El cirujano
- Автор: Герритсен Тесс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El cirujano». Краткое содержание книги:
Le tocó gentilmente un hombro. Ella no se sobresaltó, no se alejó. La hizo girar hacia él, rodeándola con los brazos, y la empujó contra su pecho. La profundidad de su dolor lo impactó. Podía sentir su cuerpo entero vibrando de dolor, del mismo modo en que una tormenta sacude un puente derruido. Aunque ella no emitía sonido alguno, él advirtió la forma temblorosa en que tomaba aire, los sollozos reprimidos. Apretó sus labios contra el pelo de Catherine. No lo podía evitar; las necesidades de Catherine despertaban algo muy profundo dentro de él. Tomó la cara de ella entre sus manos, le besó la frente, las cejas.
Ella estaba muy quieta entre sus brazos, y él pensó: he cruzado la raya. Rápidamente la soltó.
– Lo siento -dijo-. Esto no debería haber ocurrido.
– No. No debería.
– ¿Podrás olvidar lo que hice?
– ¿Tú podrás hacerlo? -le preguntó con dulzura.
– Sí. -Se compuso. Y repitió, con más firmeza, como queriendo convencerse a sí mismo-: Sí.
Ella bajó la vista hacia su mano, y él supo qué era lo que miraba. Su sortija matrimonial.
– Espero por el bien de tu mujer que puedas hacerlo -dijo ella. Su comentario estaba destinado a inspirarle culpa, y lo hizo.
Él miró la sortija, un sencillo aro de oro que había llevado por tanto tiempo que parecía pegado a su carne.
– Se llamaba Mary -dijo él. Sabía lo que Catherine pensaba: que estaba engañando a su mujer. Ahora sentía casi desesperadamente la necesidad de explicarse, de redimirse ante sus ojos-. Sucedió hace dos años. Una hemorragia cerebral. No la mató, no en ese momento. Durante seis meses mantuve la esperanza, creyendo que iba a despertar… -Sacudió la cabeza-. Los doctores lo llamaban estado vegetativo crónico. Dios, odio esa palabra, vegetativo. Como si ella fuera una planta o alguna clase de árbol. Una parodia de la mujer que había sido. Para el momento en que murió, no podía reconocerla. No pude reconocer nada de Mary en ella.
Su mano lo tomó por sorpresa, y esta vez fue él quien se sobresaltó ante su tacto. En silencio se enfrentaron uno al otro bajo la luz gris de la ventana, y él pensó: «Ni los besos, ni los abrazos podrían acercar tanto a dos personas como nosotros lo estamos ahora. El sentimiento más íntimo que pueden compartir dos personas no es el amor ni el deseo, sino el dolor».
El zumbido del intercomunicador rompió el hechizo. Catherine pestañeó, como si de repente recordara dónde se encontraba. Se inclinó sobre el escritorio y apretó el botón del intercomunicador.
– ¿Sí?
– Doctora Cordell, han llamado de la unidad quirúrgica de terapia intensiva. La necesitan allí arriba de inmediato.
Moore vio a través de la mirada de Catherine que el mismo pensamiento se les había ocurrido a ambos: «Algo ha sucedido con Nina Peyton».
– ¿Es acerca de la cama doce? -preguntó Catherine.
– Sí. La paciente acaba de despertar.
Once
Nina Peyton tenía los ojos enormemente abiertos y enloquecidos. Unas correas ajustadas sostenían sus muñecas y sus tobillos a los barrotes de la cama, y los tendones de sus brazos se delineaban como gruesas cuerdas mientras luchaba por liberar sus manos.
– Recobró el conocimiento hace cinco minutos -dijo Stephanie, la enfermera de terapia intensiva quirúrgica-. Primero noté que el ritmo cardíaco aumentaba, y luego vi que tenía los ojos abiertos. Traté de calmarla, pero sigue luchando por liberarse de las correas.
Catherine miró el monitor cardíaco y vio que latía rápido pero sin arritmia. La respiración de Nina también era agitada, interrumpida ocasionalmente por jadeos explosivos que la hacían expulsar flema por el tubo endotraqueal.
– Es el tubo endotraqueal -dijo Catherine-. La está asustando.
– ¿Le doy un Valium?
Moore, desde la puerta, dijo:
– La necesitamos consciente. Si está sedada no podrá darnos ninguna respuesta.
– No podrá hablar contigo de todos modos. No con el tubo endotraqueal. -Catherine miró a Stephanie-. ¿Qué indicaban los últimos gases sanguíneos? ¿Podemos extubarla?
Stephanie recorrió rápidamente con la vista las hojas de su planilla.
– Están en el límite. P02 en sesenta y cinco PC02 en treinta y dos. El respirador está al cuarenta por ciento de oxígeno.
Catherine frunció el entrecejo, sin que le gustara ninguna de las opciones. Quería a Nina despierta y capaz de hablar tanto como la policía, pero estaban manejando varios aspectos al mismo tiempo. La sensación de un tubo ocupando la garganta puede producirle pánico a cualquiera, y Nina estaba tan agitada que sus muñecas atadas ya comenzaban a marcarse con hematomas. Pero quitar el tubo también acarreaba riesgos. Tras la cirugía se habían acumulado fluidos en sus pulmones, y aún respirando cuarenta por ciento de oxígeno -el doble del aire del cuarto- la saturación de oxígeno en la sangre era apenas adecuada. Por eso Catherine había decidido dejarla entubada. Si quitaban el tubo, perderían un margen de seguridad. Si lo dejaban, la paciente continuaría en pánico y lastimándose. Si la sedaban, las preguntas de Moore no obtendrían respuesta.
Catherine miró a Stephanie.
– Voy a extubar.
– ¿Está segura?
– Si se verifica algún deterioro, volveré a intubarla. -«Más fácil de decirlo que de hacerlo», fue lo que leyó en los ojos de Stephanie. Tras varios días con el tubo en la garganta, los tejidos laríngeos a veces se hinchaban, volviendo dificultosa una reintubación. Una traqueotomía de emergencia sería la única opción.
Catherine rodeó la cama por la cabecera y le acarició la cara con gentileza.
– Nina, soy la doctora Cordell. Voy a quitar el tubo. ¿Eso es lo que quieres?
La paciente asintió, con un gesto que parecía tan terminante como desesperado.
– Necesito que te quedes muy quieta, ¿entendido? Así no dañaré tus cuerdas vocales. -Catherine levantó la vista-. ¿Está lista la máscara?
Stephanie levantó la máscara plástica de oxígeno.
Catherine apretó el hombro de Nina para darle coraje. Despegó la cinta adhesiva que sostenía el tubo en su lugar, y dejó escapar aire desde el inflador.
– Respira hondo y exhala -dijo Catherine. Observó la expansión del pecho, y mientras Nina exhalaba aire, Catherine deslizó el tubo fuera.
Emergió salpicado de mucosa mientras Nina tosía y jadeaba. Catherine le acarició el pelo, murmurando palabras de aliento mientras Stephanie le aplicaba la máscara de oxígeno.
– Lo estás haciendo muy bien -dijo Catherine.
Pero los bips del monitor cardíaco continuaban aumentando. La mirada asustada de Nina se detuvo en Catherine, como si ella fuera su salvavidas, y no se atrevía a perderla de vista. Al mirar los ojos de la paciente, Catherine sintió un perturbador ramalazo de familiaridad. «Ésta era yo hace dos años. Despertando en un hospital de Savannah. Saliendo de una pesadilla para entrar en otra…»
Miró las correas que sostenían las muñecas y los tobillos de Nina, y recordó lo aterrador que era estar atada. La manera en que había sido atada por Andrew Capra.
– Quítele las correas -dijo.
– Pero puede arrancarse las sondas.
– Tan sólo quíteselas.
Stephanie se ruborizó ante la orden. Sin decir palabra aflojó las correas. Ella no entendía; nadie más que Catherine podía entender, pero incluso dos años después de Savannah, no soportaba las camas con correas ajustadas. Cuando la última atadura fue liberada, vio que los labios de Nina se movían en un mensaje silencioso.
«Gracias».
El sonido del electrocardiograma fue disminuyendo gradualmente. Con el ritmo regular de esos latidos como fondo, ambas mujeres se miraban a los ojos. Si Catherine había reconocido una parte de sí en los ojos de Nina, Nina también parecía reconocerse en los de Catherine. La callada fraternidad de las víctimas.
«Hay más de nosotras de lo que nadie imagina».
– Ya pueden pasar, detectives -dijo la enfermera.
Moore y Frost pasaron al cubículo y encontraron a Catherine sentada al borde de la cama, sosteniendo la mano de Nina.
– Me pidió que me quedara -dijo Catherine.