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El cirujano

Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:

Un asesino silencioso se desliza en las casas de las mujeres y entra en las habitaciones mientras ellas duermen. La precisi?n de las heridas que les inflige sugiere que es un experto en medicina, por lo que los diarios de Boston y los atemorizados lectores comienzan a llamarlo «el cirujano». La ?nica clave de que dispone la polic?a es la doctora Catherine Cordell, v?ctima hace dos a?os de un crimen muy parecido. Ahora ella esconde su temor al contacto con otras personas bajo un exterior fr?o y elegante, y una bien ganada reputaci?n como cirujana de primer nivel. Pero esta cuidadosa fachada est? a punto de caer ya que el nuevo asesino recrea, con escalofriante precisi?n, los detalles de la propia agon?a de Catherine. Con cada nuevo asesinato parece estar persigui?ndola y acercarse cada vez m?s…
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– Puedo llamar a una mujer policía -dijo Moore.

– No. Quiere que sea yo -dijo Catherine-. No voy a abandonarla.

Miró a Moore con ojos desafiantes, y él advirtió que ésta no era la misma mujer que había sostenido en sus brazos unas pocas horas atrás; se trataba de otro aspecto suyo, orgulloso y protector, y en un asunto como ése no daría el brazo a torcer.

Él asintió y se sentó al borde de la cama. Frost encendió la grabadora, y buscó un lugar despejado a los pies de la cama. Era la suavidad de Frost, más su tranquila urbanidad, por lo que Moore lo había elegido para esta entrevista. Lo último que necesitaba Nina Peyton era enfrentar a un policía agresivo.

Le habían quitado la máscara de oxígeno para reemplazarla por una sonda nasogástrica, y el aire silbaba por el tubo en sus narinas. Su mirada pasó de uno a otro hombre, los ojos alerta a cualquier amenaza, a cualquier gesto brusco. Moore tuvo el cuidado de mantener la voz baja para presentarse y presentar a Barry Frost. La guió por los preliminares, confirmando su nombre, edad y dirección. Esta información ya era conocida, pero al hacerle estas preguntas para la grabación, lograban establecer su estado mental, y así demostrar si estaba en condiciones de atención suficientes como para hacer una declaración. Contestó a las preguntas con una voz chata y ronca, ominosamente privada de emoción. Su distancia lo enervaba; sintió que estaba escuchando a una muerta.

– No lo escuché entrar en mi casa -dijo-. No desperté hasta que estaba parado sobre mi cama. No debería haber dejado las ventanas abiertas. No debería haber tomado esas pastillas…

– ¿Qué pastillas? -preguntó Moore con cuidado.

– Tenía problemas para dormir, a causa de… -Su voz se desvaneció.

– ¿La violación?

Ella apartó la mirada, evitando sus ojos.

– Tenía pesadillas. En la clínica me dieron estas pastillas. Para ayudarme a dormir.

«Y una pesadilla, una pesadilla real, entró directo en tu dormitorio», pensó Moore.

– ¿Pudo verle la cara? -preguntó.

– Estaba oscuro. Podía escuchar su respiración, pero no podía moverme. No podía gritar.

– ¿Ya estaba atada?

– No lo recuerdo haciéndolo. No recuerdo cómo sucedió.

«Cloroformo, -pensó Moore-, para reducirla primero. Antes de que despertara por completo».

– ¿Qué pasó entonces. Nina?

Su respiración se aceleró. En el monitor sobre su cabeza, la línea del corazón comenzó a moverse con más velocidad.

– Se sentó en una silla junto a mi cama. Podía ver su sombra.

– ¿Y qué hizo?

– Él… él me habló.

– ¿Qué dijo?

– Dijo… -Tragó saliva-. Dijo que era sucia. Que estaba contaminada. Dijo que debería estar asqueada de mi propia mugre. Y que él… iba a cortar la parte contaminada y que yo volvería a ser pura de nuevo. -Hizo una pausa. Luego, en un susurro, agregó-: Entonces supe que iba a morir.

Aunque la cara de Catherine se había puesto blanca, la de la víctima continuaba extrañamente compuesta, como si hablara de la pesadilla de otra mujer, no de la suya. Ya no miraba a Moore, sino a algún punto lejano, donde veía de lejos a una mujer atada a la cama. Y en una silla, oculto por la oscuridad, un hombre describía tranquilamente los horrores que tenía pensados para ella. «Para el Cirujano, -pensó Moore-, esto es el preludio. Eso es lo que lo excita. El olor del miedo de una mujer. Se alimenta de él. Se sienta junto a su cama y llena su mente con imágenes de muerte. El sudor brota de su piel, el sudor que exuda el olor agrio del terror. Un perfume exótico por el que se desespera. Lo aspira y se excita.

– ¿Qué sucedió después? -dijo Moore.

No hubo respuesta.-¿Nina?

– Enfocó la lámpara sobre mi cara. Me la puso frente a los ojos, así que no pude verlo. Todo lo que veía era esa luz brillante. Y me tomó una foto.

– ¿Y luego?

Ella lo miró.

– Luego se fue.

– ¿La dejó sola en la casa?

– No sola. Podía escucharlo caminar de un lado a otro. Y la televisión; toda la noche escuché la televisión.

«El patrón ha cambiado», pensó Moore, que intercambió con Frost una mirada de estupefacción. El Cirujano estaba ahora más confiado. Más atrevido. En lugar de completar su asesinato en el lapso de unas horas, se había retrasado. Toda la noche, y el día siguiente, había dejado a su presa atada a la cama, para contemplar su próximo suplicio. Ignorando los riesgos, había llevado a Nina hasta las últimas consecuencias del terror. Y él había logrado su placer.

Los latidos en el monitor volvieron a acelerarse. Aunque su voz sonaba aplastada y sin vida, bajo esa serena fachada el temor continuaba.

– ¿Qué sucedió luego, Nina? -preguntó.

– En algún momento de la tarde debo de haberme quedado dormida. Cuando desperté, había oscurecido nuevamente. Tenía tanta sed. Era en lo único que podía pensar, en lo mucho que deseaba tomar agua…

– ¿Te dejó sola en algún momento? ¿Hubo algún momento en que estuviste sola en la casa?

– No lo sé. Lo único que podía escuchar era la televisión. Cuando la apagó lo supe. Supe que volvería a mi dormitorio.

– Y cuando lo hizo, ¿encendió la luz?

– Sí.

– ¿Viste su cara?

– Sólo los ojos. Llevaba una máscara. De esas que usan los médicos.

– Pero viste sus ojos.

– Sí.

– ¿Lo reconociste? ¿Habías visto a ese hombre alguna vez en tu vida?

Hubo un largo silencio.

Moore sintió que su propio corazón se agitaba mientras esperaba la respuesta anhelada.

Luego ella respondió, en voz baja:

– No.

Se reclinó en su silla. La tensión en ese cuarto había bajado de golpe. Para esta víctima, el Cirujano era un extraño. Un hombre sin nombre, cuyas razones para elegirla seguirían siendo un misterio.

Disimulando la decepción de su voz, dijo:

– Descríbelo para nosotros, Nina.

Ella respiró hondo y cerró los ojos, como si quisiera evocar el recuerdo.

– Tenía… pelo corto. Cortado muy prolijo…

– ¿De qué color?

– Castaño. Castaño claro.

Correspondía con el cabello encontrado en la herida de Elena Ortiz.

– ¿Entonces era caucásico? -dijo Moore.

– Sí.

– ¿Ojos?

– Un color claro. Azules o grises. Me daba miedo mirarlo directo a los ojos.

– ¿Y la forma de la cara? ¿Era redonda, ovalada?

– Estrecha. -Hizo una pausa-. Común.

– ¿Altura y peso?

– Es difícil…

– Tu mejor suposición.

Ella suspiró.

– Promedio.

Promedio. Común. Un monstruo que se veía como cualquier otro hombre.

Moore se volvió hacia Frost.

– Mostrémosle el álbum seis.

Frost le alcanzó el primer libro de fotografías, llamado «álbum seis» porque tenía seis fotos por página. Moore colocó el álbum sobre una bandeja con ruedas y la acercó hasta la paciente.

Por la siguiente media hora observaron con cada vez menos esperanzas mientras ella pasaba las páginas del álbum sin detenerse. Nadie hablaba; sólo se escuchaba el siseo del oxígeno y el sonido de las páginas al darse vuelta. Eran fotos de conocidos atacantes sexuales, y mientras Nina pasaba una y otra página, a Moore le parecía que no había fin para las caras, que este desfile de imágenes representaba el lado oscuro de todo ser humano, el impulso de un reptil disfrazado por una máscara humana.

Oyó un golpecito en la ventana del cubículo. Al levantar la vista, vio que Jane Rizzoli le hacía señas.

Salió del cubículo para hablar con ella.

– ¿Pudo identificar a alguien? -preguntó.

– No lo vamos a atrapar. Llevaba un barbijo.

Rizzoli frunció el entrecejo.

– ¿Un barbijo?

– Es parte de su ritual. Parte de lo que lo excita. Juega al doctor en sus fantasías. Le dijo que le iba a cortar el órgano contaminado. Sabía que ella era víctima de una violación. ¿Y qué le cortó? Fue directo a la matriz.

Rizzoli se asomó al cubículo.

– Se me ocurre otra razón por la que llevaba el barbijo -dijo en voz baja.

– ¿Por qué?

– Porque no quería que viera su cara. No quería que ella lo identificara.

– Pero eso significaría…

– Es lo que vengo diciendo desde hace rato. -Rizzoli se dio vuelta y miró a Moore-. El Cirujano tenía toda la intención de que Nina Peyton sobreviviera.

«Qué poco vemos en verdad dentro del corazón humano», pensó Catherine mientras estudiaba las radiografías de pecho de Nina Peyton. De pie en una semipenumbra, observaba la lámina sujeta a la caja de luz, estudiando las sombras que arrojaban los huesos y los órganos. La caja torácica, el diafragma y, por encima, el corazón. No el asiento del alma, sino meramente una bomba muscular, tan carente de cualquier propósito místico como los pulmones o los ríñones. Aun así, Catherine, tan arraigada a la ciencia, no podía dejar de mirar el corazón de Nina Peyton sin sentirse conmovida por su simbolismo.

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