Antimanual de sexo
- Автор: Tasso Valerie
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Antimanual de sexo». Краткое содержание книги:
Partiendo de esta premisa Valérie Tasso busca los puntos de anclaje de ese vastísimo y homogeneizador discurso interesado que llamamos sexualidad humana y lo encuentra en el “tópico”. Las expresiones y valoraciones que sólo por fuerza de repetir y no por su veracidad, nos acabamos creyendo todos. De manera inteligente, amena, asequible y tremendamente descarada, Valérie Tasso va desarmando uno a uno una selección de esos “lugares comunes” no con intención de generar otro discurso sino con intención de cuestionar el existente.
Desde la exposición vital de su propia sexualidad, Valérie confecciona este “Antimanual de Sexo” destinado no a disfrutar de trucos y recetas para mejorar nuestras aptitudes y rendimientos en esta sexualidad que nos hacen vivir sino para cuestionar el propio manual de uso.
Quien cree, entre otras muchas cosas, que los preliminares anticipan el coito, que la prostituta vende su cuerpo, que el sexo está para pasárselo bien, que la relación sexual concluye en el orgasmo, que con la edad se pierden las ganas, que los afrodisíacos existen, que sabemos de sexo más que antes, que el sexo entraña muchos peligros, que existe algo no natural en el sexo, que la eyaculación precoz es cosa de hombres o que la religión y el sexo nunca se han llevado bien, o quien quiera saber porqué Valérie admira la glicinia debería acercarse a las páginas de esta sofisticada revolución que es Valérie Tasso.
“No son temibles las normas, sólo aquellos que se las creen…” En definitiva un libro de Valérie Tasso
El clítoris tiene una conformación de anzuelo con dos raíces. Asemeja a una «y» al revés, en la que la línea común fuera muy corta y surgiera perpendicularmente de unas bifurcadas muy largas. Su parte externa es el glande y el tronco del clítoris, que no queda expuesto a la vista por estar cubierto por el capuchón retráctil que cubre también, salvo que se retire, el glande. Ambos, el glande y el tronco, serían el trazo común de nuestra imaginaria «y» invertida. Las raíces, en forma de «v», descienden circundando ambos lados de la vagina.
Lo verdaderamente significativo del clítoris, con su complejísima red de terminaciones nerviosas, es que está diseñado exclusivamente para procurar placer. Mientras los hombres disponen de un mismo órgano, el pene, que cumple las tres funciones, secretora, reproductiva y placentera, la anatomía femenina tiene tres apartados distintos para cada función. La secretora se realiza a través de la uretra, que termina en el meato urinario, situado sobre la vagina y bajo el clítoris; de la reproductiva o genital se encarga la vagina, como puerta del útero, y el placer queda destinado en exclusiva al clítoris y el tercio externo de la vulva. El clítoris es al placer como la neurona al pensamiento. Quizá por eso, por su esmerada dedicación, hemos hecho de él un desconocimiento grande y un órgano pequeño.
«Tienes eXjlítoris más suave que he fisto nunca», me dijo un día, intentando esmerarse entre el culo y el asunto.
No le corregí.
«Y los orgasmos más falsos que hayas oído nunca…», pensé, mientras gemía.
Si Agapurnio supiera dónde está el clítoris, los leones pintar o el sexo hablar…
Los homosexuales son promiscuos
Es imposible que a esta máquina la llamen así. O bien emplean términos griegos y lo llaman «autocinético» o bien utilizan el latín y lo llaman «ipsomóvil». Pero llamarlo «automóvil» no tiene sentido. No puede prosperar ese nombre.
Fue, según me contaron, lo que dijo un sabio cuando le hablaron por primera vez, a finales del XIX, de la invención de un vehículo autopropulsado.
Con el término «homosexual» sucede algo parecido.
En su originaria confección, con fines incriminatorios y clínicos también a finales del Xix, se toma «homo» del griego y «sexual» del latín. Homo en griego no significa «hombre», sino «igual», «equivalente», «semejante». La creencia de que el prefijo «homo» proviene del latín, donde sí significa «hombre» y no del griego, ha hecho que la confusión se acreciente. Siguiendo con el término que inventa Kertbeny para condenar las prácticas sodomíticas entre varones, y que populariza Krafft-Ebing para «patologizarlos», se podría cuestionar que si la «homosexualidad» es el sexo entre semejantes, debería referirse a todas aquellas interacciones sexuales que no se establecen con animales u objetos inertes. Es decir, homosexuales, al menos de vez en cuando, somos todos los humanos que practicamos sexo con otros seres humanos.
Del mismo modo, términos como «homofobia» significan literalmente «temor o aversión por lo semejante». Sucede que el creador del neologismo utiliza «homo» como apócope de «homosexualidad» y añade «fobia» para intentar encontrar un término conveniente que designe a los que sienten animadversión por los homosexuales, cuando en realidad «homofobia» significaría, en buena ley, un odio hacia los seres humanos (los semejantes), o lo que es lo mismo, «misantropía». Las palabras nunca son claras cuando el concepto no lo es. La confusión de las palabras es siempre una confusión de los conceptos. No existe un buen significante cuando el significado continúa oscuro.
En un pueblo de la serranía andaluza, encontré un día a una señora muy peripuesta que me indicó que su pueblo era muy antiguo y que había sido fundado por los «ficticios». Posiblemente, esta señora no sabía gran cosa de los fenicios.
Pero si el significante «homosexual» es cuestionable y el significado al que remite tampoco está claro, designar a las personas que aman, comparten su vida o formalizan sus sentimientos con otras personas del mismo género, de «homosexuales», es como decir que los «filántropos» son aquellos seres que se acuestan con todos los humanos que se menean.
El término «homosexual» hace referencia exclusivamente a una preferencia sexual, pero alguien que ama a alguien de su mismo género hace mucho más que interaccionar sexualmente con él. Tildar a un amante de alguien de su mismo género de «homosexual» es convertirlo en un elemento que hace exclusivamente de su preferencia una actitud de interacción sexual; una máquina folladora de lo mismo. ¿Cómo llamaríamos al casto que ama a los de su mismo género?
No he tenido, las razones son obvias, muchos encuentros sexuales con varones homosexuales. Pero recuerdo uno.
«Gay» es el término que la comunidad de san Francisco eligió para designar a sus miembros masculinos y que se consolida, como denominación, en Nueva York, a finales de la década de los sesenta. «Lesbiana» es un término de uso más antiguo, del que ya se tiene constancia en la literatura decimonónica. «Gay» parece derivar del latín gaudium (alegre) y esa misma connotación festiva mantiene en lengua anglosajona. «Lesbiana» se asocia con la isla griega de Lesbos, donde habitaba la poetisa Safo, rodeada de un nutrido grupo de mujeres a las que les cantaba. En los primeros momentos de uso del término, la lesbiana no era necesariamente una mujer que amara o interactuase sexualmente con otras mujeres, sino una mujer que compartía vida o inquietudes culturales con otras mujeres.
Ambos términos intentaron y siguen intentando suplir al genérico de «homosexualidad». El acrónimo que quizá agrupa más comúnmente su preferencia es el de LGBT, tomado de Lesbians, Gays, Bisexuals y Trans.
A Marcos lo conocí en la primavera del 2003 en Barcelona. Fue en casa de una amiga común, durante una fiesta en la que celebraba su trigésimo cumpleaños. Enormemente atractivo y educado en sus formas, tenía un aire de melancolía que lo hacía especialmente apetecible.
Fue yo quien inició la charla, que pronto se hizo amena y cordial a medida que avanzaba la fiesta. Él había leído Diario de una ninfómana y se mostró muy interesado por mi trayectoria vital, lo que hizo que habláramos más de mí que de él. Ambos soltamos una carcajada juntos, cuando la anfitriona, con más copas de las que podía contar, inició una pintoresca danza del vientre en la que lo único que quedó cubierto de ella, al acabar, fue el vientre.
Debían de ser las tres de la mañana cuando Marcos se ofreció para llevarme a casa. Invitación que acepté encantada.
Entender es saber decir la palabra.
«Promiscuidad» deriva del latín promiscere, que significaría algo así como «propenso a mezclar». Podría decirse, entonces, que el trabajo de un pintor es promiscuo o que una ensaladilla rusa es fruto de la promiscuidad de un cocinero. Sin embargo, en el habla común, la promiscuidad ha quedado relegada a la interacción sexual frecuente con un número muy variado de partenaires.
El deseo masculino es en muy pocas ocasiones penalizado. Lo hemos visto, por ejemplo, al intentar encontrar un término despectivo que equivalga, para los varones, al de «ninfómana». El deseo masculino «voluminoso» es sinónimo de virilidad, de ajuste a género, es una expresión «comprensible» del ansia de poder del conquistador, es la saliva del depredador hambriento. El deseo masculino es «naturalmente explicable», pero el femenino es «culturalmente depravado».