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Электронная книга - «Antimanual de sexo». Краткое содержание книги:

El sexo que conocemos es un discurso normativo sobre el sexo. Este discurso, este manual para “todos los públicos”, está escrito siempre desde la moral (científica, religiosa, ecologista, económica o la que sea), nunca desde la voz del propio sexo. El objetivo de esta inmensa arquitectura de palabras es dar justificación a un modelo de sexualidad, nunca a la sexualidad en sí.
Partiendo de esta premisa Valérie Tasso busca los puntos de anclaje de ese vastísimo y homogeneizador discurso interesado que llamamos sexualidad humana y lo encuentra en el “tópico”. Las expresiones y valoraciones que sólo por fuerza de repetir y no por su veracidad, nos acabamos creyendo todos. De manera inteligente, amena, asequible y tremendamente descarada, Valérie Tasso va desarmando uno a uno una selección de esos “lugares comunes” no con intención de generar otro discurso sino con intención de cuestionar el existente.
Desde la exposición vital de su propia sexualidad, Valérie confecciona este “Antimanual de Sexo” destinado no a disfrutar de trucos y recetas para mejorar nuestras aptitudes y rendimientos en esta sexualidad que nos hacen vivir sino para cuestionar el propio manual de uso.
Quien cree, entre otras muchas cosas, que los preliminares anticipan el coito, que la prostituta vende su cuerpo, que el sexo está para pasárselo bien, que la relación sexual concluye en el orgasmo, que con la edad se pierden las ganas, que los afrodisíacos existen, que sabemos de sexo más que antes, que el sexo entraña muchos peligros, que existe algo no natural en el sexo, que la eyaculación precoz es cosa de hombres o que la religión y el sexo nunca se han llevado bien, o quien quiera saber porqué Valérie admira la glicinia debería acercarse a las páginas de esta sofisticada revolución que es Valérie Tasso.
“No son temibles las normas, sólo aquellos que se las creen…” En definitiva un libro de Valérie Tasso
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Sólo una de las ciudades Estado griegas se jactaba de no tener ninguna prostituta en sus dominios. Era la militarista Esparta. La única que no adoptó el sistema democrático (pese a que tuviera, en algún momento de su historia, una asamblea popular exclusivamente formal), la única de la que no se conservan restos artísticos, la misma que arrojaba desde acantilados a los niños nacidos débiles, la que hizo de la mujer una madre sana que engendra hijos para el Estado, la única que hizo del amor un compromiso eugenésico. La que adoptó como divisa: «Vuelve con el escudo o encima de él».

La Historia, más que historias, propone modelos que se le presentan a nuestro futuro.

Legalizar es aceptar condicionalmente. Regularizar legalmente una actividad.

Hacer de ella un acto común, darle carácter de «lo que se puede hacer», siempre que respete en su funcionamiento el marco jurídico que establece su legalización. Cuando se legaliza una actividad hasta entonces penada, el rango de legalización permite su despenalización.

Prohibir es impedir. Imposibilitar el uso y penalizar reglamentariamente cualquier nivel de ejecución de lo prohibido.

Abolir es eliminar, desterrar del marco legal y de uso lo abolido. Se puede abolir el precepto, la actividad o la ley que ha caído en desuso, lo que no ha cesado debe prohibirse en espera de que la represión punitiva haga que caiga en desuso.

Se puede abolir la ley que obligaba a las damas a empolvarse la cara con polvos de nácar antes de salir a la calle, porque ya nadie se pone polvos de nácar, pero no se puede abolir orinar en un sitio público, en tal caso hipotético, habría que suprimir los urinarios públicos y «prohibir» (no abolir) la meada en lugares públicos, sancionando al infractor meón que se arrimara a un árbol.

El programa de televisión se desarrollaba sin ningún inconveniente. Se me había convocado para dar mi opinión sobre el hecho de la prostitución. El presentador, un «guapito» muy popular en los medios, me escuchaba con los ojos muy abiertos, el catering había sido generoso, me habían dado camerino propio, el maquillaje correcto impedía que mi piel, como es habitual, brillase más que yo, y las preguntas eran lo suficientemente estúpidas como para no inquietarme.

Las tres acciones, legalización, prohibición o abolición, son acciones «sociales», determinadas por el conjunto de la ciudadanía para el conjunto de la ciudadanía. Individualmente uno no legaliza, prohibe o abóle un acto propio. Las tres acciones conllevan una valoración moral de lo sujeto a ser legalizado, prohibido o abolido. La legalización supone tolerancia, la prohibición, rechazo y la abolición, exterminio. Frente a las tres tomas de posición, una imagina, diferenciados, a los que las ejecutan: legalizar es asunto de juristas, prohibir remite a policías y abolir, a moralistas.

Sin duda, abolir es el más «moral» de los tres términos. Comporta, más allá de la prohibición de uso, la condena moral de conciencia; por encima de penalizar, la acción persigue la «limpieza» de cualquier vestigio que de la actividad abolida quede en la conciencia. La lógica de abolir es la estrategia de la tierra quemada, de la limpieza ética, para llegar a hacer de lo abolido algo inimaginable. Dice un proverbio judío que, cuando a uno le dan dos opciones, debe elegir siempre la tercera. Personalmente, creo que cuando te dan tres, siempre hay que buscar la cuarta.

La verdadera revolución en la aceptación y el entendimiento de la prostitución pasa por la rehabilitación ética de la prostituta. De nada sirve hacer pública a la mujer pública, mediante la regulación legal, si no se reconstituye su imagen moral. En lugar de decir en la tienda de comestibles: «Ésa es una puta», se dirá: «Ésa es una puta que paga impuestos». ¡Pobre recompensa para una puta que sigue siendo considerada puta!

Hay presentadores de televisión que son como psicoanalistas. Cuando finalizas una afirmación, ellos la repiten en forma de preguntas o en forma de afirmación.

– He soñado con un pantano seco en el que beben diez docenas de suboficiales calvos.

– ¿Diez docenas de suboficiales calvos…? -repiten ellos.

– Sí, pero prusianos.

– Claro, prusianos -concluyen.

Éste era uno de ellos. Al concluir la entrevista, alabó, como buenamente pudo, mi defensa de la libertad individual como valor único que debían perseguir las (normalmente son «las») que se presentan como ejército de salvación de los derechos de la mujer. Aplaudió el concepto de la dignidad que yo defendía como defensa de los valores propios y no del uso de los genitales, asentía con la cabeza cuando yo explicaba que la prostitución era un ejercicio y no una condición de por vida y convino conmigo en que había que rehabilitar la imagen moral de la prostituta empezando por no diferenciarlas o estigmatizarlas señalándolas con el dedo. «Claro, hay que rehabilitar la imagen moral de la prostituta…»

Fue entonces cuando, más relajada, me vi por primera vez en el monitor central. Bajo mi rostro sonriente y sin demasiados brillos, pude leer el rótulo que me había acompañado durante toda la entrevista: «valérie tasso: ex prostituda».

Me pareció que sintetizaba perfectamente lo que yo había dicho y que contradecía totalmente todo lo que el entrevistador afirmaba como que había que evitar. Le hice un gesto:

– Perdona, «ex prostituta» se escribe con «t» en la última sílaba y no con «d»… Puedes empezar a rehabilitarme por ahí.

Lo de «gilipollas» que vino a continuación lo murmuré, no sé si él o el director del programa, gilipollas también, lo oyeron, pero al técnico de sonido todavía le deben de silbar las orejas.

Mi apunte final no se vio en la emisión diferida, pero el rótulo quedó perfectamente escrito.

Las (siempre suelen ser «las») abolicionistas que pretenden abolir la prostitución y mandar a las meretrices a limpiar escaleras (o a servirles café) en nombre de la libertad y la igualdad de género tienen un argumento recurrente: el de la esclavitud.

Es como un estribillo de la cancioncilla en el que el resto de la letra que conforma su argumentación lo forman estadísticas y más estadísticas (posiblemente extraídas de L'Osservatore Romano) que reflejan estrictamente y a la perfección, única y exclusivamente, lo que dicen sus estadísticas.

En la prostitución, como actividad genérica, existe una prostitución forzada, en la que mujeres, y en menor medida hombres, son obligadas a ejercer esta actividad contra su voluntad. Ese delito de inhumanidad sólo puede generarse al amparo de la prohibición, de la condena a la ilegalidad. En un entorno regularizado, los mañosos desaparecen o devienen empresarios, los trabajadores se acogen a convenios que regularizan sus horarios, sus obligaciones y sus retribuciones, la demanda se canaliza hacia los prestadores que ofrecen garantías de profesionalidad y uno tiene derecho a dimitir cuando le place y a no seguir siendo toda su vida ex prestatario de ese servicio.

Sólo lo tapado se pudre, sólo se marginaliza lo que no se atiende y sólo se duerme bajo un puente quien no recibe cobijo. El desamparo que procuran los verdugos lo recogen los explotadores. Esto lo sabe todo el mundo, salvo quizá aquellos a los que no les preocupa la mujer, sino la moral pública.

El tráfico de mujeres y la explotación no definen la actividad de la prostitución, son sus pozos muertos, nacidos, exclusivamente, de un mal sistema de alcantarillado. Del mismo modo que el esclavismo y la explotación de trabajadores en plantas desterritorializadas no define los sectores empresariales de las multinacionales que perpetran esa ignominia. Nadie, las abolicionistas tampoco, propone abolir el sector mobiliario, el del calzado o el de la confección.

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