Los estados carenciales
- Автор: Vallvey Ángela
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:
– La vida no es terrible -dice Vili cansinamente-. Nunca lo ha sido. Por lo menos no tanto como solemos creer. Los terribles somos nosotros. Y ya sé que suena…
– Eso es cierto -asiente Ulises, interrumpiéndolo-. ¿Qué? ¿Atacamos la langosta?
– También hay ciervo -dice Valentina, señalando una fuente.
– Estupendo. -Ulises deja que Roberta le sirva generosamente en su plato-. Vamos, Penélope. Come un poco. Estás muy delgaducha.
– No, gracias -dice Penélope-. No me gusta comer carne de animales muertos.
– ¿Ah? -Ulises coge el cuchillo y el tenedor-. Pues yo no tengo ningún inconveniente, siempre y cuando no conozca personalmente al difunto.
– Venga, Penélope. Creí que te gustaba el marisco -dice Vili.
– Tú no estás comiendo nada, y nadie te lo reprocha. No tengo más apetito. Ya no soy una niña, sé cuándo quiero comer y cuándo no.
– No te enfades.
– No, no me enfado. Pero no tengo hambre.
Se comería un helado. Un cono de chocolate trufado. También se contentaría con un chicle. Le encantan los chicles. Son tan… confiados.
– Mamá, ¿hay helado?
– Es posible que haya algo en el congelador. Le diré a Roberta que lo mire.
– Gracias. Me encantaría tomar un helado.
– Vale, pero espérate a que los demás acabemos de comer, ¿no? -dice Ulises.
– Esperaré, no te preocupes.
Penélope esperará, por supuesto.
– No es que quiera criticarte, ¿sabes, Pe? -Ahora, Ulises mastica y habla a la vez mientras se dirige a Penélope y va bajando también la voz hacia donde ella está sentada-. Yo jamás me atrevería a criticarte a ti, cariño, sobre todo porque nunca entiendo nada de lo que haces ni de lo que dices.
– Gracias, eres muy amable al confesarlo.
Penélope se ha acostado con doce hombres en toda su vida, incluyendo a Ulises. Los últimos once, por despecho y en poco más de año y medio, después de dejar a su marido. Se ha acostado con cada uno de esos hombres (se le antoja que forman todo un pequeño ejército, enhiesto y desafiante), ha hecho con todos el amor o, al menos, con Ulises lo ha hecho, y no sabe por qué, todavía no ha aprendido a pensar bien de ellos.
Examina a Ulises con interés. Son un misterio. Todos menos Vili, sin duda. Los hombres son un enigma que lleva asociado multitud de rituales absurdos, lamentables y siniestros.
– ¿Alguien quiere más vino? -pregunta Vili.
Ulises alza su copa el primero.
LA PREOCUPACIÓN
La preocupación es un mal cultural epidémico. Se abre en círculos que van expandiéndose desde la cuna, en cuanto nacemos, hasta llegar al infinito; no se necesita sino el menor contacto de una china, una mota de polvo contra el agua pasiva que es nuestra conciencia, y ya está, la preocupación nos invade y nos conquista. Es una bestia carnicera, muy libidinosa. Nos seduce y nos devora, y a veces ni siquiera lo hace por ese orden.
Pero qué trastorno tan exasperante y gratuito.
Menudo veneno para la razón.
(Vaya una mierda.)
Penélope ha pasado todo el embarazo preocupada, mientras decoraba la habitación de su hijo con figuras de animales, pintadas al pastel, inspiradas en las de los cuadros de Durero.
Qué preocupación tan grande, cielo santo.
¿Y si su hijo nacía muerto? ¿Y si era retrasado? ¿Y si tenía una gran mancha roja en la cara que le haría avergonzarse de sí mismo el resto de su vida? ¿Y si no engordaba lo suficiente y después agarraba todo tipo de enfermedades hasta morir en pleno jardín de infancia? ¿Y si tenía cáncer, como la madre de Ulises? ¿Y si era bajito? ¿Y si salía feísimo y nadie lo quería, ni siquiera su propia madre? ¿Y si de mayor sufría alteraciones capilares descamativas por dermatitis seborreica y psoriasiforme, con mucha caspa y un horripilante picor del cuero cabelludo? ¿Y si padecía obesidad mórbida? ¿Y si se convertía en un delincuente o en un pobre oficinista? ¿Y si moría en un accidente de tráfico? ¿Y si lo abandonaba su mujer y se volvía loco? ¿Y si tenía dos hijas siamesas unidas por la pelvis? ¿Y si no cobraba jubilación, cuando le llegara el momento, porque había una quiebra de la seguridad social en toda Europa? ¿Y si se hacía viejo? ¿Y si luego se moría de viejo?
Ella se ha preocupado por todo eso, y por más cosas, pero no quiere volver a recordarlas.
Ahora Telémaco tiene tres meses. Es igual que un muñequito con la cara enjalbegada. Tranquilo y quebradizo. Penélope lo ha amamantado, pero empieza a quedarse sin leche. Tiene que darle un par de biberones suplementarios al día. (¿Es buena la leche maternizada de farmacia? Sí, pero, ¿es buena?)
Ha quedado para tomar café con una amiga. En realidad no es demasiado amiga (la conoció en aquella escuela horrible en la que estudió diseño después de acabar su licenciatura); no es que sean íntimas, pero Marta tiene contactos en el mundo de la moda, y buen humor. Aprovechará para pasear al bebé. Lo que resulta un fastidio, porque no es nada fácil tener que bajar los tres pisos sin ascensor desde su casa hasta la puerta de la calle acarreando con un lactante y un carrito.
Lo hace muy lentamente, escalón por escalón, bajando de espaldas, apoyando las ruedas traseras del cochecito y dejando que se deslicen un peldaño, mientras hace contra peso para no desequilibrar las delanteras y que los tres, el carro infantil de paseo, el bebé y ella misma, acaben por salir rodando.
Cuando logra alcanzar el portal, está sudando por el esfuerzo y la tensión. Esta vez podían haberse caído. El corazón le da un vuelco sólo de pensarlo. Afuera el aire es tibio, se oyen ruidos de obras en algún edificio cercano, o tal vez estén arreglando alguna calle. Madrid será una ciudad preciosa el día que terminen de hacerla, se dice Penélope.
Irá andando la calle Atocha arriba hasta Sol. Aún tiene tiempo, y desde luego no se metería en el metro con un crío ni aunque le fuera la vida en ello. Tampoco en un taxi. El niño podría oír ciertas cosas. Emisoras de radio. Conversaciones con otros taxistas a través del radiotransmisor. Música inadecuada. Los bebés son muy sensibles, y cualquiera sabe lo que se les queda grabado en su tierno cerebro para siempre. Además, el niño tiene que tomar un poco de sol, aunque sea sol madrileño. Si hubiese salido antes de casa podría haberlo paseado por el jardín Botánico, pero siempre va con estas prisas. Los recién nacidos ocupan mucho tiempo. Las horas se pasan volando, sin pensar. Un bebé ahuyenta todo tipo de pensamientos de la cabeza de una madre. Sólo deja espacio para cosas como comida, leche, detergente, caca, sueño, baño. Y así.
Avanza a trompicones por las aceras. Obras de remodelación. Policías recelosos y resignados (de algo hay que vivir, pero… ¡no te fastidia!). Gente apresurada. Gente inmóvil como estatuas de ojos enfermos, sacrificiales. Personas que esperan algo y ni siquiera saben qué, y dan vueltas sobre sí mismas hasta sentirse mareadas. Gente que vende cosas, juguetes baratos, jerseys de lycra baratos, drogas baratas. Gente que pide limosna, que se apoya a bebés más pequeños que el suyo sobre las caderas y les enseñan sin pudor a los viandantes los ojitos tristes y luctuosos de los niños, al tiempo que abren una mano sucia y murmuran con el singular acento de los intrusos.
Qué mal está todo dispuesto para que una mujer pasee a su hijo en el centro de una gran ciudad.
Debería haber cogido esa mochila que le regaló alguien, y meterlo dentro. Llevarlo pegado a su pecho como un canguro. Iría más deprisa. Pero ya es tarde para volver a subir de nuevo hasta su casa, cambiar los trastos, sacar al bebé (tendría que comprobar, ya puesta, si está mojado), y cargar con el bolso, ese enorme bolso donde lleva todo lo que se necesita para atenderlo. Vendas incluidas. Una botella de agua mineral. Mercromina. Esparadrapo. Maquillaje. Dos revistas. Nooo. Muy pesado, el bolso. En la parte de abajo del cochecito está mejor que colgando de sus hombros.
Cuando se dirige andando hacia algún lugar, Penélope se conduce igual que lo hace por la vida. Piensa que el camino más corto entre dos puntos es la línea en zigzag: esquivando los obstáculos que, de haber tomado una línea recta, se hubiera topado de frente. Por eso cruza de acera cada pocos pasos, y finalmente tarda una eternidad en llegar hasta Sol y subir por la calle del Carmen, hasta una cafetería cercana a El Corte Inglés de Callao donde la espera su amiga.
Al menos, no hace demasiado calor, aunque ella está sudando. Nota la humedad del labio superior, y que la blusa de seda negra se le pega en algunas zonas de la espalda. Telémaco está dormido.
Tal vez sea ésa la mejor idea que ella puede hacerse de la felicidad: ver dormido a su hijo. A salvo. Sosegado. Respirando perfectamente.
Penélope está preocupada, pero no quiere que Marta lo perciba. La preocupación y la culpa desprenden cierto olor mohoso, y hacen que la gente se escabulla corriendo del lado de quienes sueltan esa pestilencia. Bastante tienen con la propia.
Está preocupada porque hace meses que sabe que Ulises no siempre se dedica a pintar sus propios cuadros. Por eso andaba sin cesar secreteando, cerrando con llave la puerta de su estudio, teniendo importantes reuniones, haciendo viajes sospechosos.
Poco después de nacer su hijo, ingresó una enorme cantidad de dinero en el banco. De los cuadros vendidos en su última exposición, le dijo a Penélope. Pero no podía ser. No al precio que se cotiza Ulises.
Por último, ella se enteró de todo.
Facturas inverosímiles, amistades peligrosas, notas, papeles, llamadas, recibos sin sentido, bocetos muy familiares, demasiado dudosos para ser simples ejercicios pictóricos, mentiras tontas, dinero fácil. Todo estaba ahí, y todo cuadraba.
A veces, pensó entonces Penélope, es mejor no saber. No saber nada. Ella empieza a dudar de que saber sirva para algo. Si es para vivir tan poco, ¿de qué sirve saber tanto?, decía sor Juana Inés de la Cruz.
Ulises, Ulises…
Él confesó entre excusas y grotescas promesas de cambio y esperanza. Penélope lloró, y hubo nuevos gritos. Escándalo. El gran aquelarre doméstico. El drama filtrándose por su cristalino y empañando la luz hasta dejarla ciega.