Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El cirujano
El cirujano - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisi?n de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La ?nica clave de que dispone la polic?a es la doctora Catherine Cordell, v?ctima hace dos a?os de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior fr?o y elegante, y una bien ganada reputaci?n como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada est? a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisi?n, los detalles de la propia agon?a de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persigui?ndola y acercarse cada vez m?s…
1 ... 32 33 34 35 36 37 38 39 40 ... 74
Перейти на страницу:

Era el corazón de una sobreviviente.

Escuchó voces en el cuarto de al lado. Era Peter, pidiendo una serie de placas al empleado del archivo. Poco después pasó a la sala de lectura, y se detuvo al verla parada contra la caja de luz.

– ¿Todavía estás aquí? -dijo.

– Igual que tú.

– Pero esta noche soy yo el que está de guardia. ¿Por qué no te vas a tu casa?

Catherine se volvió hacia la radiografía del pecho de Nina Peyton.

– Primero quiero estar segura de que esta paciente se mantiene estable.

Se detuvo a un paso de ella, tan alto, tan imponente, que ella tuvo que reprimir el impulso de dar un paso atrás. Él pasó la vista por la placa.

– Fuera de cierta atelectasis, no veo allí mucho de qué preocuparse. -Detuvo su mirada en el nombre «NN femenino» en un extremo de la placa-. ¿Ésta es la mujer de la cama doce? ¿La que tiene a todos los policías dando vuelta alrededor?

– Sí.

– Veo que la has extubado.

– Hace un par de horas -dijo de mala gana. No tenía deseos de hablar de Nina Peyton ni de revelar lo involucrada que estaba personalmente en el caso. Pero Peter seguía haciendo preguntas.

– ¿Los gases sanguíneos están bien?

– Son adecuados.

– ¿Y por lo demás está estable?

– Sí.

– ¿Entonces por qué no te vas a casa? Te cubriré.

– Quisiera controlar a mi paciente yo misma.

Colocó su mano sobre el hombro de Catherine.

– ¿Desde cuándo no confías en tu propio colega?

Ella se puso rígida apenas la tocó. Él lo sintió y retiró su mano.

Tras un silencio, Peter se alejó y comenzó a colgar sus placas en la caja, calzándolas bruscamente en su lugar. Había llevado una serie de tomografías computadas de abdomen, y las placas ocupaban una fila entera. Cuando terminó de colgarlas, se quedó muy quieto, los ojos ocultos tras las imágenes de rayos X que se reflejaban en sus lentes.

– No soy el enemigo, Catherine -dijo suavemente, sin mirarla, con los ojos sobre la caja de luz-. Me gustaría que me creyeras. No puedo dejar de pensar que debe de haber algo que hice, algo que dije, para que las cosas cambiaran entre nosotros. -Finalmente la miró-. Solíamos apoyarnos uno al otro. Como colegas, al menos. ¡Maldición! El otro día prácticamente nos tomamos de la mano sobre el pecho de ese hombre. Y ahora ni siquiera me dejas ayudarte con una paciente. ¿No me conoces lo suficiente, a esta altura, como para confiar en mí?

– No hay cirujano en el que confíe más.

– ¿Entonces qué es lo que sucede? Llego al trabajo por la mañana y me encuentro con que alguien entró por la fuerza en la oficina. Y tú no me quieres hablar de eso. Te pregunto por la paciente de la cama doce, y tampoco me quieres hablar de eso.

– La policía me pidió que no hablara.

– La policía parece estar manejando tu vida últimamente. ¿Por qué?

– No estoy en condiciones de discutirlo.

– No soy sólo tu colega, Catherine. Pensé que era tu amigo. -Dio un paso hacia ella. Era un hombre que se imponía físicamente, y el mero hecho de acercarse le hizo sentir una repentina claustrofobia-. Puedo ver que estás asustada. Cierras tu oficina con llave. Se ve que no has dormido en días. No puedo quedarme a mirar y no hacer nada.

Catherine arrancó la placa de Nina Peyton y la deslizó en un sobre.

– No tiene nada que ver contigo.

– Sí tiene que ver si te afecta a ti.

Su postura defensiva se convirtió instantáneamente en enojo.

– Vamos a aclarar un par de cosas aquí, Peter. Sí, trabajamos juntos y te respeto como cirujano. Me gusta tenerte como compañero. Pero no compartimos nuestras vidas. Y por cierto no compartimos nuestros secretos.

– ¿Por qué no? -dijo en voz baja-. ¿Qué es lo que tienes miedo de contarme?

Ella lo miró fijo, crispada por la gentileza de su voz. En ese momento, lo que más quería era sacarse ese peso de encima, decirle lo que le había sucedido en Savannah con todos sus vergonzosos detalles.

Pero conocía las consecuencias de semejante confesión. Entendía que ser violada era llevar para siempre una mancha, ser para siempre una víctima.

No podía tolerar la conmiseración. No de parte de Peter, el único hombre cuyo respeto significaba todo para ella.

– ¿Catherine? -exclamó.

A través de las lágrimas pudo distinguir su brazo extendido Y como una mujer que se ahoga y que elige el mar negro en lugar del rescate, no lo tomó

En cambio se dio vuelta y salió de la habitación.

Doce

La NN femenino se ha mudado.

Tengo en mi mano un tubo de su sangre, y me decepciona que esté fría al tacto. Ha estado guardada por demasiado tiempo en el anaquel del flebotomista, y el calor corporal que este tubo poseyó alguna vez se ha irradiado a través del vidrio y se disipó en el aire. La sangre fría es algo muerto, sin poder y sin alma, y no me conmueve. Es en la etiqueta donde me concentro, un rectángulo blanco pegado al tubo de vidrio, impresa con el nombre de la paciente, su número de habitación y él número del hospital. Aunque el nombre dice «NN femenino», yo sé en realidad a quién pertenece esta sangre. Ya no está más en la unidad de terapia intensiva quirúrgica. Fue trasladada a la habitación 538 del pabellón quirúrgico.

Devuelvo el tubo al anaquel, donde descansa junto a otras dos docenas de tubos, sellados con tapas de goma azules y púrpuras y rojas y verdes; cada una indica un procedimiento distinto a realizar. Las tapas púrpura son para conteos de sangre; las azules, para pruebas de coagulación; las rojas para química y electrolitos. En algunos tubos de tapas rojas la sangre ya se congeló en columnas de gelatina oscura. Reviso entre la pila de órdenes de laboratorio y encuentro la ficha de la NN femenino. Esta mañana la doctora Cordell dejó indicados dos análisis: un conteo de sangre completo y electrolitos serosos. Reviso más concienzudamente las órdenes de laboratorio de anoche, y encuentro una copia en carbónico de otro pedido a nombre de la doctora Cordell.

«Estatuto de gases de sangre arterial, post extubación.

Dos litros de oxígeno por sonda nasogástrica».

Nina Peyton ha sido extubada. Respira por sus propios medios, inhalando aire sin asistencia mecánica, sin un tubo en su garganta.

Estoy sentado inmóvil en mi trabajo, pensando no en Nina Peyton, sino en Catherine Cordell. Ella piensa que ha ganado esta partida. Piensa que es la salvadora de Nina Peyton. Es tiempo de ponerla en su lugar. Es tiempo de que aprenda lo que es la humildad.

Levanto el teléfono y llamo a la cocina del hospital. Me contesta una mujer de tono apurado, con el sonido de bandejas entrechocándose como fondo. Falta poco para la hora de la cena, y no tiene tiempo que perder en conversaciones insustanciales.

– Hablo de Cinco Oeste -miento-. Creo que se pueden haber traspapelado las dietas de dos de nuestros pacientes. ¿Me podría decir qué dieta se le asignó a la habitación 538?

Se produce una pausa y ella escribe en su teclado y llama a información.

– Dieta de líquidos -contesta-. ¿Es correcto?

– Sí, es correcto. Gracias. -Cuelgo.

En el diario de esta mañana se dice que Nina Peyton permanece en estado comatoso y en condiciones críticas. No es verdad. Ella está despierta.

Catherine Cordell le salvó la vida, como sabía que lo haría.

Una flebotomista cruza por mi lugar de trabajo y coloca su bandeja llena de tubos de sangre sobre el mostrador. Nos sonreímos, como todos los días; dos amistosos colegas que necesariamente piensan lo mejor uno del otro. Ella es joven, con pechos firmes y altos, apretados como melones contra su uniforme blanco, y dientes blancos y parejos. Toma una nueva orden de laboratorio, la sacude y sale. Me pregunto si su sangre será salada.

Las máquinas zumban y gorgotean en una perpetua canción de cuna.

1 ... 32 33 34 35 36 37 38 39 40 ... 74
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)