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La guerra de los enanos

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La guerra de los enanos
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No fue un destello de cólera o exasperación, como cabía esperar. Lo que perturbó a Caramon, y le impedía ahora entregarse al olvido, fue el reflejo de un sentimiento mucho más inusual en el talante del mago: un terror puro, sin matizaciones.

LIBRO II

El ejercito de Fistandantilus

A medida que el grupo de hombres puesto bajo las órdenes de Caramon avanzaba hacia el sur, en dirección al gran reino enanil de Thorbardin, fue creciendo su fama y, también, su número. El legendario «tesoro de la montaña» había protagonizado durante mucho tiempo las conversaciones de los míseros, hambrientos habitantes de Solamnia que, aquel mismo verano, habían visto cómo la mayor parte de sus cereales se socarraban y morían en los campos. Devastadoras epidemias, más temidas que las salvajes hordas de goblins y ogros que la penuria había expulsado de sus moradas, abatían la tierra.

Aunque no había finalizado el otoño, el frío heraldo del invierno se respiraba en el aire nocturno. Frente a la perspectiva de presenciar, inermes, la muerte de sus hijos bajo el azote de unas calamidades que los clérigos de los nuevos dioses no podían curar, los hombres y las mujeres de Solamnia estaban persuadidos de que nada tenían que perder. Abandonando sus hogares, reunieron a sus familias y pertenencias para engrosar las filas de la itinerante tropa.

Después de preocuparse en principio de alimentar a una treintena de soldados, Caramon se halló de pronto responsable del sustento de varios centenares de hombres, además de sus esposas e hijos. Cada día eran más los que afluían al campamento. Unos eran caballeros, adiestrados en el manejo de la espada y la lanza, nobles en su porte a pesar de los harapos con los que se cubrían; otros granjeros totalmente inexpertos, que sostenían las armas como si de azadas se tratase, si bien no podía ignorarse el valor que acuñara en sus ánimos la prolongada necesidad padecida. En efecto, tras su penoso sometimiento a la carencia de los bienes más imprescindibles, el panorama de luchar contra un enemigo concreto, que podía ser combatido y derrotado, se les antojaba una bendición.

Y así, sin apenas darse cuenta, Caramon se convirtió en el general del que habría de conocerse como el «ejército de Fistandantilus».

En los primeros tiempos, su único afán fue adquirir abastos para los ingentes tropeles de voluntarios y sus familias, sin orden ni concierto. Pero no en vano había llevado una larga vida de mercenario, y su experiencia en este terreno le dictó sabias medidas. Descubrió a los cazadores más avezados, a los que envió a los bosques en busca de presas, mientras las mujeres guisaban la carne obtenida y secaban la sobrante, almacenando todo cuanto no debía consumirse de inmediato.

Muchos de los que se unieron al grupo llevaron el grano y la fruta que habían podido cosechar, una aportación valiosa que el hombretón aprovechó. Ordenó que el cereal fuera molido a fin de obtener harina, que se prepararan confituras perdurables y, así, el maíz se convirtió en pan, duro como una piedra pero alimenticio, con el que asegurar la existencia durante meses. Incluso los niños tenían sus tareas. Unos cobraban pequeñas piezas, otros pescaban, todos transportaban agua y cortaban madera.

Una vez atendidas las cuestiones básicas, el general se dedicó a enseñar a los reclutas. Los entrenó en el uso de la lanza, del arco, de la espada y el escudo. El más arduo empeño fue el de conseguir tales pertrechos.

Mientras, sin detenerse ante las dificultades, el ejército recorría el país. En el sur corrió la noticia de su llegada.

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El reino de los enanos

Pax Tharkas, un monumento a la paz, se transformó de la noche a la mañana en el símbolo de la guerra.

La historia de la gran fortaleza de piedra hunde sus raíces en una leyenda improbable, en el pasado de una raza enanil desaparecida que, en todos los anales, recibe el nombre de Kal-thax.

Al igual que los humanos son aficionados al metal, a templar armas invencibles o al brillo de una moneda, al igual que los elfos se consagran a la preservación de los parajes boscosos y de la vida, los enanos concentran sus esfuerzos en trabajar la roca, en moldear la osamenta del mundo.

Antes de la Era de los Sueños, Krynn estuvo inmerso en un período denominado la Era de la Penumbra, cuando la Historia se fundía en la niebla de sus propios albores. Habitaba entonces los grandes salones de Thorbardin una raza de enanos cuyas construcciones eran tan perfectas, tan extraordinarias, que el dios Reorx, forjador del mundo, se maravilló al contemplarlas. Sabedor, en su infinita penetración de la naturaleza de los mortales, de que una vez alcanzados sus más ambiciosos proyectos éstos pierden todo estímulo para superarse, Reorx retiró de la faz de la tierra a los kalthax y los llevó a vivir a su reino, cerca de su fragua celeste.

Pocos exponentes quedan de la antigua artesanía de esta raza, apenas unas piezas dispersas que se conservan en Thorbardin como objetos de valor incalculable. Después de que los kal-thax abandonaran sus dominios, todos los enanos hicieron suyo el anhelo de esculpir en la roca obras tan insuperables de modo Reorx, para premiarles, les llamara junto a él.

No obstante, con el transcurrir de los años tan encomiable aspiración se pervirtió y tergiversó hasta transformarse en una manía obsesiva.

Capaces tan sólo de pensar en la piedra, de soñar con ella, las existencias de los enanos acabaron siendo tan inflexibles como la materia prima de su arte. Se cobijaron en laberintos cavados en la montaña, de tal manera que se aislaron del exterior y ese exterior, poco a poco, les olvidó.

Siguió pasando el tiempo hasta que se desataron las cruentas guerras entre elfos y humanos, una trágica contienda que concluyó con la firma del Pergamino de Swordsheath o de la Vaina de Espada, y el exilio voluntario de Kith-Kanan, junto a sus leales subordinados, de su morada en Silvanesti. Según especificaba el tratado de paz, los elfos qualinesti —término que significa «nación liberada»— obtuvieron la zona occidental de Thorbardin para establecer en ella su nuevo hogar.

Hombres y elfos hallaron el pacto aceptable. Por desgracia, a nadie se le ocurrió consultar a los enanos, quienes, viendo en la afluencia masiva de miembros de otra raza una amenaza a su retirada existencia en el corazón de la montaña, atacaron a los intrusos. Kith-Kanan descubrió, desolado, que había zanjado un conflicto para enzarzarse en otro.

Décadas después, y tras practicar toda suerte de estrategias, el rey elfo convenció a los testarudos enanos de que su piedra no le interesaba, que sólo quería complacerse en la observación de la bullente y hermosa espesura. Aunque este amor a algo efímero, en perpetuo cambio, era del todo incomprensible para los enanos, llegaron a admitir su presencia. Vencidos los resquemores, ambas razas pudieron trabar amistad.

Pax Tharkas se erigió como testimonio de la concordia. La fortaleza, que guardaba el paso montañoso entre Qualinost y Thorbardin, se convirtió en el monumento a las diferencias, en un símbolo de unión en la diversidad.

En la época anterior al Cataclismo, elfos y enanos se alternaban la vigilancia en las almenas del imponente alcázar. Pero, ahora, únicamente estos últimos custodiaban el recinto desde sus dos altas torres, pues la hecatombe dividió de nuevo a tan dispares razas.

Se retiraron los elfos a su boscosa patria de Qualinost, necesitados de un refugio donde sanar sus heridas. A salvo en sus regiones ancestrales, su ansia de soledad les llevó a cerrar las fronteras. Quienquiera que osara traspasarlas, humano, goblin, enano u ogro, era ajusticiado al instante, sin concedérsele la oportunidad de explicar el motivo de su incursión.

En todo ello pensaba Duncan, rey de Thorbardin, mientras veía zambullirse el sol tras los riscos cual si cayera del cielo a fin de visitar las tierras de los qualinesti. Perfilóse en su mente una divertida escena en la que los elfos atacaban al astro por atreverse a invadirles, y apareció en sus labios una sonrisa socarrona.

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