La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
Kharas, esbozada una sonrisa en sus labios, se inclinó en tan pronunciada reverencia que las puntas de su luengua barba casi rozaron sus botas. Duncan, por su parte, respondió a su cortesía con un breve asentimiento y abandonó las almenas entre el matraqueo de sus pisadas, que daban la medida de su descontento como no lo habría hecho ninguna declaración verbal. Los centinelas apostados en las torres saludaron sin aspavientos al monarca y, de inmediato, reanudaron su guardia. Los enanos son criaturas independientes, que profesan fidelidad a su clan y dejan en segundo plano la obediencia a cualquier otra causa, aunque la promueva el mismo rey. Respetaban a su paladín, mas no estaban dispuestos a someterse sin condiciones; y él lo sabía. Preservar su rango era una batalla diaria.
Los conciliábulos, interrumpidos por la veloz retirada de Duncan, fueron reemprendidos en cuanto el monarca entró en la mole. Los soldados eran conscientes de que se avecinaba una contienda y, a decir verdad, ansiaban pelear. Al oír sus inflamados comentarios sobre refriegas y combates, al constatar su entusiasmo, Kharas no pudo reprimir un nuevo suspiro.
Concentrándose en su quehacer, el personaje de insólita estatura —siempre según los cánones de su raza— partió en busca de la delegación del Clan de las Colinas, tan alicaído su ánimo como pesado se le antojaba el gigantesco mazo que portaba, un pertrecho que sus compañeros apenas podían levantar del suelo. También Kharas preveía el estallido de un conflicto y esta perspectiva le inspiraba reacciones similares a las que tuvo cuando, de niño, visitó la ciudad de Tarsis y se demoró en la playa para admirar sobrecogido el romper de las olas sobre la arena. Al igual que la hinchada marea, la reyerta era algo inevitable. Mas, pese a no abrigar ninguna duda al respecto, perserveraría hasta el último momento en su afán de impedirla.
Nunca se molestó en guardar en secreto su repulsa a la guerra, aprovechaba la más mínima ocasión para exponer sus argumentos en favor de la concordia. Eran numerosos los enanos a quienes les extrañaban tales manifestaciones, pues Kharas era tenido por un héroe de su raza que, en su adolescencia, había figurado entre los más encarnizados enemigos de las legiones de goblins y ogros durante las escaramuzas que fomentara el príncipe de los Sacerdotes de Istar.
Era aquélla una época de confianza entre los pueblos. Aliados de los Caballeros de Solamnia, los enanos acudieron en su auxilio cuando los goblins invadieron su morada. Se debatieron juntos, y a Kharas le impresionó en gran medida el severo Código que presidía las actuaciones de los nobles humanos mientras que los caballeros, a su vez, quedaron perplejos ante la pericia del entonces joven luchador.
Más alto y fuerte que los otros miembros de su hermandad, este enano singular blandía un mazo de grandes dimensiones que él mismo había confeccionado —cuenta la leyenda que con ayuda de Reorx, su dios—, siendo incontables los episodios en que contuvo en solitario el avance de los invasores para dar tiempo a sus tropas a reorganizarse.
Su valor le valió entre los caballeros el apelativo de Kharas que, en su lengua, significaba precisamente eso, «caballero». Se trataba del mayor honor que su Orden concedía a criaturas pertenecientes a otras etnias.
Al regresar a casa, el apodado Kharas descubrió que su fama se había extendido. Podría haberse instituido en general de las tropas enaniles o incluso en rey, de haberlo querido. Pero no eran tales sus aspiraciones. Prefirió respaldar a Duncan, y muchos de sus congéneres creían que el soberano debía el ascenso al poder en el interior del clan a su poderosa influencia. Si fue así, no por ello se enturbiaron sus relaciones. El ponderado monarca brindó su sincera amistad al laureado héroe, de tal modo que el espíritu práctico de uno frenaba el idealismo del otro.
Sobrevino el Cataclismo, el peor azote en la historia de Krynn. En los años posteriores a la catástrofe, más terribles que el terremoto mismo, la valentía de Kharas fue guía y ejemplo de sus hermanos. Suyo fue el discurso que obró la unión de los thanes y el nombramiento de Duncan. Los dewar depositaron en él su confianza, pese a su esquivo carácter y, gracias al tono conciliador de sus pláticas, las desavenidas sectas de su pueblo no sólo lograron sobrevivir, sino prosperar.
Ahora, este personaje que tanto hizo por los suyos se hallaba en sazón. Se casó en sus años mozos, mas su esposa murió en el Cataclismo y, fiel a las normas por las que se regía su pueblo, no contrajo segundas nupcias. No nació de su enlace ningún hijo que perpetuase su nombre, si bien, a la vista de las perspectivas de futuro, que nada bueno auguraban, Kharas se alegró de no tener que preocuparse por un vástago.
—Reghar Fireforge, de los Enanos de las Colinas, y escolta.
El heraldo hizo esta presentación enhiesto, solemne, golpeando el duro suelo de granito con el extremo de la lanza de ceremonias. Entró inmediatamente el séquito de visitantes y, todos a una, avanzaron hacia el trono donde estaba sentado Duncan. Según lo acordado, se hallaban en la sala de los thanes de la legendaria fortaleza de Pax Tharkas. En torno al monarca, un poco retiradas, habían dispuesto sillas de bajo respaldo, algo desvencijadas a causa de las prisas, para los representantes de los otros clanes que actuarían como testigo de sus respectivos cabecillas. Tan sólo eran eso, testigos que debían informar de cuanto allí se dijera o sucediese. Dado el estado de guerra, la autoridad descansaba en manos de Duncan, dentro, naturalmente, de las limitaciones que imponía el talante poco sumiso de los enanos.
Los seis enviados eran, en realidad, simples capitanes de división. Aunque en principio sólo existía una unidad colectiva formada por miembros de todos los clanes, las circunstancias no dejaban olvidar que la componían grupos diversos hermanados de manera ocasional. Cada uno tenía sus hombres y sus conductores, cada uno vivía separado de los otros, y no eran inusuales los enfrentamientos entre clanes a los que enemistaban antiguos feudos de sangre. Duncan hizo cuanto pudo para mantener hermética la tapa de aquellas bullentes marmitas, pero las presiones la hacían saltar más a menudo de lo deseable.
Ahora, sin embargo, acechados como estaban por un adversario común, reinaba una cierta armonía. Incluso el representante de los dewar, un capitán sucio y harapiento llamado Argat que, al estilo de sus bárbaros ancestros, llevaba la barba anudada en burdos nudos y se entretuvo durante los preliminares arrojando un cuchillo al aire y recogiéndolo en pleno descenso, escuchó las presentaciones con un desdén inferior al que habitualmente exhibía.
También había en la variopinta asamblea un capitán de enanos gully. Conocido como el Highgug, su presencia se debía tan sólo a la cortesía del máximo mandatario. Habida cuenta de que la voz high, en todas las lenguas enaniles, significa «alto», y que gug corresponde a «privado», en el dialecto particular de los gully, su cargo era el de «alto privado» una dignidad irrisoria dentro del ejército si bien, para los de su clan, revestía un honor extraordinario que merecía el respeto, la veneración casi, de las tropas a él encomendadas. Duncan, siempre diplomático, se mostró en todo momento amable con el Highgug y, así, se granjeó su lealtad, desoyendo a quienes opinaban que tan terca obediencia era más un inconveniente que una ayuda. Cuando alguien cuestionaba su actitud, el rey respondía que «nunca se sabe», que él consideraba una política acertada ponerse a los súbditos de su lado.
Allí estaba, pues, el Highgug, aunque pocos le vieron. Habían situado su asiento en un oscuro rincón, donde le ordenaron que permaneciese quieto y callado, instrucciones ambas que el enano siguió al pie de la letra. A decir verdad, hubieron de retirarle dos días más tarde, ya que nadie le indicó de manera expresa que abandonase la sala al finalizar el cónclave.
«Los enanos son los enanos». Era ésta una cantilena que utilizaban con frecuencia los restantes pobladores de Krynn al referirse a las hostilidades existentes entre los habitantes de las colinas y los de las montañas, como para significar que carecían de importancia.