Antimanual de sexo
- Автор: Tasso Valerie
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Antimanual de sexo». Краткое содержание книги:
Partiendo de esta premisa Valérie Tasso busca los puntos de anclaje de ese vastísimo y homogeneizador discurso interesado que llamamos sexualidad humana y lo encuentra en el “tópico”. Las expresiones y valoraciones que sólo por fuerza de repetir y no por su veracidad, nos acabamos creyendo todos. De manera inteligente, amena, asequible y tremendamente descarada, Valérie Tasso va desarmando uno a uno una selección de esos “lugares comunes” no con intención de generar otro discurso sino con intención de cuestionar el existente.
Desde la exposición vital de su propia sexualidad, Valérie confecciona este “Antimanual de Sexo” destinado no a disfrutar de trucos y recetas para mejorar nuestras aptitudes y rendimientos en esta sexualidad que nos hacen vivir sino para cuestionar el propio manual de uso.
Quien cree, entre otras muchas cosas, que los preliminares anticipan el coito, que la prostituta vende su cuerpo, que el sexo está para pasárselo bien, que la relación sexual concluye en el orgasmo, que con la edad se pierden las ganas, que los afrodisíacos existen, que sabemos de sexo más que antes, que el sexo entraña muchos peligros, que existe algo no natural en el sexo, que la eyaculación precoz es cosa de hombres o que la religión y el sexo nunca se han llevado bien, o quien quiera saber porqué Valérie admira la glicinia debería acercarse a las páginas de esta sofisticada revolución que es Valérie Tasso.
“No son temibles las normas, sólo aquellos que se las creen…” En definitiva un libro de Valérie Tasso
La sarna no se cura eliminando al perro, cuando así se pretende, es porque lo que se detesta no es la sarna, sino a los perros. Abolir la prostitución no es acabar con la posibilidad de esclavitud, es querer acabar con las prostitutas.
No se puede abolir la brujería, sólo se puede quemar a las brujas. Eso también lo sabe todo el mundo, empezando por las abolicionistas, que a lo mejor temen, entre brujas y putas, la competencia.
Licurgo, el espartano, murió aproximadamente cuando nació Solón. A él se deben los principios fundamentales del régimen estatalista espartano; la supresión de los intereses y emociones privadas frente a los intereses del Estado, la estructuración social militarizada desde la infancia hasta la muerte y la castidad como exigencia de Estado.
Mientras, cuando escribo estas líneas, en las pantallas se emite 300, de Zack Snyder, la cinta épica que cuenta como en un cómic -para que los niños se queden bien con la copla- el quehacer lacedemónico en la batalla de las Termópilas.
El renacer de Esparta, en nombre de la libertad y la democracia.
Se cuenta un chiste:
– ¿Qué es la democracia?
– Hacer lo que te da la gana sin molestar a los otros.
– ¿Y si no te da la gana hacer nada?
– Pues, joder, ¡ya te obligarán!
A veces, la historia cuenta chistes que sólo el canalla comprende… y a las putas y a los libres les hacen muy poca gracia.
Las fantasías sexuales se pueden realizar
(…)Tampoco le pareció a Alicia que tuviera nada de muy extraño que el conejo se dijera en voz alta: «¡Ay! ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Qué tarde voy a llegar!» (…) pero cuando vio que el conejo se sacaba, además, un reloj del bolsillo del chaleco, miraba la hora y luego se echaba a correr muy apresurado, Alicia se puso en pie de un brinco al darse cuenta repentinamente de que nunca había visto un conejo con chaleco y aún menos con un reloj de bolsillo.
Lewis Carroll
Alicia en el país de las maravillas
Cuando nos preguntamos: «¿Qué me apetece hacer?», responde nuestro deseo. Cuando nos preguntamos: «¿Qué soy capaz de imaginar?», responde nuestra fantasía. La fantasía es al deseo lo que la ropa es a cómo me visto. Tomemos un ejemplo:
Son las dos de la mañana y debo madrugar para ir al trabajo. Intento conciliar el sueño, pero la música que tiene puesta mi vecino me lo impide. Mi deseo representa a mi vecino parando la música.
Mi fantasía me representa a mí misma tirando al vecino por el balcón (después, naturalmente, de que le haya metido el aparato de música y los discos de Shakira por el culo).
Muy probablemente, lo que haré será llamar a su puerta y pedirle que baje la música que me impide dormir. Si, en el momento en el que me dispongo a llamar a la puerta de mi vecino, algún reportero obtuso me pregunta: «¿Qué fantasía le gustaría realizar?», le tendría que decir que ninguna, que lo que me gustaría realizar es mi deseo de que mi vecino haga que la música cese… e, inmediatamente, fantasearía con meterle a éste el micrófono por donde, al otro, le habrían cabido los discos. Aunque, probablemente, lo que haría sería explicarle cortésmente que las fantasías no son realizables, precisamente porque son fantasías y no deseos.
La fantasía y el deseo sexuales son representaciones mentales de carácter narrativo que se generan apoyándose en nuestra capacidad imaginativa. Ambos son sustanciales en nuestra condición de seres sexuados; son la escritura del sexo, su lenguaje, mientras que la interacción sexual, el encuentro («follar» para los prosaicos), no es más que la puesta en escena de esa escritura. Igual que Esperando a Godot es la obra, y la función que empieza a las diez en el Teatro Nacional es «sólo» una puesta en escena de la obra de Beckett.
El deseo sexual explora nuestro imaginario erótico para nutrir esa puesta en práctica del sexo. En su tarea de composición de un deseo concreto, examina nuestro código de valores y decide, a través de él, que lo deseado es apto para ponerse en práctica. Sin embargo, la fantasía sexual nos enseña hasta dónde podemos llegar, a qué sabe el límite. La fantasía es el mapa mundi de nuestro imaginario y en su labor de redacción, no se somete a código moral alguno, por lo que rebusca sin miramientos en la caja de los miedos y saca al teatrülo, cuando le apetece, a los fantasmas; a los actores de la fantasía. La fantasía sabe que se lo puede permitir, porque su obra nunca va a ser representada. El deseo erótico excita, mientras que la fantasía erótica «propone» que nos excitemos. Por tanto, el deseo sexual es realizable a poco que las circunstancias de nuestra vida lo permitan. Tiene nuestra aprobación moral y nuestro ánimo. La fantasía sexual nunca es realizable, si de nosotros depende, y ni siquiera es muchas veces «confesable». Para realizar una fantasía, ésta debería haberse convertido en un deseo y por lo tanto ya no sería una fantasía.
La fantasía es la visión del paisaje y el deseo es el encuadre de la foto que queremos conservar.
El piloto rojo del estudio se encendió. Respiré y comencé la lectura:
Al mismo tiempo, nos imaginábamos acostándonos con Marcela, con el vestido arremangado, pero calzada, en una bañera medio llena de huevos, ante cuyo aplastamiento ella se mearía…
Continué leyendo el párrafo que había seleccionado de Historia del ojo, de Georges Bataille. Cuando concluí la lectura, sonó el tango que servía de inicio al programa. Carlos me saludó en antena, me presentó a los oyentes y anunció el tema que yo pensaba abordar esa madrugada: «Las fantasías eróticas y el deseo».
Por eso leí esa fantasía que el personaje tenía, dentro de la inmensa fantasía de Bataille que era Historia del ojo. Eran las cuatro de la mañana y estábamos emitiendo en directo en las instalaciones de Radio Nacional de España.
La fantasía sexual y el deseo erótico son estrictamente personales, porque es el exclusivo «yo» deseante el que los escribe, apoyándose en un tiempo, una circunstancia y un código ético. Cada fantasía y cada deseo que se formula tienen, por tanto, un tiempo y una circunstancia propios e intransferibles a cada uno de los que los generan. El que la «ensoñación» que se relata sea una fantasía o un deseo depende del código moral del «ensoñado» en el momento en el que la genera. Una fantasía para una persona puede ser un deseo para otra. Lo que para una persona puede ser una fantasía en un momento determinado de su existencia puede convertirse en deseo en otro.
Ser prostituta y devenir un «objeto de deseo» para unos «otros», múltiples y anónimos, es una fantasía recurrente en muchas mujeres, pero ahí se queda normalmente, en la fantasía, pues los sistemas de valores de la mayoría de las mujeres que fantasean con eso no les permitirán nunca convertirlo en deseo.
En mi caso, cuando cumplí los treinta años, ejercer la prostitución fue un deseo, que las circunstancias personales que atravesaba me permitieron realizar. Cuando tenía once años, el sexo oral era, para mí, una fantasía erótica. Cuando cumplí los dieciséis, era ya un deseo. La fantasía erótica de imaginar a mis padres copulando era una fantasía de niña… y sigue siendo una fantasía de adulta. Nunca, ni antes ni ahora, he deseado ver a mis padres fornicando, aunque haya fantaseado con ello.
Al día siguiente de la emisión, se produjeron bastantes reacciones a mi lectura y mis opiniones del día anterior. Una de ellas fue especialmente vehemente. Un oyente habitual del programa que buscaba hueco en el teléfono día sí y día también manifestó su repugnancia hacia ese «monstruo corruptor» que era yo. Se indignó por cómo alguien que tenía facilidad para expresarse podía mencionar en antena, durante la lectura del texto de Bátanle, palabras como «verga», «ano» o «pezón» (la lista de sustantivos fue mucho más larga y, o bien la excitación del oyente escocido le hizo tomar notas, o bien conocía el texto de memoria). Acusó también al conductor del espacio de pederasta por haberle propuesto a otro oyente joven, que manifestaba dudas sobre sus deseos, que escuchara mi sección. Y pidió que, públicamente, me retractara de la «monstruosa ofensa a las buenas costumbres» que yo había proferido.