La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
El asentamiento de los bandidos se asemejaba más a una pequeña ciudad que al escondrijo de unos ladrones. Vivían en toscas cabañas de troncos y cobijaban en una cueva a sus animales. Resultaba obvio que llevaban allí cierto tiempo y no temían el rigor de la ley, mudos testigos de la fuerza y el liderazgo del semiogro, omnipotente para ellos.
Pero Caramon, que en sus años mozos había tenido frecuentes escaramuzas con forajidos de la más baja estofa, adivinó que muchos de aquellos hombres no eran simples rufianes ansiosos de botín. La manera en que contemplaban a Crysania y meneaban la cabeza, en franca desaprobación de lo que había de ocurrirle, corroboraba este criterio. También sus armas contribuían a confirmarlo: aunque vestidos de harapos varios de ellos portaban bonitos pertrechos, de los que se pasan de padres a hijos, y los esgrimían haciendo gala del orgullo que sólo las herencias familiares inspiran, no como el fruto de una rapiña. Además, pese a que en la tenue luz de la tormenta no era fácil distinguir los detalles, el guerrero creía haber vislumbrado en numerosas espadas la rosa y el martín pescador, antiguos símbolos de los Caballeros de Solamnia.
Los miembros de la cuadrilla exhibían los rostros rasurados, sin los mostachos que identificaban a tales caballeros, mas el hombretón captó en la sobriedad de su porte vestigios de Sturm Brightblade, su entrañable amigo perteneciente a esta Orden. Al evocar en su memoria la figura de Sturm hizo recuento de la historia de tan insigne grupo después del Cataclismo.
Acusados por la mayor parte de sus vecinos de desatar la terrible calamidad, fueron desterrados de sus hogares. Las enloquecidas turbas les asesinaron en masa, o bien mataron a sus familias ante sus ojos, y los sobrevivientes tuvieron que ocultarse, vagar en solitario de uno a otro confín de Krynn o unirse a bandas de criminales como ésta.
Al espiar durante su recorrido a los hombres que limpiaban sus armas, que conferenciaban en tonos apagados, Caramon descubrió las huellas de múltiples actos censurables, pero leyó asimismo resignación y desesperanza en más de un semblante. El también había vivido tiempos difíciles, sabía de los estragos que hacía el desaliento en el alma de los mortales.
Si sus deducciones eran acertadas, si en los corazones de los bandoleros brillaba aún la llama de la bondad, su plan podía resultar.
Ardía una fogata en medio del campamento, no muy lejos de donde poco antes yaciera postrado junto a Raistlin. Un breve vistazo le permitió comprobar que su hermano continuaba en su simulado desvanecimiento. Mas, sabiendo qué buscar, detectó al mismo tiempo que había adoptado una postura desde la que podía presenciar los sucesos.
Al entrar él en el radio de luz del fuego la mayoría de los salteadores interrumpieron sus quehaceres y le siguieron, hasta formar un semicírculo a su alrededor. Sentado en una regia silla, próximo al calor, Pata de Acero bebía de un odre lleno a reventar. De pie, a ambos flancos, había varios individuos entregados a una orgía de risas y bromas, que el guerrero reconoció al instante como los típicos aduladores. No le sorprendió encontrar, entre estos serviles individuos, al repulsivo posadero.
En otro asiento, al lado del semiogro, se hallaba Crysania. La habían despojado de la capa y hecho jirones el corpino de su vestido, una acción que el guerrero atribuyó sin vacilar a Pata de Acero. Reparó, presa de una creciente ira, en la mancha purpúrea de su delicada mejilla, en la hinchazón que deformaba la comisura de sus labios, y supo que no flaquearía en su propósito de rescatarla.
La dama, en digna actitud, mantenía la vista al frente y se esforzaba en ignorar los obscenos comentarios, las espantosas historias con que la obsequiaban los auténticos miembros de la banda. Caramon esbozó una sonrisa de admiración. Al recordar el pánico demente al que estuvo reducida durante sus últimos días en Istar, al considerar su existencia anterior, ajena a cualquier clase de penuria, le complacía su capacidad de adaptarse a circunstancias tan adversas. Exhibía una serenidad que hasta Tika habría envidiado.
«Tika»… Se regañó a sí mismo, no debía pensar en ella y, menos aún, compararla con la sacerdotisa. Urgiéndose a concentrarse en la realidad inmediata, apartó la mirada de la mujer para clavarla en su enemigo.
Pata de Acero, a su vez, cesó de conversar con sus secuaces e hizo al guerrero señal de acercarse.
—Ha llegado tu hora —le anunció socarrón antes de, sin mudar su talante, decir a Crysania—: Espero, señora, que no os importará si aplazamos nuestra cita en la intimidad hasta que haya zanjado este asunto. Se trata de un entretenimiento previo al placer, querida; tomáoslo como un obsequio.
Acarició el pómulo femenino, pero cuando ella rehuyó el contacto con pupilas centelleantes, su ademán afectivo se convirtió en una sonora bofetada.
La sacerdotisa no gritó, sino que irguió el cuello y con sombrío orgullo se encaró a su verdugo.
Consciente de que no debía distraerse en arrebatos de preocupación por la sacerdotisa, Caramon prendió sus ojos del cabecilla y le estudió sosegado, gélido. «Este hombre gobierna mediante la fuerza bruta, se aprovecha del miedo que le tienen muchos de sus seguidores para imponer su voluntad. Le obedecen a regañadientes, no les queda otro remedio que acatar los designios del único ser capaz de proporcionarles alimento en esta tierra olvidada de los dioses. Le rinden vasallaje porque preserva sus vidas, mas ¿hasta dónde llega su lealtad? Eso es lo que debo averiguar».
Modulada su voz, Caramon desechó sus cábalas para, firme y desdeñoso, desafiar a su aprehensor.
—¿Es así como demuestras tu valor? —le imprecó—. En vez de golpear a una mujer indefensa, desátame y devuélveme mi espada. Así veremos qué clase de individuo eres.
Pata de Acero lo observó interesado, con un asomo de inteligencia en sus bestiales iris que perturbó al robusto luchador.
—Si he de serte franco, esperaba algo más original de ti —declaró el semiogro, poniéndose de pie y emitiendo un suspiro teatral por el que manifestaba su desencanto—. Tal vez no seas el reto que imaginé en un principio, pero no tengo nada mejor que hacer esta noche. No antes de acostarme —rectificó, al mismo tiempo que le hacía una burlona reverencia a la indiferente Crysania.
El jefe de los ladrones arrancó de sus hombros el manto de piel, mientras ordenaba a uno de sus secuaces que le trajera su espada. Los aduladores abrieron el cerco a fin de cumplir sus diversas instrucciones y el resto de los presentes se situó en un claro cercano a la fogata, ansiosos por asistir a un espectáculo del que, sin duda, ya habían tenido ocasión de gozar.
Durante la confusión de los preparativos, Caramon consiguió atraer la atención de la sacerdotisa. Cuando esto sucedió, inclinó la cabeza hacia donde yacía Raistlin. Ella comprendió al instante el significado de su gesto. Miró de soslayo al mago, sonrió pesarosa e hizo un ademán de asentimiento, cerrados los dedos en torno a su talismán.
Los centinelas hostigaron al guerrero a entrar en el círculo, de tal manera que perdió de vista a la dama en el momento en que ésta movía sus hinchados labios en una silenciosa plegaria. «Necesitaré algo más que unas oraciones a Paladine para salir de este atolladero», recapacitó el guerrero. Se preguntó, irónico, si su hermano también invocaba la ayuda de su ídolo, la Reina de la Oscuridad.
Él carecía de un adalid al que dirigir sus rezos. El único auxilio en el que confiaba era el que podían prestarle sus músculos, sus huesos, sus vísceras.
Cortaron las ligaduras de sus brazos. Sufrió un espasmo de dolor al reanudarse el riego sanguíneo en sus miembros, si bien se apresuró a flexionar sus tendones, a frotarlos, a fin de estimular la circulación y, además, calentarse. Acto seguido se quitó la empapada camisa, los calzones, pues prefería luchar desnudo. La ropa daba al adversario la oportunidad de agarrarle. Así lo aprendió de Arack cuando lo preparaba para tomar parte en los Juegos de Istar.