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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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Tout n'est pas dégoût et misére.

Llegará a la cocina sin dejarlo en el piso para que camine él solo; aunque pesa bastante.

– ¡Telémaco! -Valentina sale a su encuentro, da una palmada inesperada, pero sin demasiado vigor. Debe estar cansada-. Hola, Ulises -dice luego, aún más apocada-. ¿Cómo está mi madre?

– Hola -contesta Ulises-. Bien, está bien. Se ha quedado en casa. Hace mal tiempo para pasear niños y ancianos.

– Sí, es mejor que no haya salido. Telémaco…

– ¿Qué? -el chiquillo sonríe, tira del pelo de su madre.

– ¡Has venido! -dice Valentina.

– Sí. A la cena -contesta el hombrecito.

– ¿Todavía no ha cenado? -Penélope interroga a Ulises, ceñuda.

– Pues claro que ha cenado -responde él-. Pero alguna justificación tenía que darle para sacarlo a las tantas de casa, con lo que está cayendo, y viviendo como vivimos en un barrio tomado por camellos, drogatas y gente de mal vivir a partir de las ocho de la tarde.

– Podías haberle dicho que lo traías aquí para que viera a su madre y a sus abuelos, sencillamente -se queja Penélope, y deposita con cuidado a Telémaco en el suelo.

Valentina le da la mano. Tiene ojeras y los iris un poco empañados, pero le sonríe al niño, está contenta de tenerlo allí. ¿Todavía le duele eso que le duele? Parece enferma. Está enferma, claro.

– ¿Quieres una cosita? -le pregunta, poniéndose misteriosa. A los niños les encantan las cosas misteriosas. Y también todo el resto de las cosas.

– ¿Qué cosita?

– ¡Aaaaaah! ¿Quién sabe? Bueno, lo sabrás tú si vienes conmigo -le dice la abuela.

El niño asiente y se deja conducir por ella, aunque gira la cabeza en dirección a su madre, no quiere que vuelva a esfumarse como hace siempre. Valentina lo lleva a un rincón de la cocina, abre los armarios, busca algo.

– ¿Qué tendría que haberle dicho? ¿«Vamos, que te llevo a ver a la madre que te abandonó cuando tenías tres meses de edad, ésa a la que ves cada tres meses»? Porque tú eres la madre que lo abandonó, no otro tipo de madre, ¿ya se te ha olvidado? -una bofetada de tanteo de parte de Ulises.

Ulises desenfunda sus armas. Es la guerra. La guerra que es justa cuando es necesaria, según Tito Livio. Y las armas, que son inocentes cuando no queda otra esperanza que las armas.

Ulises es un cabrón, pero Penélope aprecia esa cualidad en un hombre. Le sonríe como si intentara seducirlo. ¿Es que trata de hacerlo? ¿Por qué no?

Ya ha pensado en esto por adelantado, sabe de la conveniencia de pensar con antelación sobre cualquier asunto. Hoy, para mañana. Mañana, para pasado. Y así cada día. Pero no sabe si ha pensado correctamente, si ha pensado en todo lo que debería haber pensado. Le late el corazón, lo que no es extraño, por supuesto, pero le inquieta poder contar los latidos tan fácilmente, sin hacer oído ni buscarse el pulso. Cualquiera puede contarlos, están resonando por toda la casa, un estruendo de tambores mal acompasados. Seguro que Ulises está contando sus latidos y sabe que van demasiado rápido, como si se dieran prisa por acabar cuanto antes lo que quiera que hagan para que funcione su cuerpo y ella no se convierta de pronto en otro envase vacío.

– ¿Vienes a la biblioteca? No quiero que Telémaco nos oiga discutir -dice respirando profundamente y exhalando bocanadas de aire con tanto cuidado como si fueran flemas de fuego que hubiese de expulsar de su cuerpo tratando de no abrasarse la garganta. Respira y espira. Así. Suavecito.

Ulises la sigue, indolente. Le mira la cintura. Las nalgas bajo la tela acariciadora del vestido. Las dos mitades que forman sus glúteos, izquierda y derecha; duales, gemelas, el bien y el mal, instinto y razón. Sus ojos serpean por la silueta de ella hasta llegar a los tobillos, los tacones.

Tac, tac, tac.

Roberta se cruza con ellos y los saluda con una tímida inclinación de cabeza, masculla un «buenas noches» decaído.

– Ya no sé si eres mi mujer, o mi ex mujer. Ya ni siquiera sé quién eres -le dice Ulises a Penélope-. Por eso creo que deberíamos ir al juzgado, empezar los trámites del divorcio, y dejar las cosas claras respecto a Telémaco. Ya está bien. No voy a consentirte más caprichos. Tengo que rehacer mi vida. Si tú no quieres hacerlo, lo haré yo sólo. No creo que te necesite para ir al juzgado a pedir el divorcio.

– No vuelvas a decir que yo abandoné a Telémaco -le recrimina Penélope-. No vuelvas a decirlo porque no es verdad: yo te abandoné a ti, no a él.

– ¡Ja! -Ulises se pasa la mano por el pelo y mira hacia otro lado.

Filas y filas de libros alineados, en una boisserie de madera de roble lacada en blanco, desde el suelo hasta el techo. Demasiados libros. Vili no para de comprar libros. ¿De verdad tiene tiempo de leerlos todos? ¿Quién puede disponer de tanto tiempo para perderlo luego con millones de letras muertas estampadas en simple papel encuadernado?

– ¿Qué insinúas?

– Lo dejaste en su cuna. Lloraba cuando tú diste el portazo final. Era su hora de comer. Tenías que haberle dado de mamar. Y lloraba. Dejaste todo aquel veneno para ratas dentro del frigorífico, y yo tuve que tirar a la basura los biberones que había dentro. Todos ellos. Podían haberse contaminado de la ponzoña que tú nos dejaste de regalo. Tuve que fregar la nevera con agua caliente y lejía, y por poco me ahogo en el intento. Tuve que coger al niño en brazos y salir corriendo en busca de leche y biberones nuevos a una farmacia. Tuve que pedirle a la farmacéutica que me explicara cómo preparar los biberones. Ella no tenía ni idea. No tenía ni idea, ¿puedes creértelo? No tenía hijos, había terminado los estudios hacía dos meses y estaba trabajando por primera vez en la farmacia de su padre. Era su primer día de trabajo. Tuvimos que abrir un paquete de leche, el paquete que yo compré, y leer de cabo a rabo las instrucciones mientras el niño se quejaba entre mis brazos, muerto de hambre.

– Ulises, no creo que…

– Ésa eres tú, Pe. Ése es el tipo de mujer que tú eres.

– Supongo que si alguna vez te hubieras dignado a preparar un biberón para el niño, aunque sólo fuera de agua mineral con manzanilla, no te habría resultado tan difícil desenvolverte cuando tuviste necesidad de hacerlo.

– ¡Ah, claro! Y yo supongo que…

– Y yo supongo que, de no haber sido por tus continuas infidelidades, por tantos años de soportar tus adulterios y tus aventuras, no te hubiera abandonado, ni te hubiese dejado para cenar una ensalada tóxica para roedores.

– La verdad, Penélope…

– No puedes decir que no cumplí con mis obligaciones de buena esposa: te dejé la cena preparada. Es problema tuyo si no te decidiste a comértela.

– Pero… ¿y el niño, Pe? ¿No se te partió el corazón cuando lo dejaste así? Era muy pequeño.

– Lo dejé contigo para que espabilaras, para que aprendieras la lección, para que supieras qué significa tener un hijo. Tener un hijo es tener la obligación de criarlo. De darle de comer, de lavarle el culo, de bañarlo, de curar sus enfermedades, de procurar que no tenga otras. Es esforzarse porque sobreviva, protegerlo. Y eso es difícil, ¿sabes? Tener un hijo no es pasarte el día por ahí, acostándote con tus modelos y tus galeristas, haciendo negocios turbios y acudiendo de madrugada a casa para darle un besito a un bebé que duerme plácidamente porque alguien, o sea: yo, se encarga de atenderlo.

Penélope toma aire. Sus pulsaciones. Atención. Hay que tener cuidado con la pasión, no dejarse dominar por ella. La cólera y la locura son sustancias hermanas. La una echa raíces en la otra al menor descuido. Y hay que ponerle riendas al corazón. A los latidos.

Cicerón aconseja conocer a las personas antes de aventurarse a quererlas. Penélope conocía a Ulises cuando decidió que lo amaba. Nunca se engañó respecto a él. Pero tanto amor llegó a doler demasiado. No se arrepiente de haberlo abandonado. Ni de haberlo amado. Ni siquiera se arrepiente de amarlo todavía.

– Te dije miles de veces que mis aventuras no significaban nada -Ulises se sienta en una butaca y junta las manos, observa a Penélope-. Nunca hubo otra mujer más que tú. Y sigue sin haberla -añade ahora con la vista fija en el suelo, como para sí mismo.

Ah, el amor masculino, siempre bajo un régimen liberal.

Penélope ni tan siquiera pestañea.

Cuánta manga ancha se concede este hombretón, qué generoso es siempre con su propia persona. Menudo cabronazo.

– ¿Y qué me dices de aquellos cuadros, aquellos que estuviste falsificando durante años a mis espaldas, los que vendía tu amigo, aquel marchante belga completamente lunático? Creo que algunos de ellos se exhiben en grandes museos norteamericanos, mientras los originales cuelgan estupefactos, adornando los salones particulares de algún multimillonario que en realidad no distingue a Picasso de Matt Goering.

– No empecemos con eso. Yo ya he pasado página -dice Ulises-. No he vuelto a tener contacto con Jacques. Se retiró. Ya no falsifico cuadros. La verdad es que, desde que tú me dejaste, ni siquiera tengo tiempo de pintar los míos propios, difícilmente iba a sacarlo para plagiar Goyas o tablas flamencas medievales.

– Pues me alegro, querido. -Penélope sonríe con placer, y se sienta en un sofá de cuero de color cereza-. Me alegro por ti. Está bien que no tengas tiempo para ciertas cosas, estoy encantada de saber que el niño absorbe todo tu tiempo.

– Bueno, casi todo.

– Eres un promiscuo.

– ¿Queeé? Siempre te he sido fiel. Sólo conozco una manera de serte leal, y es quererte. Nunca te ha faltado mi amor. No puedes decir lo contrario, mentirías.

– Eres un delincuente.

– No es cierto. Ocurre simplemente que mi punto de vista no siempre coincide con el de la ley.

– Y un sátiro.

– Tampoco es cierto, Pe. Me parece que tú deberías saber mejor que nadie que eso no es cierto. Soy el hombre más cariñoso y entregado que nunca has conocido, y tú lo sabes. Entregado a ti, aunque se haya acabado todo entre nosotros.

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