Los estados carenciales
- Автор: Vallvey Ángela
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
Ulises se acerca hasta Penélope, que sigue sentada. La agarra por los hombros, y aprieta. Ella huele la violencia que desprende su cuerpo. Los antebrazos tensos de boxeador que hace mucho que no entrena, que sólo saca tiempo para mecer una cuna. Puede incluso ver un escorzo de su pensamiento. Ese poquito de odio agazapado y desnudo, como una bola de fuego, en medio de su pupila. Pero esa lumbre no la quema, al contrario, refresca su ánimo. Que se joda.
No le tiene miedo, y vuelve a sonreír, esta vez con dulzura. Está fingiendo. Y rechina los dientes mientras finge que sonríe.
– ¿Qué, qué soy? -insiste-. ¿Tanto te fastidia que yo haya podido hacer en menos de dos años lo que tú llevas intentando toda la vida?
– No. -Ulises quita las manos de sus hombros. Lentamente, como si las tuviera pegadas a ella mediante hondos filamentos de nervios vivos y ahora le costara mucho trabajo desraizarlas del cuerpo de Penélope-. No me importa, me alegro por ti. Espero que ya tengas lo que querías. Pero…
– ¿Pero qué?
– Dice el proverbio que la persona que hace su fortuna en un año debería haber sido ahorcada doce meses antes.
– No me digas.
– No, yo no digo nada. Lo dice el proverbio.
Ulises va hasta la cómoda. Coge un cepillo para el pelo. Está duro, fibroso, pasa las cerdas por la palma de su mano, se acaricia con ellas. Son rasposas, desagradables como tiritas de piel de mono secas.
– Estás despeinada. Déjame que te peine.
– Suelta ese peine ahora mismo -le ordena ella.
– ¿Por qué te tiñes el pelo de rubio? Me gusta más tu color natural. Dime, ¿por qué lo haces?
– Me están saliendo canas -dice Penélope, y lo mira directamente a la cara.
– ¿De verdad? -él sonríe con malicia-. ¿La princesa está envejeciendo? Que toquen a rebato. ¡Qué tragedia! ¿Y qué será de la princesa cuando sea una vieja?
– Se convertirá en una reina. Deja ese peine donde estaba.
– ¿Por qué? Sólo quiero peinarte un poco. Has perdido mucho glamour desde que has dejado que se te acerque Telémaco. Mírate, con el vestido manchado y lleno de arrugas, y el pelo desordenado, con los labios descoloridos. ¿Qué diría tu jefe si pudiera verte ahora? O tu secretaria. O tus amantes.
– Deja ese peine. Por favor.
– Voy a peinarte.
– No te acerques a mí. Deja eso en su sitio.
– Puedo arreglarte un poco, tenemos que volver al salón y acabar la cena. Tus padres se merecen verte…
– ¡He dicho que dejes el peine!
Penélope se acerca a él, le arranca de las manos el cepillo.
Él no se resiste. Sonríe. Y levanta los brazos igual que si ella le apuntara con una pistola.
¿Por qué no se resiste? ¿Por qué no presenta batalla? ¿Por qué no le pregunta si quiere hacer el amor con él para que ella tenga la oportunidad de darle una patada en los…?
Bah.
El caso es que Penélope ha triunfado. Tiene en sus manos el utensilio. Lo deja donde estaba. Es un peine y es suyo y lo tiene y ha triunfado.
Ha triunfado con el triunfo de los necios.
– Vamos a terminar la cena -dice, y suspira vigorosamente.
Cuando sale del baño, Ulises apaga la luz y la sigue.
– ¿Habéis acostado ya al niño? -pregunta Vili. Tiene una expresión aburrida, y toquetea una copa de vino como si quisiera traspasar con sus dedos el fino cristal de bohemia. Tal vez piensa que la copa, que tiene trazas de cáliz, representa algún tipo de muro, una fortaleza que se siente obligado a franquear usando sus propias manos hasta desmoronarla por completo.
– Sí, está durmiendo -contesta Penélope, y toma asiento.
– Si sigues apretando así el vaso, lo romperás -le advierte Valentina a Vili. Los ojos entrecerrados. Estará cavilando. Mezclando en su cabeza consideraciones buenas y malas. Estará divagando. Tiene todo el derecho.
Cuando era pequeña, Vili siempre le compraba a Penélope helados. Le encantaban los helados. Ahora, de repente, ya no tiene muchas ganas de seguir con la cena. Preferiría tomarse un helado a pesar del tiempo tan desapacible que hace fuera. Un Frigodedo. Un Cometo. Un Calipo. O mejor: un Drácula, su favorito desde siempre, desde los tiempos en que era Vili el encargado de comprárselos.
– La infancia es nuestro único paraíso. Dejad que el crío lo disfrute -dice Vili, y toma un sorbo de vino.
– ¿Ah, sí? -Ulises apura algunos restos de ensalada antes de que Roberta recoja todos los platos-. Es curioso. Yo no imagino así el paraíso.
– ¿Y cómo te lo imaginas? -Penélope lo mira por encima del asiento que Telémaco ha dejado vacío entre ellos dos.
– Tú eres mi idea del paraíso, cariño -dice Ulises, y ella no sabe si está hablando en serio-. Tranquilo y soleado, pero adosado al infierno, como uno de estos chalets que hacen ahora. Con el infierno tabique con tabique. Oyendo todos los ruidos.
– Muy gracioso.
– Mi padre -continúa Ulises- decía a veces que él se imaginaba el paraíso simplemente como un lugar en el que siempre se encuentra sitio para aparcar.
– Puede ser.
– Y tuve una galerista para la que el paraíso…
– ¿Una galerista? ¿Cuál de tantas? -pregunta Penélope, mordaz. Sabe que debería haberse callado.
– Annetta, aquella que…
– ¿Annetta? ¡Ja!
– ¿Cómo que «ja»? -Ulises la mira, ceñudo. Mastica un poco. Se limpia la boca con la servilleta.
– No me gustaba nada esa mujer. El aliento le olía raro.
– ¿Qué quiere decir raro?
– No sé. -Penélope busca con su mirada la mirada de su madre, quiere complicidad, pero no encuentra ni una cosa ni la otra. Ni complicidad ni mirada. Valentina parece embelesada con una mancha del mantel-. No sé… le olía como a… ¿pene?
– Dios mío, Penélope -dice Ulises.
– ¿Todavía tienes contacto con ella? Recomiéndale, como diría Marcial, que se ponga bragas en la boca.
– Penélope, cariño… -Vili da otro sorbo al vino, se aparta para que Roberta le coloque delante el plato limpio. La mujer los observa a todos por el rabillo del ojo. No se sabe si está escandalizada o excitada por los retazos de conversación que le van llegando. Probablemente le importan un rábano.
– Fuiste tú quien me habló de Marcial, papi. ¿Ya no te acuerdas? Me leías todos aquellos versos procaces y yo me reía, y ahora me dices que…
– Cariño, Penélope… -insiste Vili.
– Qué bestia eres -dice Ulises-. Qué rencorosa.
– Penélope… Mira, vaya, o sea -Vili se rebulle en su silla-. En cualquier caso no desprecies el poder del sexo.
– Lejos de mi intención, papi.
– Claro. El sexo es importante -añade Ulises.
– Sí, lo creo -dice Penélope-, aunque no porque tú lo digas. Tu opinión no vale mucho, que digamos, si tenemos en cuenta que eres uno de esos idiotas que creen que el mundo es un poco mejor después de que ellos acaben de echar un polvo -termina bajando la voz. Bisbiseando en dirección a Ulises. Si no hubiera hablado en un tono tan apagado cualquiera hubiera dicho que estaba chillando.
– Anda, Vili -Ulises tuerce la boca al hablar como un pistolero-. Dile lo que opina Cicerón, o algún otro listillo parecido, sobre el tema. Cuéntaselo a esta espabilada.
– Si no fuera por el sexo, los seres humanos ni siquiera nos acercaríamos los unos a los otros, y hace tiempo que nos habríamos extinguido -continúa Vili.
– Menuda pérdida para el universo en general, y para nosotros en particular. -Penélope le da vueltas a su plato, como si quisiera atornillarlo a la mesa.
– Somos animales. En el reino animal, la proximidad significa peligro. De no ser porque el sexo nos empuja a buscarnos los unos a los otros… ¿quién se acercaría a quién?
– Annetta se acercaría a Ulises sólo por su arte. Le chiflan los artistas, ¿verdad? Y Ulises es uno de ellos.
– Bah, deja eso, ¿quieres?
– Valentina…
– ¿Puede servir ya la langosta, Roberta? -dice la mujer, y les regala a todos los presentes una sonrisa desvaída.
– Valentina, ¿estás bien? -pregunta Ulises.
– Claro. Sólo me falta un poco de fuerza. Estoy algo cansada -le guiña un ojo. O hace el intento-. Ya sabes, a mi edad una es como la televisión: funciona mejor si la enchufas a una fuente de energía.
– ¿A tu edad? Pero si eres preciosa… -dice Ulises.
Valentina agradece que no le diga «estás estupenda», o bien «te conservas fenomenal», o alguna otra tontería por el estilo que la haga sentirse todavía más vieja y enferma. Aunque no, Ulises no dice esas vulgaridades. Ideología doméstica para mezquinos y exasperados. Ulises es así. Una noche tan clara como el día. Sabe que «eres» es la mejor manera de conjugar el verbo ser. Sabe que «preciosa» es el adjetivo conveniente.
Penélope lo escudriña de medio lado. Reconoce su talento.
Hay que darle al César lo que es del César.
Mientras sea César.
– Ah, qué vida… -dice.
Su madre se está muriendo. Pero, cuando alguien está al borde de la muerte, señoras y señores: al fin y al cabo eso es vida.
– Sí. Terrible. Todo tiende al caos, según demuestran científicamente los dibujos de Tom y Jerry -añade Ulises, y frunce los labios como si le lanzara un beso.
– ¿Dónde vives, Ulises, al otro lado del espejo? -Penélope coge un trocito de pan y empieza a desmigarlo. De cada miga, hace otras migas más pequeñas. Y de éstas, otras aún más diminutas. Quiere alcanzar el átomo. Contar los neutrinos de esa masa. No, los neutrinos no. No existen los neutrinos: Penélope puede asegurarlo porque los ha visto. Hace un montoncito con las migas. Lo deshace con la punta del cuchillo. Vuelve a juntarlo.