Donde Cruzan Los Brujos
- Автор: Abelar Taisha
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «Donde Cruzan Los Brujos». Краткое содержание книги:
Pidió a Clara que sacara un petate del closet. Lo extendió en el piso y me indicó que me acostara boca arriba con los brazos en los costados.
– ¿Qué me va a hacer? -pregunté, recelosa.
– No lo que tú crees -replicó bruscamente.
Clara se rió.
– Taisha desconfía mucho de los hombres -le explicó al señor Abelar.
– De poco le ha servido -contestó, cohibiéndome por completo. Luego se volvió hacia mí y explicó que me enseñaría un método sencillo para desplazar la conciencia del cuerpo físico a la red etérea que lo rodea.
– Acuéstate y cierra los ojos, pero no te duermas -ordenó.
Apenada, obedecí, sintiéndome curiosamente vulnerable acostada ahí delante de ellos. Se arrodilló a mi lado y me habló con voz suave.
– Imagínate unas líneas extendidas desde tu cuerpo hacia los lados, empezando por los pies -indicó.
– ¿Y si no puedo imaginármelas?
– Claro que podrás, si quieres -dijo-. Con toda tu fuerza dirige tu intento a la creación de esas líneas.
Explicó que en realidad no se trataba de imaginar las líneas, sino del misterioso acto de sacarlas de los lados del cuerpo, empezando por los dedos de los pies y continuando hasta la corona de la cabeza. Dijo que también debía sentir unas líneas que emanaban de las plantas de mis pies y se hundían en el suelo, e iban hacia mi cabeza, envolviendo mi cuerpo a todo su largo hasta la parte de atrás de mi cabeza; y otras líneas que irradiaban de mi frente, hacia arriba y bajaban por el frente de mi cuerpo hasta los pies, formando así una red o capullo de energía luminosa.
– Practícalo hasta que puedas soltar tu cuerpo físico y fijar tu atención a voluntad en tu red luminosa -dijo-. Con el tiempo un solo pensamiento bastará para extender y sostener esa red.
Traté de relajar mis músculos. Su voz tenía efectos sedantes, una cualidad hipnotizante; a veces parecía provenir de muy cerca, y luego desde muy lejos. Me advirtió que si en alguna parte de mi cuerpo la red se sentía apretada o resultaba difícil extender las líneas o éstas se enroscaban, era ahí donde tenía el cuerpo débil o herido.
– Puedes sanar esas partes permitiendo que el doble extienda la red etérea -dijo.
– ¿Cómo se hace eso?
– Dirigiendo tu intento, pero no con los pensamientos -indicó-. Dirige tu intento con el intento, que es la capa debajo de los pensamientos. Escucha con cuidado, búscalo debajo de tus pensamientos, lejos de ellos. El intento está tan alejado de los pensamientos que no podemos hablar de él; ni siquiera lo sentimos. Pero definitivamente podemos usarlo.
No podía ni siquiera concebir cómo dirigir mi intento con mi intento. El señor Abelar dijo que no debía costarme demasiado trabajo extender mi red, porque a lo largo de los últimos meses, durante mi recapitulación, había estado proyectando ese tipo de líneas etéreas, sin saberlo. Sugirió que empezara por concentrarme en mi respiración. Después de un tiempo que parecieron horas, durante el cual creo que me dormí una o dos veces, por fin percibí un intenso calor hormigueante en los pies y la cabeza. El calor se expandió hasta formar un aro que envolvía mi cuerpo a todo su largo.
Con voz suave, el señor Abelar me recordó que fijara la atención en el calor externo de mi cuerpo y que tratara de extenderlo, empujándolo hacia afuera desde el interior y permitiendo que se expandiera.
Me concentré en mi respiración hasta que todo vestigio de tensión desapareció dentro de mí. Al relajarme más aún, dejé que el calor hormigueante buscara su propio curso; no se movió hacia afuera ni se expandió; en cambio, se contrajo, hasta que tuve la sensación de estar acostada sobre un globo gigantesco que flotaba en el espacio. Experimenté un momento de pánico; dejé de respirar y por un instante empecé a asfixiarme. Entonces algo afuera de mí se hizo cargo y empezó a respirar por mí. Me envolvieron olas de energía arrulladora que se expandieron y contrajeron hasta que todo oscureció a mi alrededor y ya no pude fijar la conciencia en nada.
13
Desperté con la voz de Clara, que me decía que me incorporara. Tardé mucho tiempo en reaccionar; en primer lugar, porque estaba totalmente desorientada, y en segundo, porque tenía las piernas dormidas. Al notar mis dificultades, Clara me sujetó de los brazos, me jaló al frente y me metió unas almohadas detrás de la espalda, para que pudiera mantenerme sentada sin su ayuda. Me encontraba en mi cama y traía puesto mi camisón. Por la luz supe que la tarde ya estaba avanzada.
– ¿Qué pasó? -murmuré-. ¿Dormí toda la noche?
– Así es -replicó Clara-. Estaba preocupada por ti. Perdiste el control y pasaste a un limbo perceptual. Nadie pudo establecer contacto contigo. Así que decidimos dejarte dormir hasta que salieras de ello.
Me incliné al frente y me froté las piernas hasta que desapareció la sensación hormigueante. Aún me sentía mareada y extrañamente enervada.
– Tienes que hablar conmigo hasta que vuelvas a ser tú misma -dijo Clara en su tono más autoritario-. Esta es una de las ocasiones en que te servirá hablar.
– No tengo ganas de hablar -constesté, dejándome caer otra vez sobre las almohadas. Había empezado a sudar frío y mis miembros se sentían lacios, como de hule-. ¿Me hizo algo el señor Abelar?
– No en mi presencia -replicó Clara, riéndose jovialmente de su propio chiste. Me agarró las manos y les frotó el dorso, tratando de revivirme.
No estaba de humor para la frivolidad.
– ¿Qué pasó en realidad, Clara? -pregunté-. No recuerdo nada.
Se instaló cómodamente en la orilla de la cama.
– Tu primer encuentro con el nagual fue demasiado para ti -dijo Clara-. Estás demasiado débil; eso fue lo que pasó. Pero no quiero que pienses en eso, porque te desanimas con demasiada facilidad. Además, no quiero que leas entre líneas, como eres dada a hacerlo, y que vayas a sacar las conclusiones equivocadas.
– Puesto que ni sé lo que está pasando, ¿cómo voy a leer entre líneas? -pregunté, mientras me castañeaban los dientes.
– Estoy segura de que encontrarías el modo -suspiró Clara-. Eres particularmente experta en sacar conclusiones precipitadas y por desgracia sueles equivocarte. Y no importa que no sepas qué está pasando. Siempre supones que sí lo sabes.
Debí admitir que aborrecía las situaciones ambiguas. Siempre me ponían en desventaja. Quería saber lo que estaba pasando para hacer frente a todas las contingencias.
– Tu madre te enseñó a ser una mujer perfecta -dijo Clara-. Las mujeres perfectas infieren de la simple observación de lo que las rodea todo lo que necesitan saber, especialmente si hay un macho en la escena. Son capaces de anticiparse a los deseos más sutiles de éste. Siempre están conscientes de los cambios en su estado de ánimo, porque creen que estos cambios se deben a algo que ellas mismas dijeron o hicieron. Por consiguiente, creen que les corresponde apaciguar a su hombre.
Después de haberme visto, por medio de la recapitulación, actuar en esa forma una y otra vez, debí admitir, mortificada, que Clara tenía razón. Estaba bien entrenada. Una mirada, un suspiro o un tono de voz de mi padre bastaban para revelarme exactamente lo que estaba pensando o sintiendo. Lo mismo era cierto con respecto a mis hermanos. Yo reaccionaba a las señales más sutiles de su parte. Lo peor era que sólo tenía que imaginarme que yo no le agradaba a un hombre para ser capaz de hacer cualquier cosa a fin de complacerlo.
Clara me tocó el costado suavemente, como para llamar mi atención.
– Si tú y yo hubiéramos estado solas anoche, no te hubieras desmayado en forma tan dramática -dijo, esbozando una sonrisa sumamente irritante.
– ¿Qué estás insinuando, Clara? ¿Que encuentro atractivo al señor Abelar?
– Precisamente. Cuando un hombre está cerca de ti, experimentas una transformación instantánea. Te conviertes en la mujer que haría cualquier cosa con tal de llamar la atención de ese hombre, incluso desmayarse.
– Permíteme decirte que no estoy de acuerdo contigo -contesté-. Realmente no traté de adular al señor Abelar.
– ¡Piénsalo! No te pongas a la defensiva -pidió Clara-. No te estoy atacando. Tan sólo te señalo algo que yo también sentía y hacía antes.
En lo más recóndito sabía a qué se refería Clara. El señor Abelar poseía un encanto tan carismático que a pesar de su edad me parecía sumamente atractivo. Sin embargo, preferí no admitirlo, ni para mí misma ni delante de Clara. Para mi alivio, Clara no insistió en el tema.
– Te entiendo perfectamente, porque yo también tuve a mi Juan Miguel Abelar -indicó-. Era el nagual Julián Grau, el ser más apuesto y alegre que ha existido jamás. Era encantador, pícaro y gracioso; realmente inolvidable. Todo el mundo lo adoraba, incluyendo a Juan Miguel y el resto de mi familia. Todos besábamos el suelo que él pisaba.