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El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]

Электронная книга - «El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]». Краткое содержание книги:

Dexter Morgan no es precisamente la clase de hombre que presentarías a mamá. Su tendencia al asesinato puede resultar algo desconcertante. Pero en el fondo de su corazón Dexter es el perfecto caballero, una apoyo para su hermana; Deb, miembro de la policía de Miami, y alguien interesado sólo en terminar con gente de verdad se merece su visita especial. Aunque es un hombre atractivo, Dexter se muestra totalmente indiferente, y, con franqueza un poco perplejo, ante las atenciones que le prestan las mujeres.
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Bien.

Ya estaba.

«Haz con ella lo mismo que con el mono.» Tenía incluso cierto ritmo. Claro que, en el bullicio de mi enloquecido cerebro, todo sonaba a música. Harry me soltaba las riendas. Tenía su permiso. Habíamos hablado de que algún día esto llegaría, pero siempre me había contenido. Hasta ahora.

Ahora.

—Hemos hablado… de esto —dijo Harry, con los ojos todavía cerrados—. Ya sabes… qué hay que hacer…

—Acabo de hablar con el médico —dijo Deborah, entrando en la habitación—. Vendrá en un momento y ajustará las dosis.

—Bien —dije, sintiendo que algo crecía en mi interior, desde la base de la columna vertebral y hasta la cabeza, una corriente eléctrica que me envolvía cubriéndome como si fuera un manto oscuro—. Voy a hablar con la enfermera.

Deborah se quedó perpleja, quizá por mi tono de voz.

—Dexter… —dijo mi hermana.

Hice una pausa, luchando por controlar la alegría salvaje que sentía que iba a desbordarse.

—No quiero que se produzca ningún malentendido —dije. La voz me sonó rara incluso a mí. Me alejé de Deborah antes de que pudiera ver bien la expresión de mi cara.

Y en el pasillo de aquel hospital, abriéndome paso entre montañas de sábanas blancas, limpias y almidonadas, sentí cómo el Oscuro Pasajero dirigía mis actos por vez primera. Dexter quedaba en segundo plano, casi invisible, reducido a las coloreadas rayas de un tigre salvaje y transparente. Me fundí en él, casi imperceptible a la vista, pero yo estaba allí, y empecé la caza, empecé a trazar círculos en el aire en busca de mi presa. En aquel tremendo fogonazo de libertad, cuando me dirigía a Hacerlo por vez primera, autorizado por Harry todopoderoso, me desvanecí, me difuminé, dando paso a mi propio y oscuro yo, mientras que el otro yo se agachaba y aullaba. Lo haría, por fin. Por fin haría aquello para lo que había sido creado.

Y lo hice.

17

Y lo había hecho. Hace tiempo, pero el recuerdo sigue vivo en mí. Conservaba aquella primera gota de sangre en su placa correspondiente. Era la primera, y podía rememorar aquella experiencia sólo con sacar la pequeña placa y mirarla. Lo hacía de vez en cuando. Había sido un día muy especial para Dexter. La Ultima Enfermera se había convertido en la Primera Jugadora, y había abierto tantas puertas maravillosas para mí. Había aprendido tanto, descubierto tantas cosas nuevas.

¿Pero por qué recordar ahora a la Ultima Enfermera? ¿Por qué toda esta serie de recientes acontecimientos parece desplazarme en el tiempo? No podía permitirme el lujo de recordar la primera vez que me puse pantalón largo. Tenía que pasar a la acción, tomar importantes decisiones e iniciar actos trascendentes. En lugar de dejarme mecer plácidamente por el túnel de la memoria, regodeándome en dulces recuerdos de mi primera placa de sangre.

Que, ahora que caía en la cuenta, no había recogido de Jaworski. Era la clase de detalle minúsculo y sin importancia que convertía a los hombres de acción en débiles y temblorosos neuróticos. Necesitaba esa placa. Sin ella, la muerte de Jaworski era inútil. Todo ese episodio idiota era ahora algo más que una locura impulsiva y estúpida: estaba incompleto. No tenía placa.

Sacudí la cabeza, intentando conectar de forma espasmódica dos células grises en la misma sinapsis. En parte deseaba sacar la lancha para dar un paseo matutino. Quizás el aire de mar me borraría la estupidez del cráneo. O podía dirigirme hacia el sur, hacia Turkey Point, y esperar que la radiación me provocara una mutación y me transformara en una criatura racional. Pero, en su lugar, hice café. La verdad es que no tenía la placa de Jaworski. Esto malograba toda la experiencia. Sin ella, bien podía haberme quedado en casa. O casi. Claro que también había habido otras recompensas. Sonreí con avidez al recordar la mezcla de luz de luna y gritos sofocados. Oh, menudo monstruito loco había sido. Un episodio distinto a cualquiera de los otros. Estaba bien romper con la aburrida rutina de vez en cuando. Y también estaba Rita, claro, pero como no tenía ni idea de qué pensar al respecto, opté por no hacerlo. En su lugar dejé que mi mente viajara hacia la brisa fresca que corría en torno a aquel hombrecillo que había disfrutado maltratando niñas. Casi había sido un momento feliz. Pero, por supuesto, dicho recuerdo se habría esfumado en diez años y sin la placa no podía invocarlo. Necesitaba mi souvenir. Bueno, ya veríamos.

Mientras esperaba a que estuviese listo el café, miré a ver si estaba el periódico, más por deseo que con verdadera esperanza. Era raro que el periódico llegara antes de las seis y media, y los domingos casi nunca llegaba hasta pasadas las ocho, lo que suponía otro claro ejemplo de la desintegración social que tanto había inquietado a Harry. La verdad, si uno no puede recibir el periódico a su hora, ¿cómo se puede esperar de mí que reprima las ganas de matar a ciertas personas?

Ni rastro del periódico. Tampoco importaba. El cubrimiento de mis aventuras por parte de la prensa nunca me había despertado demasiado interés. Y Harry me había advertido de la idiotez que constituiría montar cualquier clase de álbum con recortes de prensa. Esta vez era algo distinto, por supuesto, ya que me había comportado de forma algo impetuosa y, por tanto, sentía una leve preocupación por saber si había conseguido cubrir mi rastro convenientemente. Tenía una cierta curiosidad sobre qué dirían de mi fiesta accidental. De manera que me senté a tomarme el café durante cuarenta y cinco minutos hasta que oí el golpe del periódico contra la puerta. Lo recogí y procedí a echarle un vistazo.

Por mucho que se diga sobre los periodistas —y conste que con todo lo que se ha escrito al respecto casi podría publicarse una enciclopedia—, lo cierto es que los recuerdos los turban muy poco. El mismo periódico que recientemente había proclamado LA POLICÍA ACORRALA AL ASESINO, ahora gritaba ¡LA HISTORIA DEL HOMBRE DE HIELO SE FUNDE! Era un artículo largo y maravilloso, escrito con una gran fuerza dramática, detallando el descubrimiento de un cuerpo cruelmente herido en un edificio en construcción en una de las salidas de la carretera de Old Cutler. «Un portavoz de la policía metropolitana de Miami» —refiriéndose sin duda a la inspectora LaGuerta— había declarado que era demasiado pronto para establecer nada con certeza, pero que, con toda probabilidad, se trataba de un asesinato por imitación. El periódico había sacado sus propias conclusiones —algo en lo que tampoco suelen cortarse demasiado— y pasaba a preguntarse si aquel distinguido caballero cautivo, el señor Daryll Earl McHale, era el verdadero asesino. ¿O tal vez éste seguía suelto, como evidenciaba este último ultraje contra la moral pública? Porque, señalaba con intención el periódico, ¿cómo íbamos a creer que dos asesinos de esa calaña estuvieran haciendo de las suyas al mismo tiempo? Era un razonamiento sin lagunas que me hizo pensar que si hubieran dedicado tanta energía mental a resolver los asesinatos, el asunto ya habría quedado cerrado al día de hoy.

Pero era una lectura de lo más apasionante, por supuesto. Y provocó que mi mente se lanzara a la especulación. Cielos, ¿era de verdad posible que este animal enloquecido anduviera suelto? ¿Alguien podía considerarse a salvo?

Sonó el teléfono. Miré de reojo el reloj de la pared; eran las 6:45. Sólo podía ser Deborah.

—Acabo de leerlo —dije al descolgar.

—Dijiste que haría algo más grande —me acusó Deborah—. Apabullante.

—¿Y acaso esto no lo es? —pregunté con toda mi inocencia.

—Ni siquiera es otra puta —dijo ella—. Un bedel a media jornada del Instituto Ponce cortado a trozos en una obra en construcción junto a la carretera de Old Cutler. ¿Qué coño es esto, Dexter?

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