos. El lugar no correspondía a nada. El lavamanos no tenía el aspecto que debía tener. Ni siquiera estaba seguro de quién era yo: en el sueño también estaba de pie delante del lavamanos con el grifo abierto, pero no era éste en concreto. Me estaba frotando las manos, ensañándome con el jabón, arrancando de la piel cualquier mínimo rastro de horrible sangre roja, lavándome con agua tan caliente que me dejaba la piel rosada, nueva y aséptica. Y el calor del agua contrastaba dolorosamente con el frío pasado en la estancia que acababa de dejar; la sala de juegos, la sala de matar, la sala de las amputaciones secas y cuidadosas.
Cerré el grifo y me quedé un momento apoyado en el frío mármol del lavamanos. Todo había sido muy real, se parecía muy poco a cualquier otra clase de sueño que hubiera conocido. Y recordaba la estancia con suma claridad. Podía verla sólo con cerrar los ojos.
Estoy sobre la mujer, viéndola debatirse y tensarse contra la cinta aislante que la sujeta, observando cómo el terror asoma a sus ojos vacíos hasta explotar en la más pura expresión de desesperación, y siento que me invade esa gran y maravillosa oleada que impulsa el brazo que sostiene el cuchillo. Y así, mientras empuño el cuchillo para empezar…
Pero ésta no es la primera. Porque debajo de la mesa hay otra, ya seca y pulcramente envuelta. Y en el extremo opuesto hay una más, esperando su turno, el rostro convertido en la máscara de desesperanza más terrorífica de todas cuantas he visto jamás; aunque se trata de algo en cierto modo familiar y necesario, esta negación tan completa de que exista cualquier otra posibilidad me impregna de una energía limpia y pura, más contagiosa que…
Tres.
Esta vez son tres.
Abrí los ojos. Me vi en el espejo. Hola, Dexter. ¿Otro sueñecito, colega? Interesante, ¿no? Esta vez tres… Pero sólo ha sido un sueño. Nada más. Me sonreí en un intento de mover los músculos faciales. Fracaso total. Y, por delirante que hubiera sido, ahora estaba despierto y lo único que quedaba de él eran una resaca y las manos mojadas.
Lo que debería haber sido un placentero interludio de mi subconsciente me tenía tembloroso, inseguro. Estaba lleno de temor ante la idea de que mi mente se hubiera largado de la ciudad dejándome atrás para pagar el alquiler. Pensé en las tres compañeras de juegos, cuidadosamente atadas, y sentí el deseo de volver allí y terminar lo empezado. Pero pensé en Harry y supe que no podría. Estaba atrapado entre un recuerdo y un sueño, y no sabría decir cuál de los dos resultaba más atrayente.
Esto ya no tenía ninguna gracia. Quería mi cerebro de siempre.
Me sequé las manos y volví a la cama, pero el pobre y disminuido Dexter ya no iba a conciliar el sueño. Me limité a tumbarme boca arriba y observar las sombras oscuras que surcaban el techo hasta que, a las seis menos cuarto, sonó el teléfono.
—Tenías razón —dijo Deb en cuanto descolgué.
—No sabes lo bien que me sienta oírlo —dije, haciendo un gran esfuerzo para mostrarme tan brillante como era antes—. ¿Y sobre qué tengo razón?
—En todo —dijo Deb—. Estoy en la escena de un crimen en Tamiami Trail. ¿Adivinas de quién se trata?
—¿Acerté?
—Es él, Dexter. Tiene que serlo. Y desde luego es apabullante.
—¿Apabullante en qué sentido, Deb? —pregunté, pensando tres cuerpos, con la esperanza de que no lo dijera y alterado por la certeza de que lo haría.
—Tres víctimas parecen indicar un asesinato múltiple —repuso ella.
Un espasmo me atravesó desde el estómago, como si me hubiera tragado unas pilas vivas. Pero hice un gran esfuerzo para dar una réplica inteligente, típica de mí.
—Maravilloso, Deb. Empiezas a hablar como si estuvieras redactando un informe sobre homicidios.
—Bueno, la verdad es que empiezo a creer que escribiré uno algún día. De lo único que me alegro es que no sea éste. Es demasiado raro. LaGuerta no sabe qué pensar.
—Ni siquiera sabe cómo pensar. ¿Qué tiene eso de raro, Deb?
—Tengo que irme —dijo Deborah, de repente—. Ven hacia aquí, Dexter. Tienes que verlo.
Cuando llegué, una multitud, formada en su mayor parte por reporteros, se agolpaba en triple fila en torno a la barrera. Siempre cuesta abrirse paso entre una nube de reporteros que huele el rastro de la sangre. Tal vez no lo crean, ya que con las cámaras parecen imbéciles descerebrados con serios desórdenes alimenticios, pero pónganlos en una barricada policial y presenciarán el milagro. Se vuelven fuertes, agresivos, diligentes, y a la vez capaces de arrasar lo que sea y a quien sea y pisotearlo hasta hundirlo en la tierra. Es algo parecido a las historias con madres de mediana edad que levantan un camión cuando su hijo está atrapado debajo. La fuerza les viene de algún lugar misterioso y, sea como sea, cuando hay vísceras en juego, estas criaturas anoréxicas pueden abrirse paso hasta en la jungla. Y sin ni siquiera despeinarse.
Por suerte para mí, uno de los guardias de la barricada me reconoció.
—Dejadle pasar, chicos —dijo a los reporteros—. Apartaos. —Gracias, Julio —dije al poli—. Parece que hay más reporteros cada año.
—Alguien debe de estar clonándolos. Para mí todos tienen la misma pinta —dijo con un gruñido.
Crucé por debajo de la cinta amarilla, y mientras me dirigía al extremo opuesto, tuve la extraña sensación de que alguien estaba descomponiendo el contenido de oxígeno de la atmósfera de Miami. Me detuve cuando llegué junto a un edificio en construcción. Se trataba con toda probabilidad de un bloque de oficinas de tres pisos, de la clase que ocupan los empresarios de segunda fila. Y al dar un paso más, siguiendo la actividad que rodeaba aquella estructura a medio construir, supe que no se trataba de ninguna coincidencia. Con este asesino nada era una coincidencia. Todo era deliberado, cuidadosamente medido para causar un impacto estético, explorado en función de una necesidad artística.