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Donde Cruzan Los Brujos

Электронная книга - «Donde Cruzan Los Brujos». Краткое содержание книги:

Hace veinte a?os, el antrop?logo Carlos Castaneda electriz? a millones de lectores con la descripci?n de su iniciaci?n y acceso a otra realidad bajo la tutela del indio brujo yaqui don Juan. Ahora, Taisha Abelar, que fue instruida por los miembros femeninos del grupo de don Juan, narra su propio `cruce` en este llamativo libro. Mientras se encontraba viajando por M?xico, Taisha Abelar se involucr? con un grupo de brujos y comenz? un riguroso proceso de entrenamiento f?sico y mental, dise?ado para permitirle romper los l?mites de la percepci?n ordinaria.
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Me advirtió que la liberación de la energía encerrada en nuestro interior entraña un considerable peligro, porque el doble es vulnerable y resulta fácil lastimarlo en el proceso de desplazar nuestra conciencia hacia él.

– Es posible crear una abertura en la red etérea, inadvertidamente, y perder vastas cantidades de energía -me advirtió-, energía valiosa necesaria para mantener cierto grado de claridad y control sobre la vida.

– ¿Qué es la red etérea? -balbucí, como si estuviera hablando dormida.

– La red etérea es la luminosidad que rodea al cuerpo físico -explicó-. Esta malla de energía es desgarrada por completo en el curso de la vida diaria. Enormes porciones de ella se pierden o se entrelazan con las bandas de energía de otras personas. Si alguien pierde demasiada fuerza vital, se enferma o muere.

Su voz me arrulló a tal grado que me encontré respirando desde el abdomen, como si estuviese profundamente dormida. Estaba recostada en la pared de la cueva, pero no sentía su dureza.

– La respiración funciona tanto en el nivel físico como en el etéreo -explicó-. Repara cualquier daño sufrido por la red etérea y la mantiene fuerte y flexible.

Quise preguntar algo acerca de mi recapitulación, pero no pude encontrar las palabras; parecían demasiado remotas. Sin que yo hiciera la pregunta, otra vez me proporcionó la respuesta.

– Es esto lo que has hecho con tu recapitulación durante todos estos meses. Estás recuperando los filamentos de energía que se perdieron de tu red etérea o que quedaron enredados a consecuencia de tu interacción con tus semejantes en tu vida cotidiana. Al encontrarse en esta interacción, estás recuperando todo lo que dejaste disperso a lo largo de veinte años y en miles de lugares.

Quise preguntar si el doble tenía una forma o color específicos. Estaba pensando en las auras. No respondió. Tras un largo silencio, abrí los ojos a la fuerza y vi que me encontraba sola en la cueva. Desde la oscuridad, me esforcé por penetrar la luz en la desembocadura frente a la cual lo había visto perfilado. Sospeché que se había apartado y que se encontraba cerca, esperando a que yo saliera. Mientras seguía atenta, apareció una mancha brillante de luz que se cernía a unos sesenta centímetros de mí. La ilusión me sobresaltó, pero al mismo tiempo me cautivó, de manera que no pude apartar los ojos de ella. Tenía la certeza irracional de que la luz estaba viva y consciente y sabía que yo tenía la atención puesta en ella. De súbito la esfera resplandeciente se expandió al doble de su tamaño y la envolvió un aro de intenso color morado.

Asustada, apreté los ojos fuertemente con la esperanza de que la luz desapareciera, a fin de que pudiese salir de la cueva sin tener que atravesarla. Estaba sudando, y el corazón me latía con fuerza. Sentía la garganta seca y oprimida. Con enorme esfuerzo hice disminuir el ritmo de mi respiración. Cuando abrí los ojos, la luz había desaparecido. Sentí la tentación de explicar todo lo sucedido como un sueño, porque con frecuencia me dormía durante mi recapitulación. Sin embargo, el recuerdo del maestro brujo y de lo dicho por él era tan vivo que estaba casi segura de que todo había sido verdad.

Cautelosamente me salí de la cueva, me puse los zapatos y me dirigí a la casa por el atajo. Clara se encontraba a la puerta de la sala, como si me estuviera esperando. Sin aliento, solté bruscamente que acababa o de hablar con el maestro brujo o de tener un sueño sumamente intenso acerca de él. Sonrió y, con un sutil movimiento de la barbilla, señaló el sillón. Quedé boquiabierta. Ahí estaba el mismo hombre que estuvo conmigo en la cueva unos pocos minutos antes, sólo que vestido de otra manera. Ahora llevaba un suéter gris de botones, una camisa sport y pantalones de vestir.

Era mucho más viejo de lo que me pareció antes, pero también mucho más vital. Me fue imposible precisar su edad; podía tener, de igual manera, cuarenta o setenta años. Parecía ser dueño de una fuerza extraordinaria, y no era ni flaco ni corpulento. Era moreno y de rasgos indígenas. Tenía la nariz aguileña, la boca fuerte, una barbilla cuadrada y brillantes ojos negros, con la misma intensa mirada que había observado en la cueva. Una mata gruesa y lustrosa de cabello blanco acentuaba sus facciones. El efecto extraordinario de su cabello era que no lo convertía en un anciano, como suelen hacerlo las canas. Recordé lo viejo que empezó a verse mi padre cuando su cabello adquirió un tono plateado y cómo lo ocultó con tintes y sombreros, pero fue en vano, porque tenía la vejez grabada en el rostro, en las manos y en todo el cuerpo.

– Taisha, permíteme presentarte. Este es el señor Juan Miguel Abelar -me dijo Clara.

El hombre se puso de pie cortésmente y alargó la mano.

– Me da mucho gusto conocerte, Taisha -dijo en un inglés perfecto mientras me estrechaba la mano fuertemente.

Quise preguntarle qué hacía ahí, cómo pudo cambiarse de ropa tan rápidamente y si realmente había estado en la cueva o no. Otra docena de preguntas también daba vueltas a mi cabeza, pero me encontraba demasiado alterada e intimidada para dar voz a alguna de ellas. Fingí estar calmada y ni por un instante creí revelar lo perturbada que en realidad me sentía. Comenté sobre lo bien que hablaba el inglés y la claridad con la que se había expresado al hablar conmigo en la cueva.

– Qué amable eres -respondió, con una sonrisa cautivadora-, pero debería hablar bien el inglés. Soy un yaqui. Nací en Arizona.

– ¿Vive usted en México, señor Abelar? -pregunté torpemente.

– Sí. Vivo en esta casa -replicó-. Vivo aquí con Clara.

La miró en una forma que sólo puedo describir como afecto puro. No supe qué decir. Me sentí cohibida, apenada por alguna misteriosa razón.

– No somos marido y mujer -dijo Clara, como para tranquilizarme, y los dos rompieron a reír.

En lugar de aligerar las cosas, su risa me hizo sentir más cohibida aún. Entonces reconocí, consternada, la emoción que estaba sintiendo: celos puros. Debido a un inexplicable impulso posesivo, sentía que él era mío. Traté de ocultar mi bochorno haciendo rápidamente algunas preguntas triviales.

– ¿Lleva mucho tiempo de vivir aquí en México?

– Sí, así es -dijo.

– ¿Piensa volver a Estados Unidos?

Fijó sus ojos ardientes en mí, luego sonrió y dijo, de una manera encantadora:

– Esos detalles no tienen importancia, Taisha. ¿Por qué no me preguntas acerca del tema que tratamos en la cueva? ¿Hay algo que no haya quedado claro?

Por sugerencia de Clara, nos sentamos; Clara y yo en el sofá y el señor Abelar en el sillón. Le pedí que me hablara más acerca del doble. El concepto me interesaba sobremanera.

– Algunas personas son maestros del doble -empezó-. No sólo pueden fijar la conciencia en él sino también impulsarlo a la acción. Sin embargo, la mayoría de nosotros ni siquiera está consciente de la existencia de nuestro lado etéreo.

– ¿Qué hace el doble? -pregunté.

– Todo lo que queramos; puede saltar encima de los árboles, volar por el aire, hacerse grande o pequeño o adoptar la forma de un animal. Puede percatarse de los pensamientos de la gente o convertirse en un pensamiento y lanzarse, en un instante, sobre vastas distancias.

– Incluso puede actuar como el yo -interpuso Clara, mirándome de frente-. Si sabes usarlo, puedes aparecerte delante de alguien y hablar con él, como si realmente estuvieras ahí.

El señor Abelar asintió con la cabeza.

– En la cueva percibiste mi presencia por medio de tu doble. Sólo cuando tu razón despertó dudaste de que la experiencia hubiese sido verdadera.

– Lo sigo dudando -indiqué-. ¿De veras estuvo usted ahí?

– Por supuesto -replicó, guiñándome el ojo-, tanto como ahora estoy aquí.

Por un instante me pregunté si estaría soñando en ese momento. Sin embargo, mi razón me aseguró que eso no era posible. Sólo para estar completamente segura, toqué la mesa; se sentía sólida.

– ¿Cómo lo hizo? -pregunté, recostándome en el sofá.

El señor Abelar guardó silencio por un momento, como si estuviera eligiendo sus palabras.

– Suelto mi cuerpo físico y dejo que mi doble se haga cargo -indicó-. Si nuestra conciencia está ligada al doble, no nos afectan las leyes del mundo físico; más bien nos gobiernan fuerzas etéreas. Pero cuando la conciencia se encuentra ligada al cuerpo físico, nuestros movimientos son limitados por la gravedad y otras restricciones.

Seguía sin entender si eso significaba que era posible encontrarse en dos sitios al mismo tiempo. Pareció darse cuenta de mi confusión.

– Clara me dice que te interesan las artes marciales -indicó el señor Abelar-. La diferencia entre una persona común y corriente y un experto en kung fu es que este último ha aprendido a controlar su cuerpo blando.

– Mis profesores de karate solían decir lo mismo -afirmé-. Insistían en que las artes marciales entrenaban el lado blando del cuerpo, pero nunca entendí qué querían decir con ello.

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