La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
—Vamos al sur —afirmó despacio, para disimular su torbellino mental—, por razones que no puedo exponeros. ¿Qué historia es esa de los tesoros de Thorbardin?
—Se rumorea que los enanos han acumulado una gran riqueza en el reino que se extiende bajo la montaña —respondió el joven que le abordara, con la aquiescencia de sus compañeros.
—Una riqueza que sustrajeron a los humanos —apostilló otro.
—Sí —intervino un tercero—. No sólo se compone de dinero. Tienen además grano y ganado. Comerán como reyes este invierno, mientras que nuestros estómagos rugirán vacíos, estragados.
—En más de una ocasión proyectamos irrumpir en su territorio y apoderarnos de una parte —continuó el joven de noble aspecto—, mas, en el último momento, Pata de Acero nos conminaba a desistir. Según él aquí estábamos bien, no merecía la pena aventurarse. Nunca nos convenció del todo, algunos confabulaban a su espalda.
Caramon se sumió en sus meditaciones, lamentando no conocer mejor los acontecimientos del pasado. Pese a las escasas horas dedicadas a la lectura, había oído hablar de las guerras enaniles, o de Dwarfgate, gracias a los incesantes relatos de su amigo Flint. Este hombrecillo pertenecía a la tribu de las Colinas y le habían llenado la cabeza de narraciones sobre la crueldad de sus parientes de las Montañas, asentados en Thorbardin, muy similares a las que ahora le explicaban los bandidos. La única diferencia era que, al decir de Flint, las riquezas atesoradas habían sido robadas a sus primos, los miembros de su propia raza.
Si todo aquello era cierto, la determinación de asaltar su ciudad estaba justificada. Podía seguir sin reparos las recomendaciones de su hermano. No obstante, en Istar algo se había roto en las entrañas del hombretón y, aunque empezaba a pensar que se había equivocado al juzgar al mago, ya no se extinguiría la llama de la desconfianza. Nunca acataría a ciegas la voluntad de Raistlin. ¡Ojalá hubiera examinado las Crónicas! Sin duda, allí estaba la clave.
¡Pobre Caramon! Navegaba en un mar de dudas. Por una parte sentía la ardiente mirada del hechicero en su persona, le atosigaba el eco de sus palabras: «Tu única posibilidad de regresar a casa». Por otra, sus resquemores respecto al arcano personaje le impedían obedecer. Cerró el puño presa de la cólera; sabía que su gemelo había ganado la partida.
—Nos encaminamos a Thorbardin —declaró ásperamente, prendida la vista en la espada. La alzó al instante, sin embargo, para escrutar a los presentes y proponer—. ¿Vendréis con nosotros?
Se produjo un letal silencio, en el que algunos de los hombres rodearon al supuesto noble, su portavoz, y dialogaron con él. Él escuchó, asintió y se enfrentó de nuevo al guerrero.
—Seguiríamos sin vacilar a una criatura que, como tú, ha demostrado su valentía —le confirmó—. Pero ¿qué relación mantienes con este Túnica Negra? ¿Quién es él para que le profesemos lealtad?
—Me llamo Raistlin —se interfirió el mago—. Este hombre es mi escudero, mi custodio si lo preferís.
No hubo respuesta audible, tan sólo ceños fruncidos y expresiones reticentes.
—Dice la verdad —les aseguró Caramon—, excepto en un detalle. Su nombre auténtico no es Raistlin, sino Fistandantilus.
Todos a una, los salteadores contuvieron el resuello. Su hostilidad se trocó en respeto, en temor.
—Yo soy Garic —se presentó el joven, inclinándose frente al archimago con la anacrónica cortesía de los Caballeros de Solamnia—. Nos han llegado noticias de tu poder, gran maestro, y aunque tus acciones son tan oscuras como tu túnica, o al menos así lo cuentan quienes te han conocido, vivimos tiempos inciertos. Os escoltaremos, a ti y al guerrero que te sirve.
Avanzando hasta Caramon, posó su espada a sus pies. Otros le rindieron igual pleitesía, con mayor o menor predisposición. Hubo algunos que se refugiaron en la penumbra y emprendieron la huida, mas, al reconocerlos como los rufianes inveterados que eran, el fornido humano nada hizo para detenerlos.
Quedaron una treintena de hombres, unos de porte tan distinguido como Garic y los restantes, la mayoría, harapientos ladrones y bandidos.
—Mi ejército —masculló el hombretón aquella noche, mientras extendía su manta en la cabaña que Pata de Acero había construido para su uso personal.
Oyó en el exterior las quedas conversaciones que intercambiaba Garic con el otro hombre que, en opinión de Caramon, ofrecía suficientes garantías como centinela. Tan exhausto estaba el luchador, que imaginó que el sueño acudiría presto a su llamada. Pero no fue así. Se halló solo en la negrura, tumbado en su cama de campaña y absorto en la elaboración de sus planes al mismo tiempo que los custodios, sin alzar la voz, charlaban sobre los sucesos de la velada.
Al igual que tantos soldados, el guerrero había soñado con ascender a oficial. Ahora, cuando menos lo esperaba, se le ofrecía la oportunidad de demostrar sus dotes de mando y ello constituía un buen comienzo. Por primera vez desde que arribaran a esta época desolada, sintió un atisbo de júbilo.
Dio vueltas en su cerebro a las distintas cuestiones que debía resolver: el adiestramiento de la tropa, las rutas a elegir, las provisiones… Eran todos problemas nuevos, que no conoció durante su experiencia como mercenario pues, incluso durante la guerra de la Lanza, siguió el liderazgo de Tanis. Su hermano nada sabía de estos asuntos y así se lo había comunicado. Él sería el responsable de la organización práctica de la marcha. Se trataba de un reto importante, mas Caramon lo halló liviano. No le molestaba en absoluto encargarse de inmediateces tangibles que conjuraban en su pensamiento el enrevesado conflicto con su gemelo.
Tales cábalas le impulsaron a fijarse en Raistlin, que se había acostado junto al fuego del pétreo hogar. A pesar del calor que reinaba en la estancia, el nigromante estaba arrebujado bajo su capa y tantas mantas como Crysania había podido conseguir. El aire matraqueaba en sus vías respiratorias, mientras que algunos ataques de tos enturbiaban la placidez de su descanso.
La sacerdotisa se había acomodado al otro lado de la fogata y, aunque agotada, su sueño era inquieto. En más de una ocasión emitió un grito y se incorporo de forma brusca, pálida y temblorosa. El hombretón suspiró. Le habría gustado reconfortarla, tomarla en sus brazos y ahuyentar las pesadillas. Al descubrir tal anhelo en su alma le sorprendió su intensidad, una vehemencia que nunca antes le moviera en relación con la sacerdotisa. Quizá le había trastornado el hecho de declarar frente a los hombres que le pertenecía, o ver las manazas del semiogro sobre su cuerpo; no acertaba a definir sus emociones, pero estaba seguro de haber experimentado la misma furia que delatara el rostro de su hermano.
Fuera cual fuese el motivo, Caramon la contempló esta noche de un modo especial. La proximidad de la mujer despertó en su persona una ansiedad que abrasaba su piel y aceleraba su pulso.
Cerrando los ojos, invocó el recuerdo de Tika, su esposa. Pero se había obstinado durante tantos meses en borrarla de su memoria, que no le satisfizo lo que visualizó, una efigie nebulosa, imprecisa y, sobre todo, lejana. Crysania, en cambio, era de carne y hueso, estaba a su alcance, hasta su aliento se le antojaba material.
«¡Malditas féminas!», se dijo disgustado el guerrero. Se tumbó sobre el vientre, resuelto a enterrar tales elucubraciones en el fondo del saco donde bullían sus otras cuitas.
Tuvo éxito. Su voluntad y la fatiga le ayudaron a relajarse. No obstante, antes de abandonarse al reposo fue asaltado por una imagen que revoloteaba en los recovecos de su ser. Nada tenía que ver con la lógica, ni con pelirrojas posaderas ni, tampoco, con bellas sacerdotisas de alba túnica.
Se trataba de una mirada, del extraño fulgor que había detectado en las pupilas de Raistlin al mencionar él a Fistandantilus en presencia de los bandoleros.