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Donde Cruzan Los Brujos

Электронная книга - «Donde Cruzan Los Brujos». Краткое содержание книги:

Hace veinte a?os, el antrop?logo Carlos Castaneda electriz? a millones de lectores con la descripci?n de su iniciaci?n y acceso a otra realidad bajo la tutela del indio brujo yaqui don Juan. Ahora, Taisha Abelar, que fue instruida por los miembros femeninos del grupo de don Juan, narra su propio `cruce` en este llamativo libro. Mientras se encontraba viajando por M?xico, Taisha Abelar se involucr? con un grupo de brujos y comenz? un riguroso proceso de entrenamiento f?sico y mental, dise?ado para permitirle romper los l?mites de la percepci?n ordinaria.
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Se me ocurrió, al escuchar a Clara deshacerse en elogios a su maestro, que había pasado demasiado tiempo en el Lejano Oriente. Siempre me molestó la adoración repugnante que los estudiantes en el mundo del karate profesaban por su profesor o sensei. Ellos también besaban el suelo pisado por su profesor, literalmente, bajando las cabezas al piso como muestra de deferencia cada vez que el maestro entraba a la habitación. No se lo dije a Clara, pero me pareció que estaba rebajándose al reverenciar a tal grado a su maestro.

– El nagual Julián nos enseñó todo lo que sabemos -prosiguió, ignorante de mis juicios-. Dedicó su vida a guiarnos hacia la libertad. Dio instrucciones especiales al nagual Juan Miguel Abelar, instrucciones que lo calificaban para ser el nuevo nagual.

– ¿Quieres decir, Clara, que los naguales son como reyes? -pregunté, queriendo señalarle el peligro y la falacia de una veneración exagerada.

– No. De ningún modo. Los naguales no tienen ninguna importancia personal -afirmó-. Y es precisamente por esta razón que podemos adorarlos.

– A lo que me refería, Clara, era si heredan su puesto -me corregí rápidamente.

– ¡Claro que sí! Definitivamente heredan su puesto, pero no como los reyes. Los reyes son hijos de reyes. Un nagual, en cambio, tiene que ser elegido por el espíritu. A menos que el espíritu lo elija, no puede erigirse en líder. Un nagual, para empezar, es dueño de una energía extraordinaria. Pero no es nagual hasta que es instruido en la regla de los naguales.

Entendí la explicación de Clara, pero me hizo sentir curiosamente incómoda. Al deliberar, comprendí que la parte que me molestaba era que el espíritu tuviese que realizar la selección.

– ¿Cómo decide el espíritu a quién elegir? -pregunté.

Clara meneó la cabeza.

– Eso, mi querida Taisha, es un misterio insondable -dijo con voz queda-. Lo único que un nagual puede hacer es cumplir con los mandatos del espíritu o fracasar lastimosamente.

Pensé en el señor Abelar y me pregunté cuáles serían los mandatos para él. Recordé el comentario de Clara de que algún día pudiese yo también considerarlo como el nagual.

– Por cierto, ¿dónde está el señor Abelar? -pregunté, tratando de simular indiferencia.

– Se fue anoche, cuando se dio cuenta de que estabas fuera de combate.

– ¿Regresará?

– Claro que sí. Vive aquí.

– ¿Dónde, Clara? ¿En el lado izquierdo de la casa?

– Sí. Por el momento está ahí. No en este preciso momento -se corrigió-, pero en estos días. Y a veces vive conmigo del lado derecho de la casa. Yo lo cuido.

Sentí una punzada de celos tan intensa que fue como una ola de energía.

– Dijiste que no es tu esposo, ¿verdad, Clara? -pregunté, con un crispamiento sumamente inquietante en la comisura de la boca.

Clara se rió tan fuerte que rodó hacia atrás sobre la cama, sin aliento.

– El nagual Juan Miguel Abelar ha trascendido todos los aspectos del sexo masculino -me aseguró al incorporarse de nuevo.

– ¿A qué te refieres, Clara?

– Quiero decir que ya no es un ser humano. No puedo explicártelo todo, porque carezco de la sutileza necesaria y tú no tienes la capacidad de entenderme. Según yo veo el asunto, fue debido a mi incapacidad para explicar que el nagual te dio esos cristales.

– ¿Qué incapacidad, Clara? Te expresas perfectamente bien.

– Entonces eres tú la que no entiendes perfectamente bien.

– Eso es idiota, Clara.

– ¿Entonces por qué no puedo hacerte entender qué somos y qué es lo que tenemos en mente para ti?

Respiré profundamente varias veces para calmar mi estómago nervioso.

– ¿Qué tienen en mente para mí, Clara? -pregunté, nuevamente presa del pánico.

– Es muy difícil hablar de eso -contestó-. Tú y yo definitivamente pertenecemos a la misma tradición. Eres una parte integral de lo que nosotros somos. Por eso estamos obligados a instruirte.

– ¿A quiénes te refieres con "nosotros"? ¿A ti y al señor Abelar? Clara se tomó un momento, como para darse tiempo de contestar correctamente.

– Como ya te lo he dicho, somos más de dos -indicó-. De hecho, ni soy tu maestra. Tampoco lo es el nagual Juan Miguel. Otra persona lo es.

– Espera, espera, Clara. Me estás confundiendo otra vez. ¿Quién es esa otra persona a la que te refieres?

– Otra mujer como tú, pero mayor en edad e infinitamente más poderosa. Yo sólo soy una auxiliar. Estoy a cargo de prepararte, de lograr que ahorres suficiente energía por medio de tu recapitulación para que puedas conocer a esta otra persona. Y créeme, su presencia es mucho más devastadora que la del nagual.

– No entiendo qué tratas de decirme, Clara. ¿Quieres decir que es peligrosa y me hará daño?

– Ese es el problema cuando trato de responder a tus preguntas -dijo Clara-. Te confundes, porque la conexión que existe entre tú y yo sólo es superficial. Me haces una pregunta, esperando una respuesta inequívoca que te satisfaga, y yo te doy una respuesta que a mí me satisface y a ti te confunde. Te recomiendo que no me hagas preguntas o aceptes mis respuestas sin ponerte nerviosa.

Deseaba averiguar más acerca del señor Abelar y sobre los planes que la otra mujer tenía conmigo, así que prometí, con la esperanza de sacarle todo a Clara, que desde ese momento mediría todas sus respuestas con la debida consideración, pero sin pánico ni agitación por mi parte.

– Muy bien. Veamos cómo tomas esto -dijo Clara de manera tentativa-. Te diré lo que te contó el nagual anoche, antes de que te desmayaras. Pero como no soy hombre, sin duda reaccionarás de modo diferente de lo que hiciste cuando el nagual te lo dijo. Tal vez hasta me hagas caso.

– Pero no recuerdo que me haya dicho nada después de que me dormí en el petate -protesté.

Clara vaciló y me escudriñó la cara, supongo que en busca de alguna chispa de reconocimiento. Meneó la cabeza para indicar que no encontraba ninguna, aunque traté de parecer lo más calmada y atenta posible e incluso sonreí para darle mayor seguridad.

– Te habló de todos los seres que vivimos en esta casa -empezó Clara-. Te dijo que todos somos brujos, incluyendo a Manfredo.

Al escuchar el nombre de Manfredo, algo encajó en mis pensamientos.

– Lo sabía -exclamé sin pensar. Me pareció perfectamente verosímil la idea de que Manfredo fuera brujo, pero no tenía la menor idea del por qué era así. Le dije a Clara que en algún momento ya debí haber pensado eso, aunque todavía no supiese exactamente qué era un brujo.

– Claro que lo sabes -me aseguró Clara con una ancha sonrisa.

– Te digo que no lo sé.

Clara me miró, perpleja.

– ¿Estás segura que no recuerdas cómo el nagual te lo explicó?

– No, realmente no me acuerdo.

– Para nosotros, un brujo es alguien capaz de romper, por medio de la disciplina y la perseverancia, los límites de la percepción natural -declaró Clara con un aire de formalidad.

– Bueno, eso no aclara nada -dije-. ¿Cómo le hace Manfredo para lograr todo eso?

Pareció darse cuenta de mi confusión.

– Creo que tenemos un malentendido otra vez, Taisha. No me refiero sólo a Manfredo. Aún no has comprendido que todos los que vivimos en esta casa somos brujos. No sólo el nagual, Manfredo y yo, sino también los otros catorce a los que aún no conoces. Todos somos brujos, pero brujos abstractos. Si quieres imaginarte la brujería como algo concreto que implica rituales y pociones mágicas, sólo puedo decirte que sí existen brujos concretos de ese tipo, pero no los encontrarás en esta casa.

Obviamente estábamos pensando en cosas diferentes. Yo hablaba de Manfredo y ella hablaba de unas personas que yo ni siquiera había visto aún. Pero sí entendí por fin que Clara, el señor Abelar y los otros esquivos a los que ambos aludían constantemente eran todos brujos. En lugar de hacer más preguntas, recordé su consejo y preferí guardar silencio.

A continuación se explayó en el hecho de que los brujos abstractos buscan la libertad por medio del acrecentamiento de su capacidad para percibir; mientras que los brujos concretos, como los tradicionales que vivieron en el antiguo México, buscan el poder y la gratificación personales por medio del acrecentamiento de su importancia personal.

– ¿Qué tiene de malo buscar la gratificación personal? -pregunté, tomando un sorbo de agua del vaso que había en la mesita de noche.

– Tenías que ser tú la que se pone del lado de los brujos concretos -dijo Clara, con mirada preocupada-. Con razón el nagual te dio esos dardos de cristal.

A pesar de mi promesa de mantener la calma, al oír mencionar los cristales me recorrieron unas olas de nerviosismo. El estómago se me acalambró con tal intensidad que estuve segura de haber contraído una gripa intestinal.

– Me resulta prácticamente imposible explicarte lo que hacemos; y aún más que imposible hacerte entender por qué hacemos lo que hacemos -afirmó Clara-. Tendrás que hacerle esas preguntas a tu maestra.

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