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Электронная книга - «Los estados carenciales». Краткое содержание книги:

Los personajes de Los estados carenciales buscan como todos nosotros la felicidad a su manera. Tratan de no sucumbir a la rutina, de escapar de la mediocridad o de rehacer sus vidas con un poco de sentido. Ulises, abandonado por su mujer Penélope, vive con su hijo Telémaco. Penélope es una diseñadora de moda que no se corta tanto como la Penélope de siempre cuando le sale al paso algún pretendiente. Al suegro de Ulises, Vili, su mujer le hace la vida imposible, y él busca la felicidad con optimismo y algunas ideas peregrinas, como montar una nueva Academia para enseñarles a una pandilla de infelices que la felicidad consiste, comod ecía Platón, en hacer el bien. Sátira de los libros de autoayuda, meditación sobre la felicidad, homenaje al mundo clásico… Sí, todas esas cosas son y están en Los estados carenciales. Pero esta novela es, por encima de todo una divertidísima fábula sobre las debilidades y grandezas de la condición humana. Ángela Vallvey tiene una prosa jugosa y directa, una capacidad poética deslumbrante, un sentido del humor que nos incita a la reflexión filosófica sin que nos alcance el sueño, la desazón o la pedantería, Tal vez este libro no nos permita saber si la felicidad consiste enhacer bien, o en desarrollar nuestras capacidades con la máxima destreza, pero sí nos puede ayudar a mirarnos en el espejo con valentía, con la dignidad que nuestra condición exige.
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Él es fuerte. Ella sabe que es fuerte. Lo quiere así. Los techos son altísimos, el inmueble es antiguo.

– ¿Estás bien? -le pregunta.

– No. Sí. -Todavía está mojada, el pelo le chorrea un poco y cada vez que una gota rebota contra el suelo, la madera parece que cruje o que chisporrotea, a punto de incendiarse.

– No tengas miedo, te quiero, no voy a hacerte daño. Yo nunca te haría daño, lo sabes, ¿no?

– Sí. No.

Los engaños de los sentidos. La gran mentira de la carne mortal se pone en marcha. Penélope acurruca la cabeza contra el cuello de Ulises y le susurra que lo ama. Que lo ama y que lo ama.

Un estremecimiento la sacude. Su sangre es joven y ardiente. Lo ama y lo ama. Eso es lo que ocurre, nada más. Ulises la deja sobre la cama, tendida, puesta a secar. Un sueño empapado de labios rojos. Bonita y joven, asustada como una cervatilla.

Le besa los dedos de los pies. Se los cuenta igual que le cuenta los dedos de las manos, lo hace con la lengua. Uno, dos, cinco. Y otra vez uno, dos, cinco.

– Me haces cosquillas -dice Penélope-. No empieces.

Él va subiendo piernas arriba. Su lengua, sus músculos tensos que están esperando algo. Sus hombros de boxeador juvenil. Sus manos. No puede haber otras manos como las suyas en el mundo. ¿Qué hace con sus manos? ¿Dónde ha aprendido todo esto? Que nadie se atreva a decirle que en los libros. Todo no está en los libros. En los libros no puede haber ni una pequeña parte de todo lo que existe, de todo lo que es, de todo lo que hay, de todo lo que hubo, de todo lo que ha sido.

¿Dónde ha aprendido Ulises a hacer esto?

Ella se está derrumbando. La invade un torbellino de pensamientos equívocos. Quiere moverse, ayudarle, pero se siente absurdamente paralizada por la excitación, sobrecogida por lo que está ocurriendo. Debería hacer algo. Tocarlo, acariciarlo. Lo ha acariciado muchas veces. En ocasiones ha tocado incluso su pene -largo, sonrosado, huidizo, un animal extraño con el que nunca ha sabido qué hacer-, le ha besado la espalda, la cintura, los huevos. Pero ahora no puede hacer nada. La inmovilidad es su refugio en medio de la tormenta de estas sensaciones. Permanece atenta a cada lengüetazo, a cada pulsión de la yema de los dedos de Ulises, los está disfrutando.

¿Han pasado minutos, horas, días desde que están aquí, solos en este cuarto? Inmensidades de tiempo, en cualquier caso.

Él le besa el pecho. Acaricia con los labios sus pezones. Se han arrugado hasta convertirse en dos botones pequeños e insolentes.

Jadea.

– Podría comerte -dice Ulises-. Pero no te comeré.

Ulises le levanta las caderas con sus manos. Sus dedos, ¿dónde están ahora sus dedos? Penélope no puede ver, no distingue quién es quién. Delirios erráticos, redundancia. Su pensamiento está lleno de olores y sólo hay eso. La polla de él no es más que un espacio imaginario que penetra -suave, muy suavemente- dentro de su cuerpo, que es otro espacio imaginario.

El dolor -discreto, persistente y humillante- no puede evitar que Penélope deje escapar una espiración satisfecha. Está viviendo una fantasía tan densa que parece real. No es capaz de desligar el daño del goce, de hacer con ellos dos montoncitos separados: Garbanzos negros, garbanzos blancos.

Él sale de su cuerpo pronto.

– Tranquila, ¿te ha dolido? -le pregunta con la boca encima de su boca; se están respirando-. Tranquila, tranquila… Esto es el amor.

Y ella no sabe que lo que él dice es cierto.

Ulises no se ha corrido, tampoco lo hará luego. No quiere saciarse, no es eso. No, no es eso. Sólo quiere que ella sepa lo que es el amor, está dispuesto a enseñárselo.

Mete la cabeza entre las piernas de Penélope. ¿Qué pretende? Nunca nadie había puesto su lengua ahí. Nadie en toda la vida. Era un sitio inaccesible. La más alta cumbre, el más hondo abismo. Qué sensación tan tierna, tan vulgar. Penélope es una uva verde y jugosa, y Ulises la está chupando, exprimiendo, comiéndosela. Agarra la cabeza de él, la presiona un poco contra su vientre.

Ulises es tenaz, no parará hasta encontrar lo que busca. Cuando lo encuentra, ella se contrae, cierra las piernas sobre su cabeza, se balancea y gime como una gata. Calladamente.

Perdida. De ahora en adelante, estará perdida para siempre en un jardín secreto. Ya nunca volverá a salir de aquí, ni a encontrarse con la que ella fuera.

Completamente perdida para siempre.

Ulises tiene la mirada de un amante satisfecho.

Lo ama y lo ama y lo ama.

Él se acerca a su boca, la besa y ella nota su propio sabor en los dientes. Un poco de sangre escogida y otro poco de humedad, la savia de una flor de agua.

Le devuelve los besos. Y es mucha la dulzura.

LA DEPENDENCIA

Penélope es consciente de que ha tenido suerte. Para una mujer, eso es importante, tener suerte con el primer hombre.

Ella encontró a Ulises, y él lo era, era un hombre. Todas las mujeres no tienen tanta fortuna, piensa.

Recuerda a sus amigas. Por cierto, ¿dónde están sus amigas de la infancia, de la adolescencia, de la primera juventud? ¿Dónde se han quedado? No ha vuelto a ver a ninguna. ¿Es culpa suya? Se dice con pesar que es muy probable.

Tenía una amiga que perdió la virginidad a los quince años recién cumplidos. Fue con un chico del colegio, en el asiento trasero de un Renault 5 estropeado que alguien dejó abandonado en la Casa de Campo. Él le bajó las bragas y los pantys al mismo tiempo, metió su cosita esmirriada y roja dentro de ella, se movió durante treinta segundos, le babeó la blusa y cuando acabó le dijo que se notaba que a ella le iba el rollo, que podían verse más veces.

Otra de sus amigas lo hizo con un colega de su padre con el que estaba obsesionada. Abogado como su padre. Es tan maduro y viril…, decía antes de acostarse con él. Fue poco después de que le rompiera su himen cuando descubrió que el obseso era él. Le ató las manos a la espalda con una bufanda acrílica (ella tenía alergias cutáneas, y después de aquello le salió un sarpullido tan virulento por los brazos y la espalda que su madre tuvo que llevarla al dermatólogo y estuvieron inyectándole antihistamínicos durante días). Le ató las manos, la penetró con violencia y después frotó su miembro ensangrentado por la cara de la chica. Ella tenía diecisiete años y aquella tarde, en casa del amigo de su padre, se enteró de que había películas de sado-bushido japonés que a él le excitaban. Y de bondage, candie-buming, chocking-spanking, pissing, hard-raping, shauing, enemas y shit-pating. Se enteró aquella tarde, en casa del amigo de su padre, de que a él le gustaban sobre todo las jovencitas que son brutalmente sometidas, y de que pensaba que «algunas sufren, pero acaban con un vicio increíble». Se enteró aquella tarde. Antes ni siquiera lo hubiera imaginado.

Por eso, y por muchas cosas más, Penélope sabe que es una mujer con suerte. Con mucha suerte. No debe desperdiciarla.

Va en busca de su madre. No está en la cocina. Huele a pan caliente y hay una gran ensalada en la encimera. Con roquefort y manzanas troceadas, verduras amargas y aceite de oliva.

Coge un trozo de fruta y se relame mientras mastica.

– ¡Mamá! -grita, pero nadie responde.

Roberta entra por la puerta, le dice que quizás esté en su dormitorio, descansando antes de cenar.

– A veces se echa un rato en la cama a estas horas -dice.

Penélope va hasta la habitación de su madre y llama con los nudillos de la mano. Golpea levemente la puerta.

– ¿Mamá?

No está cerrada con llave, y entra. Hay en la estancia un olor espeso y agrio, medicinal. Deberían ventilar un poco, aunque entrara la lluvia y empapase las cortinas. Un huracán estaría bien, piensa, o un ciclón tropical que pasara allí dentro con su furioso perfume de mar encabritado y lo barriera todo a su paso.

Su madre está sentada sobre la cama y tiene una goma apretándole el muslo. Está introduciendo en su carne una aguja hipodérmica, absorta.

– ¿Mamá?

– Ah, hola. Pasa -dice ella, y termina de inyectarse. Desanuda la goma de su pierna. Se cierra la bata. Nunca había tenido las piernas tan flacas y, de pronto, esa delgadez le parece a Penélope la cosa más triste que nunca ha visto.

– ¿Qué estás haciendo?

– Ya ves, soy una yonqui. -Valentina sonríe-. Es morfina. Muy pura. El dolor se hace a veces insoportable. Me temo que ya soy una adicta, como Sherlock Holmes. Pero el médico me ha dicho que no me preocupe, que no necesitaré irme a una granja a desintoxicarme.

– Pero…

– Cielo, me moriré antes. No te angusties. -Se echa en la cama, apoya la cabeza sobre la almohada y cierra los ojos.

¿Se siente en paz? ¿Ya no le duele lo que sea que le duela, o el dolor sigue intacto, clavado en su sitio? ¿De dónde ha salido todo ese dolor que se expresa en una secuencia tan minuciosa? ¿Sabe lo que se hace el dolor, sabe que duele, se da cuenta?

– Mamá… Ya casi nunca hablamos, o no mucho -dice Penélope. Se tumba al lado suyo en la cama-. Hace tiempo que no te digo que te quiero, madre.

– Yo tampoco, pero así es la vida, no le des importancia. Son muchas más las cosas que no se dicen que las que se dicen. Y no pasa nada.

Penélope espera que llegue Ulises con el niño. Se mira en el espejo de su antiguo baño y se retoca el maquillaje cuidadosamente. Quiere estar bella. No únicamente para que él la vea y sufra, sino porque sabe que, algún día, el tiempo esparcirá sus macabras carcajadas sobre las cenizas de lo que ella es ahora. Su piel, su juventud, su fuerza, su ser.

Quiere ser bella de verdad, no sólo tener un aire.

Se mira el perfil; se quita un pelo suelto que tiene pegado al costado y lo tira en el retrete.

Lleva un vestido negro escotado que resalta aún más el tono áureo de su piel. «Tú no eres blanca, eres dorada», le decía Ulises en otros tiempos.

Este vestido le sienta bien, lo que no es raro teniendo en cuenta que es una creación suya. Negro, sencillo, hecho a medida, de efecto demoledor. Como la muerte.

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