Antimanual de sexo
- Автор: Tasso Valerie
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Antimanual de sexo». Краткое содержание книги:
Partiendo de esta premisa Valérie Tasso busca los puntos de anclaje de ese vastísimo y homogeneizador discurso interesado que llamamos sexualidad humana y lo encuentra en el “tópico”. Las expresiones y valoraciones que sólo por fuerza de repetir y no por su veracidad, nos acabamos creyendo todos. De manera inteligente, amena, asequible y tremendamente descarada, Valérie Tasso va desarmando uno a uno una selección de esos “lugares comunes” no con intención de generar otro discurso sino con intención de cuestionar el existente.
Desde la exposición vital de su propia sexualidad, Valérie confecciona este “Antimanual de Sexo” destinado no a disfrutar de trucos y recetas para mejorar nuestras aptitudes y rendimientos en esta sexualidad que nos hacen vivir sino para cuestionar el propio manual de uso.
Quien cree, entre otras muchas cosas, que los preliminares anticipan el coito, que la prostituta vende su cuerpo, que el sexo está para pasárselo bien, que la relación sexual concluye en el orgasmo, que con la edad se pierden las ganas, que los afrodisíacos existen, que sabemos de sexo más que antes, que el sexo entraña muchos peligros, que existe algo no natural en el sexo, que la eyaculación precoz es cosa de hombres o que la religión y el sexo nunca se han llevado bien, o quien quiera saber porqué Valérie admira la glicinia debería acercarse a las páginas de esta sofisticada revolución que es Valérie Tasso.
“No son temibles las normas, sólo aquellos que se las creen…” En definitiva un libro de Valérie Tasso
Carlos, por lo que me contaron, aguantó el chaparrón como pudo. Los buenos presentadores como él tienen la suficiente educación de no recomendar el uso erótico de los enemas a los oyentes que llaman, por muy estreñidos que éstos puedan estar.
La semana siguiente, cuando se me dio la posibilidad de contestar al oyente, rechacé el ofrecimiento. Es imposible corromper a un corrompido y no se le puede quitar el miedo a un miedoso. Debían de ser muchos los años que el oyente ofendido llevaba reprimiendo sus fantasías y, en el fondo, creo que yo formaba parte protagonista en alguna de ellas.
Se puede entender que confundir deseo con fantasía sea un enredo inocente. Pero yo creo que no. Si no somos capaces de hacer claramente la diferencia entre lo que somos capaces de llegar a imaginar y lo que queremos hacer, es porque a alguien le interesa que confundamos uno con lo otro… y le interesa mucho. Si nuestros mecanismos de control social nos culpabilizan por lo que fantaseamos y nos hacen creer que lo que fantaseamos es lo que deseamos, y vamos a ejecutar en cuanto podamos, seremos sujetos temerosos de nosotros mismos a los que nos podrán manejar y controlar con mucha más facilidad. Seremos elementos necesitados de grandes dosis de moralina en vena para que el «monstruo» de nuestras fantasías no se apodere de nosotros, y la moralina, como el miedo, nunca han sido grandes amantes del conocimiento. Pero el fantasear con que asesino a mi vecino no hace de mí un asesino. Lo que fantaseamos no nos convierte en lo que fantaseamos.
Carroll, por si a alguien le queda alguna duda, no deseaba ver a un conejo parlanchín con chaleco y reloj de bolsillo. Ni era un loco que veía en su habitación sonrisas que habían perdido a su gato. Y es más que probable que sólo deseara que la niña Alicia Liddell escuchara su cuento, aunque quizá, también, fantaseara con ella.
Los afrodisíacos existen
¡Vamos, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos! Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz. Nadie ha pasado en su negra nave sin que oyera la dulce voz de nuestras bocas, sino que ha regresado después de gozar con ella y saber más cosas.
Homero
La Odisea Canto XII. Las sirenas
Cuentan que Lucrecio escribió De la naturaleza de las cosas en los escasos momentos de lucidez que le dejaban los efectos de un filtro amoroso. Al acabar el poema, y posiblemente en otro momento de cordura, se quitó la vida. Debía de correr el siglo i antes de nuestra era, aunque de su existencia poco más se sabe.
El relato de la vida de Lucrecio se lo debemos fundamentalmente al eremita cristiano san Jerónimo, padre de la Iglesia, gran latinista y creador de la Vulgata (la traducción al latín de la Biblia). Las particularidades de la vida de Lucrecio, de la que sólo el devoto Jerónimo tuvo noticias, debieron de serle, entre los espejismos del desierto, reveladas. El cómo este tratado poético del saber epicúreo y de la física materialista de Demócrito sobrevivió a la Edad Media es un misterio.
Se cuenta también que, probablemente, el poeta de las «galanterías», Catulo, y el elegiaco Propercio, también perecieron por la ingesta de bebedizos amatorios.
Sorbí el té despacio.
Las turbulencias me incomodaban. Volvía de Madrid, de realizar mi última colaboración en un programa de televisión para una cadena de ámbito nacional. Habían rescindido mi participación porque, como explicó bien el director del programa, el espacio, pese a la alta audiencia, necesitaba más espectáculo y menos «rigor». Toqué el botón de aviso de la azafata y le pedí que me retirara el té.
La alquimia también se preocupó mucho de los procesos de transmutación de las materias viles en nobles, de la conversión de estados espirituales primarios en elevados o de la completa salud y la larga longevidad de los cuerpos. En todas estas técnicas desempeñaba un papel esencial el polvo de una piedra roja a la que se le dio el nombre de «piedra filosofal». Los alquimistas la buscaron durante siglos con ahínco, sin que se tenga constancia de que la llegaran nunca a encontrar. La búsqueda de la «piedra filosofal» fue la entelequia que permitió que la alquimia continuara existiendo. Lo significativo y hermoso de la alquimia fue, como sucede con el psicoanálisis, el camino y la literatura que se generó andando tras la piedra, mucho más allá de unos resultados que nunca llegarían.
Cerré los ojos e intenté tranquilizarme. En mi misma fila de asientos, pero cuatro plazas más allá, con el pasillo de por medio, un hombre de mediana edad hojeaba una revista. Intenté que mi pensamiento se centrara en el rítmico sonido de las hojas pasando. Desconozco qué mecanismo inconsciente desencadenó aquello, pero lo cierto es que, a medida que se iban pasando las hojas y simplemente con el ruido cadencioso que producían, mi libido se disparó. No es que yo me apoyara en aquel sonido para fantasear con un encuentro sexual. No es tampoco que me excitara la imagen de aquel hombre, al que en ningún momento presté atención. Era única y exclusivamente ese sonido el que me estaba poniendo como las turbinas del avión.
Imploré mentalmente para que la revista tuviera mil páginas. Pero el paso de las hojas se detuvo. Abrí los ojos y pude ver al pasajero dejando la revista en la pequeña guantera del asiento delantero. Dudó un instante, pero finalmente extrajo otra revista que empezó a hojear. Volví a cerrar los ojos. Mi ardor recobró su ímpetu con más fuerza que antes.
Los afrodisíacos son los frutos que ofrece Afrodita. De ellos, lo único que de verdad existe es la creencia de que existen. De antiguo se ha querido dar con estas sustancias milagrosas que, manejadas a voluntad, hacían caer a las mujeres rendidas y daban a los hombres vigor para satisfacerlas. Siempre hemos soñado con el botón, con el punto, con la secuencia. Siempre hemos soñado con un ser humano articulado a voluntad, manejable, dócil y sumiso.
En el camino, se ha encontrado, por ejemplo, el cuerno de rinoceronte o las ostras, que tienen exclusivamente de estimulante la asociación visual que se puede establecer entre ellos, los genitales masculinos, en el cuerno, y femeninos, en los bivalvos (si bien es cierto que el cuerno de rinoceronte es un inmejorable estimulador de la adrenalina, aunque únicamente cuando nos persigue a la carrera y lleva al rinoceronte pegado a él).
En la era de los descubrimientos, a los alimentos exóticos a nuestra cultura, que por raros no sabíamos ni si se podían comer, se les atribuyeron cualidades estimulantes. El jengibre o el cardamomo, la vainilla, el guaraná, la canela, la nuez moscada, la pimienta o el cacao sirvieron, entre otras cosas, para creer que si alguien no se estimulaba con ellos, era porque ya le había pillado el rinoceronte.
La semana siguiente, Carla me llamó. «¿Estás viendo la tele?» Le respondí que no. «Pues enciéndela…», me propuso.
La chica, qué duda cabe, era mucho más guapa que yo. Tenía un talle exuberante, lleno de curvas y un vestido cortito muy ceñido que marcaba un escote en el que se podían perder varios. Sentada de medio lado sobre una estrecha silla que hacía que sus generosas nalgas se desbordaran por los costados, se esforzaba por defender las virtudes de los afrodisíacos. A su lado, en una mesita, un tazón de chocolate.