El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]
- Автор: Линдсей Джеффри
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Год: Umbriel
- ISBN: 978-84-95618-83-2
- Переводчик: Toni Hill Gumbao
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]». Краткое содержание книги:
—Deborah, por favor —supliqué—, si no te moderas se te quedará la cara así. La gente te tomará por un mero.
—Por lo que seguro que no me tomarán es por una poli —replicó—. Porque voy a dejar de serlo.
—Tonterías —dije—. ¿No te hice una promesa?
—Sí. Y también me prometiste que iba a funcionar. Pero no dijiste nada de las miradas que recibiría del capitán Matthews.
—Oh, Deb —dije—. ¿Te miro} Lo siento mucho.
—Que te jodan, Dexter. No eres tú quien estaba allí, y no es tu vida la que se va por el desagüe.
—Te advertí de que sería duro por un tiempo, Deb.
—Bueno, al menos en eso tenías razón. Según Matthews, estoy a punto de ser suspendida.
—¿Pero te dio permiso para usar tu tiempo libre para investigar un poco más a fondo?
Soltó un gruñido.
—Dijo: «No puedo detenerte, Morgan. Pero estoy muy decepcionado. Y me pregunto qué habría dicho tu padre».
—¿Y no le dijiste: «Mi padre nunca habría cerrado el caso teniendo entre rejas a un hombre inocente»?
—No —dijo, con aspecto sorprendido—. Pero es lo que pensaba. ¿Cómo lo sabes?
—Pero no se lo dijiste, Deb, ¿verdad que no?
—No —dijo ella.
Empujé el vaso hacia ella.
—Toma un poco de mamé, hermanita. Las cosas van bien. Me miró.
—¿Estás seguro de que no estás tirando de la cadena?
—Nunca, Deb. ¿Cómo podría hacerlo?
—Con la mayor facilidad.
—Hermanita, por favor. Debes confiar en mí.
Me sostuvo la mirada durante un momento y luego la bajó. Ni siquiera había probado su batido, lo cual era una lástima. Estaban buenísimos.
—Confío en ti. Pero juro por Dios que no sé por qué. —Levantó los ojos y me miró con una extraña expresión que le sobrevolaba el rostro—. Y a veces ni siquiera creo que debiera hacerlo, Dexter.
Le brindé mi mejor y más lograda sonrisa de hermano mayor.
—En los próximos dos o tres días algo nuevo cambiará las cosas. Te lo prometo.
—No puedes saberlo —dijo ella.
—Sé que no puedo, Deb. Pero lo sé. De verdad.
—¿Y por qué te muestras tan feliz ante la perspectiva?
Quería decirle que era porque la idea me hacía feliz. Porque tener la oportunidad de volver a ver otra muestra de aquella maravilla sin sangre me hacía más feliz que ninguna otra cosa en la que pudiera pensar. Pero, por supuesto, no era un sentimiento que Deb pudiera compartir conmigo, así que me lo guardé.
—Estoy contento por ti, obviamente.
—Cierto, se me olvidaba —dijo con un gruñido. Pero al menos dio un sorbo al batido.
—Mira —dije—, o LaGuerta tiene razón…
—Lo que significa que estoy muerta y jodida.
—O bien se equivoca, y tú eres una hembra viva y virgen. ¿Me sigues hasta aquí, hermanita?
—Mmm —dijo ella, mostrándose notablemente malhumorada sin pensar en la paciencia que estaba teniendo con ella.
—Si te dedicaras a las apuestas, ¿apostarías a que LaGuerta tiene razón? ¿Sobre cualquier tema?
—En trapos, tal vez —dijo ella—. Viste realmente bien.
Llegaron los bocadillos. El camarero los dejó caer amargamente en medio de la mesa sin una palabra y se esfumó detrás del mostrador. Sin embargo, seguían siendo buenos. No sé qué los hacía mejores que los demás medianoches de la ciudad, pero lo eran: el pan crujiente por fuera y blando por dentro, la proporción exacta de cerdo y pepinillos, el queso perfectamente fundido… una bendición. Di un buen mordisco. Deborah jugueteó con la pajita del batido.
Tragué.
—Deb, si mi lógica mortal no consigue animarte, ni tampoco lo consigue un bocadillo del Relámpago, hemos perdido. Ya estás muerta.
Me miró con aquella cara de mero y mordió el bocadillo.
—Está muy bueno —dijo sin ninguna expresión—. ¿Ves cómo me animo?
La pobre no estaba convencida, lo que suponía un duro revés para mi ego. Pero, al fin y al cabo, la había alimentado con una de las mejores comidas tradicionales de la familia Morgan. Y le había dado noticias fantásticas, aunque ella no las reconociera como tales. Si todo esto no la había hecho sonreír… Bueno, tampoco podía esperarse que yo lo hiciera todo.
Sin embargo, otro asuntillo que tenía a mi alcance era alimentar a LaGuerta: no era algo tan delicioso como los bocadillos del Relámpago, pero a su modo era sabroso. Y así, aquella tarde visité a la gran inspectora en su oficina, un pequeño y encantador cubículo situado en el rincón de una gran sala que contenía otra media docena de cubículos. El suyo, por supuesto, era el más elegante, con varias fotos de ella acompañada de celebridades colgando de la tela del biombo. Reconocí a Gloria Estefan, Madonna y Jorge Mas Canosa. Sobre la mesa, al lado de un servicio de escritura verde jade con marco de piel, había un exquisito portaplumas verde ónix para la estilográfica con un reloj de cuarzo en el centro.
Cuando entré, LaGuerta estaba al teléfono hablando en español a una velocidad endiablada. Me miró sin verme y desvió la mirada. Pero un momento después sus ojos volvieron a posarse en mí. Esta vez me miró de arriba abajo, frunció el ceño y dijo: «Okay, okay. Ta luo», que es el modismo cubano para hasta luego. Colgó y siguió mirándome.
—¿Qué tienes para mí? —dijo por fin.
—Sube la marea —le dije.
—Si eso significa que son buenas noticias, te aseguro que me hacen falta.
Enganché una silla plegable con el pie y la arrastré hasta su cubículo.
—No cabe la menor duda —dije, sentándome en la silla plegable— de que tiene en la cárcel al tipo correcto. El asesinato de Old Cutler fue cometido por una mano distinta.
Se limitó a mirarme durante un momento. Me pregunté si siempre le llevaba tanto tiempo procesar la información y reaccionar.
—¿Tienes algo fiable en qué apoyarlo? —me preguntó al final—. ¿Con seguridad?
Claro que podía apoyarlo en datos fiables, pero no pensaba hacerlo, por muy buena que fuera la confesión para un alma atormentada. En su lugar, dejé caer la carpeta sobre su mesa.
—Los hechos hablan por sí mismos —dije—. Y no dejan lugar a dudas. —Claro que no las había: eso lo sabía muy bien—. Mire —dije, extrayendo una página llena de comparaciones cuidadosamente elegidas que había pasado a ordenador—, en primer lugar, esta víctima era un varón. Todas las demás eran mujeres. Esta víctima fue hallada junto a Old Cutler. Todas las víctimas de McHale aparecieron por la zona de Tamiami Trail. Esta víctima fue hallada en un estado relativamente intacto y en el lugar donde fue asesinada. Las víctimas de McHale estaban completamente despedazadas y fueron trasladadas a una ubicación distinta para que fueran encontradas allí.
Proseguí, y ella me escuchó con atención. La lista era buena. Me había llevado varias horas dar con las comparaciones más obvias, absurdas y transparentemente demenciales, y debo decir que hice un buen trabajo. Y LaGuerta también representó su papel a la perfección. Se tragó todo el asunto. Por supuesto, estaba oyendo lo que quería oír.
—En resumen —dije—, este nuevo asesinato tiene todo el aspecto de una venganza, probablemente relacionada con drogas. El tipo de la cárcel cometió los otros asesinatos, y éstos pueden darse por terminados: absoluta y positivamente, al cien por cien, ahora y para siempre. Nunca volverán a pasar. Caso cerrado. —Dejé la carpeta sobre su mesa y sostuve la lista en la mano.
Cogió la hoja de papel y la miró durante bastante rato. Frunció el ceño. Sus ojos subieron y bajaron por la página unas cuantas veces. El extremo de su labio inferior se torció. Después la dobló con cuidado sobre la mesa, ocultándola bajo una pesada grapadora verde jade.