El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]
- Автор: Линдсей Джеффри
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Год: Umbriel
- ISBN: 978-84-95618-83-2
- Переводчик: Toni Hill Gumbao
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]». Краткое содержание книги:
—Sabías que no soy perfecto, ¿no, Deborah?
—Y ni siquiera se ajusta al patrón: ¿dónde está el frío que dijiste que habría? ¿Qué ha pasado con el espacio pequeño?
—Estamos en Miami, Deb, la gente roba cualquier cosa.
—Ni siquiera es una imitación —dijo ella—. No se parece en nada a los otros. Incluso LaGuerta lo vio. Ya lo ha dicho por escrito. Maldita sea, Dexter. Tengo el culo al aire, y esto es un simple asesino por casualidad, o un asunto de drogas.
—Tampoco me parece justo echarme la culpa de todo eso.
—A la mierda, Dex —dijo, y colgó.
Los programas televisivos de primera hora dedicaron noventa segundos enteros al sorprendente hallazgo del cuerpo mutilado. El Canal 7 le dedicó los mejores adjetivos. Pero nadie decía más de lo que aparecía en la prensa. Irradiaban ira y una inexorable sensación de desastre que mantuvieron incluso en la previsión meteorológica, pero estoy seguro de que gran parte de eso venía provocado por la falta de fotos.
Otro bello día en Miami. Cadáveres mutilados con previsión de chubascos vespertinos. Me vestí y me fui a trabajar.
Admito que existía un motivo subyacente para dirigirme a la oficina a una hora tan temprana, y la fortalecí haciendo una parada en la pastelería. Compré dos buñuelos, un hojaldre de manzana y un donut de canela del tamaño de una rueda de recambio. Me zampé el hojaldre y un buñuelo mientras sorteaba alegremente aquel tráfico letal. No sé cómo sigo en forma con la cantidad de donuts que como. No gano peso ni me salen granos, y aunque puede sonar poco razonable, tampoco noto que mi corazón se queje al respecto. Ese rollo de la genética había sido bastante generoso conmigo: metabolismo alto, buen tamaño y fuerza, todo lo cual suponía una gran ayuda para mi afición secreta. Y me han dicho que no soy desagradable a la vista, lo que creo que se puede tomar como un cumplido.
Tampoco necesitaba dormir demasiado, lo que en una mañana como ésta representaba otra ventaja. Había esperado llegar antes que Vince Masuoka, y por lo visto lo había logrado. Cuando entré, cargado con la bolsa de papel para disimular, su despacho estaba a oscuras: mi visita, sin embargo, tenía poco que ver con los donuts.
Registré rápidamente su zona de trabajo, buscando el expediente de pruebas marcado con el nombre de JAWORSKI y la fecha de ayer.
Lo encontré y tomé con rapidez algunas muestras de tejido. Con eso bastaría. Me puse unos guantes de látex y en un momento había colocado las muestras en la placa limpia de cristal. Sé que era una estupidez correr un riesgo más, pero tenía que conseguir mi placa.
Acababa de guardarla en una bolsa con cremallera cuando oí pasos a mi espalda. Lo devolví todo a su lugar a toda prisa y giré para estar de cara a la puerta, cuando Vince entró y me vio.
—Por Dios —dije—. Eres tan silencioso. Seguro que te has entrenado con un guerrero ninja.
—Tengo dos hermanos mayores —dijo Vince—. Viene a ser lo mismo.
Levanté la bolsa de papel y anuncié:
—Le traigo un presente, maestro.
Miró la bolsa con curiosidad.
—Que Buda te bendiga, saltamontes. ¿Qué es?
Lancé la bolsa hacia él, pero le golpeó en el pecho y cayó al suelo.
—¿Demasiado para un guerrero ninja? —pregunté.
—Mi hermoso y templado cuerpo necesita café para funcionar —me dijo Vince, agachándose para recoger la bolsa—. ¿Qué hay aquí? Me has hecho daño. —Alcanzó la bolsa con el ceño fruncido—. Espero que no sean trozos de un cadáver. —Sacó el gran donut de canela y le echó una mirada apreciativa—. Caramba. Mi pueblo no pasará hambre este año. Te lo agradecemos profundamente, saltamontes. —Hizo una reverencia con la pasta en primer plano—. Una deuda satisfecha supone una bendición para todos, hijo mío.
—En ese caso —dije—, ¿tienes a mano el expediente del tipo que encontraron anoche en Old Cutler?
Vince dio un generoso mordisco al bollo de canela. Los labios le brillaban por el azúcar mientras masticaba con gran lentitud.
—Mmmm —dijo, antes de tragar—. ¿Nos sentimos excluidos?
—Si ese nosotros se refiere a Deborah, sí, lo estamos —dije—. Le prometí que echaría un vistazo a las pruebas.
—Bueno —comentó, con la boca llena de donut—, al menos hay un bontón de angüe esta vez.
—Disculpe, maestro. Mis oídos no logran descifrar su idioma.
Masticó y tragó.
—Decía que al menos esta vez hay cantidad de sangre. Pero tú sigues siendo la Cenicienta. Bradley se encarga de éste.
—¿Puedo ver el expediente? Dio otro bocado.
—El ío eguía ivo…
—Seguro que sí. ¿Y en cristiano?
Vince tragó.
—El tío seguía vivo cuando le arrancaron la pierna.
—Es asombrosa la resistencia que llega a tener el ser humano, ¿no crees?
Vince se metió el resto de donut en la boca y sacó el expediente, tendiéndomelo y dando un gran mordisco a la pasta al mismo tiempo. Cogí la carpeta.
—Me voy —dije—. Antes de que vuelvas a hablar.
Se sacó la pasta de la boca.
—Demasiado tarde —dijo.
Caminé despacio hacia mi pequeño cubículo, revisando el contenido de la carpeta. Gervasio César Martez había encontrado el cadáver. Su declaración era el primer documento. Era guardia de seguridad, empleado de Sago Security Systems. Llevaba catorce meses trabajando para ellos y no tenía antecedentes penales. Martez había hallado el cuerpo a las 22:17 aproximadamente, y de inmediato realizó un registro rápido del área antes de llamar a la policía. Quería atrapar al pendejo que había hecho eso porque nadie debería hacer cosas así y menos cuando él, Gervasio, estaba de servicio. Era como si se lo hubieran hecho a él, ¿comprenden? Así que atraparía a ese monstruo él solo. Pero no había sido posible. No había ni rastro del atacante por ninguna parte, así que había llamado a la policía.
El pobre hombre se lo había tomado como algo personal. Yo compartía su ira. Esa clase de brutalidad no debería estar permitida. Por supuesto, le estaba enormemente agradecido por su sentido del honor que me había concedido tiempo para huir. Y yo que siempre había creído que la moralidad era algo inútil.
Doblé la esquina que me llevaba a mi pequeño y oscuro despacho chocando de frente con la inspectora LaGuerta.
—Hey —exclamó—. ¡No ves bien a estas horas!
Pero no se movió.
—No soy muy de mañanas —le dije—. Mis biorritmos no se ponen en marcha hasta el mediodía.
Me miró a tres centímetros de distancia.
—A mí me parecen perfectos —dijo.
Me escabullí hacia el otro lado de la mesa.
—¿En qué puede contribuir mi humilde persona a su majestad la ley esta mañana? —le pregunté.
Ella me miró fijamente.
—Tienes un mensaje —dijo—. En el contestador.
Eché un vistazo al contestador automático. Claro, la luz parpadeaba. Esa mujer estaba hecha una gran detective.
—Debe de ser alguna chica —dijo LaGuerta—. Ese parpadeo suena a somnolencia y felicidad. ¿Tienes novia, Dexter? —Había una nota de desafío en su voz.
—Ya sabe cómo son estas cosas —dije—. Las mujeres de hoy son tan lanzadas, y cuando uno es tan atractivo como yo, revolotean en torno a tu cabeza sin dudarlo. —Quizá no había sido la expresión más afortunada; cuando lo decía no pude evitar que mi mente recordara la cabeza de la mujer que había volado en torno a mí hacía bien poco.
—Vigila —dijo LaGuerta—. Más pronto o más tarde alguna se te pegará. —No tenía ni idea de qué creía ella que significaba eso, pero se trataba de una imagen muy desasosegante.
—Estoy seguro de que tiene razón —dije—. Hasta entonces, carpe diem.
—¿Qué?
—Es latín —aclaré—. Significa quéjate a la luz del día.