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Estrella del mar [Star of the Sea - es]

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Estrella del mar [Star of the Sea - es]
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—Nehalennia —rezó—, ten piedad. A ti te ofrezco lo que debía haber entregado voluntariamente. —Sediento como estaba, le había sido imposible comer. La esparció bajo los árboles para cualquier criatura a la que pudiese ayudar. Se echó a dormir al lado de la fuente.

Durante la noche se desató una tormenta. Los árboles se agitaron y resistieron. Los ramas se soltaron al viento. La lluvia caía como lanzas. Gutherius buscó a ciegas un refugio. Dio con un tronco que por el tacto sintió hueco. Allí pasó la noche.

La mañana llegó soleada y en calma. Las gotas de lluvia relucían de muchos colores sobre las ramitas y el musgo. En lo alto pasaban las alas, Mientras Gutherius estiraba el cuerpo envarado, un perro salió de un matorral y se le acercó, No era un perro perdido sino un alto animal de caza de color gris. La alegría renació en el hombre.

—¿A quién perteneces? —preguntó—. Llévame hasta tu amo. El perro se dio la vuelta y se alejó. Gutherius lo siguió. Con el tiempo llegaron hasta un sendero y lo tomaron. Pero en ningún momento vio rastro de la humanidad. En su interior creció una idea.

—Eres el sabueso de Nehalennia —se atrevió a decir—. Te ha ordenado que me guíes a casa, o al menos hasta un arbusto lleno de bayas o nueces Para que pueda calmar mi hambre. Doy gracias a la diosa.

El perro no contestó, se limitó a seguir andando. No apareció nada de lo que el hombre esperaba, En lugar de eso, al cabo de un rato, se abrió el bosque. Oyó el mar y olió la sal. El perro se hizo a un lado y se perdió entre las sombras. Gutherius siguió avanzando. A pesar del cansancio, la alegría ardía en su interior, porque sabía que si seguía la línea de la costa hacia el sur llegaría a una aldea de pescadores donde tenia parientes.

En la playa se detuvo asombrado. Una nave yacía entre las sombras, varada por la tormenta, sin vela e incapaz de volver al mar, aunque no destrozada. La tripulación había sobrevivido. Estaban sentados, desesperados, puesto que eran extranjeros que nada sabían de esa costa. Gutherius fue hacia ellos y descubrió la gravedad de su situación. Por señas les indicó que él podía ser su guía. Le dieron de comer y dejaron algunos hombres de guardia mientras que otros lo acompañaron con raciones.

De esa forma se ganó Gutherius la recompensan que le había sido prometida: porque el barco llevaba una rica carga y el procurador decidió que al que había salvado a la tripulación le correspondía una parte justa. Gutherius pensó que la vieja mujer debía de haber sido la mismísima Nehalennia.

Al ser la diosa de los barcos y el comercio, él invirtió sus ganancias en una nave que hacía viajes a Britania. Siempre disfrutó de buen tiempo y viento seguro, mientras que las mercancías que transportaba siempre obtuvieron grandes precios. Gutherius se convirtió en un hombre rico.

Sabiendo lo que debía, levantó un templo a Nehalennia, donde después de cada viaje realizaba generosas ofrendas, y cuando veía relucir el lucero del alba o de la noche, se inclinaba, porque eran las estrellas de Nehalennia.

De ella son los árboles, las vides y los frutos que producen. De ella son el mar y las naves que lo surcan. De ella son el bienestar de los mortales y la paz entre ellos.

20

—Acabo de recibir tu carta —le había dicho Floris por teléfono—. Oh, sí, Manse, ven tan pronto como puedas.

Everard no había malgastado el tiempo tomando un avión. Se metió el pasaporte en un bolsillo y saltó directamente desde la oficina de la Patrulla en Nueva York a la de Ámsterdam. Allí consiguió algo de dinero holandés y cogió un taxi hasta su casa.

Cuando entraron en el apartamento y se abrazaron, el beso de ella fue más cariñoso que apasionado y acabó pronto. Él no estaba seguro de si eso le sorprendía o no, de si estaba decepcionado o aliviado.

—Bienvenido, bienvenido —le dijo al oído—. Ha pasado mucho tiempo. —Pero el cuerpo apenas presionaba contra él y pronto se apartó. El pulso empezó a ir más despacio.

—Tienes tan buen aspecto como siempre —dijo.

Era cierto. Un corto vestido negro realzaba la alta figura y destacaba las trenzas ámbar. La única joya era un broche en forma de pájaro del trueno de plata sobre el pecho izquierdo. ¿En su honor?

Una leve sonrisa curvó los labios de Floris.

—Gracias, pero mira más de cerca. Estoy muy cansada, y bien dispuesta para mis vacaciones.

En los ojos turquesa veía recuerdos terribles. ¿Qué más ha visto desde que nos dijimos adiós? —pensó—. ¿Qué me he perdido?

—Entiendo, Sí, más que yo. Tuviste que realizar el trabajo de diez personas. Debía haberme quedado a ayudar.

Ella movió la cabeza.

—No. Lo comprendí entonces y todavía lo comprendo. Una vez que la crisis estuvo resuelta, la Patrulla tenía mejores misiones para ti, el agente No asignado. Tenías autoridad para asignarte a ti mismo al resto de la misión, pero a un alto coste para tu línea de vida. —Volvió a sonreír—. El vicio y leal Manse.

Mientras que tú, la Especialista que realmente conoce el entorno, debe asegurarse de que el trabajo se completa, Con la ayuda que puedas conseguir de tus colegas y de los auxiliares recientemente entrenados para el propósito (no es mucho, ¿eh?) debes vigilar los acontecimientos; asegurarte de que siguen el curso de la primera versión de Tácito,, sin duda intervenir, con todo cuidado, aquí y allá, antes y después: hasta que finalmente estuviesen fuera de la zona inestable del espacio-tiempo y pudiesen ser abandonados a sus propios recursos.

Oh, ciertamente te has ganado las vacaciones.

—¿Cuánto tiempo permaneciste sobre el terreno? —preguntó.

—Desde el 70 al 95 d.C. Claro está, di saltos, así que en mi línea del mundo da un total de… algo más de un año. ¿Y tú, Manse? ¿De qué te has ocupado?

—Para ser sinceros, de nada más que de mi recuperación —admitió—. Sabía que regresarías a esta semana por tus padres, así como por tu personalidad pública, así que vine directamente, te dejé un par de días de descanso y te escribí.

¿Fue justo? He saltado atrás. Primero, porque soy menos sensible que tú; lo que sucede en la historia me afecta menos. Y además, has soportado los meses extra allí.

Era como si la mirada de ella buscase más allá de la cara de Everard.

—Eres dulce, —Riendo, con rapidez le agarró las manos—. Pero ¿por qué te quedas ahí? Ven, pongámonos cómodos.

Fueron a la sala de las pinturas y los libros. Ella había preparado una mesa baja con café, canapés, diversos accesorios, el whisky escocés que sabía que a él le gustaba… sí, Glenlivet, aunque él no recordaba habérselo nombrado específicamente, Se sentaron juntos en el sofá. Ella se recostó y sonrió.

—¿Comodidad? —ronroneó—, No, lujo. Una vez más estoy aprendiendo a apreciar mi época de nacimiento.

¿Está realmente relajada o es una fachada? Yo no puedo. Everard se sentó en el borde del cojín. Sirvió café para los dos y un buen whisky para sí mismo. Cuando la miró, ella le hizo un gesto de negativa y cogió la taza.

—Es temprano para mí —dijo.

—Eh, no estaba proponiendo atamos —le aseguró—. Nos lo tomaremos con calma, hablaremos e iremos a cenar, o eso espero. ¿Qué te parece ese delicioso local caribeño? O puedo hacer estragos en un rijstaffel, si lo prefieres.

—¿Y después? —preguntó ella con calma.

—Bien… —Sintió la sangre en las mejillas.

—¿Entiendes por qué tengo que mantener la cabeza despejada?

—Janne! ¿No creerás que … ?

—No, claro que no. Eres un hombre de honor. Creo que más honorable de lo que te conviene. —Le puso una mano en la rodilla—. Como has sugerido, hablaremos.

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