Al Faro
- Автор: Woolf Virginia
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:
Esperaba que no tirara los libros sobre el suelo en el piso de arriba, pensaba, recordando todavía lo molesto que era Charles Tansley. Porque ninguno de ellos dormía bien, eran niños nerviosos, y como había dicho lo que había dicho sobre el Faro, no le extrañaría nada que derribara una pila de libros, justo cuando estuvieran a punto de dormirse, que los hiciera caer de la mesa de un codazo. Porque supuso que se habría ido arriba a estudiar. Tenía un aspecto tan triste…, pero se sentiría aliviada cuando se fuera; mañana procuraría que lo trataran mejor; sin embargo era admirable con su mando; tenía que cuidar los modales; sin embargo a ella le gustaba cómo se reía; al pensar en esto, mientras bajaba por las escaleras, se dio cuenta de que se veía la luna por la ventana del rellano, la luna amarilla del equinoccio de primavera, se volvió, y la vieron, por encima de ellos, en pie, en las escaleras.
«Mi madre», pensó Prue. Sí, Minta debería mirarla, Paul debería mirarla. Eso es lo auténtico, sintió, como si sólo hubiera una persona así en todo el mundo; su madre. La adulta que había sido, hacía un momento, cuando hablaba con los demás, volvió a ser una niña; estaban jugando, lo que habían estado haciendo era un juego; y eso, se preguntaba, ¿le gustaría o le disgustaría a su madre? Pensaba en lo afortunados que eran Paul y Minta por poder verla, y en qué suerte tan grande la suya propia por tenerla. No quería crecer, ni irse de casa, y dijo, como una niña pequeña: «Estábamos pensando en bajar a la playa a ver las olas.»
Al momento, sin razón alguna, Mrs. Ramsay se convirtió en una muchacha de veinte años, llena de alegría. Se apoderó de ella, repentinamente, un espíritu festivo. Claro que tenían que ir, claro que tenían que ir, exclamaba, riéndose; y bajó corriendo los últimos tres o cuatro escalones; empezó a ir de uno a otro, a reírse, se puso el chal de Minta, empezó a decir que también a ella le gustaría ir, ¿regresarían muy tarde?, ¿tenía alguien reloj?
– Paul tiene -dijo Minta.
Paul extrajo un hermoso reloj de oro de una funda de gamuza para mostrárselo. Al exhibirlo en la palma de la mano, él pensó: «Lo sabe todo. No tengo que decir nada.» Decía al mostrarlo: «Lo he hecho, Mrs. Ramsay. Se lo debo todo a usted.» Al ver el reloj de oro en la palma de la mano, Mrs. Ramsay pensó: ¡Qué extraordinariamente afortunada es Minta! ¡Va a casarse con un hombre que guarda el reloj de oro en una funda de gamuza!
– ¡Cómo me gustaría ir con vosotros! -exclamó.
Pero algo muy fuerte la retenía, algo que nunca pensó en preguntarse qué era. Claro que era imposible para ella ir con ellos. Pero, si no hubiera sido por lo otro, le habría gustado ir. Divertida por lo absurdo de su idea (qué afortunada por casarse con un hombre que guarda el reloj en una funda de gamuza), se fue con una sonrisa en los labios a la otra habitación, donde leía su marido.
19
Por supuesto, se dijo, al entrar en la habitación, había venido a recoger algo que necesitaba. En primer lugar, quería sentarse en un sillón concreto, bajo una lámpara concreta. Pero quería algo más, aunque no sabía qué, no podía pensar en qué es lo que quería. Miró a su marido (cogiendo la labor del calcetín, y comenzando a tejer de nuevo), y advirtió que no quería que lo interrumpieran: era evidente. Leía algo que lo emocionaba como ninguna otra cosa. Esbozaba una sonrisa, se dio cuenta de que intentaba dominar sus emociones. Pasaba las páginas aprisa. Representaba lo que leía: quizá se creía que era uno de los personajes del libro. Se preguntaba de qué libro se trataría. Ah, era uno del bueno de sir Walter, lo vio, al ajustar la luz de la lámpara, para que cayera sobre la labor. Porque Charles Tansley había dicho (levantó la mirada, como si esperase oír el golpe de los libros al caer en el piso de arriba) que ya no se lee a Scott. Entonces su marido había pensado: «Eso es lo que dirán de mí», así es que se había ido a coger un libro de Scott. Si llegaba a esa conclusión: si «es verdad» lo que había dicho Charles Tansley acerca de Scott, lo aceptaría. (Se daba cuenta de que lo sopesaba, lo consideraba, lo tenía en cuenta continuamente al leer.) Lo aceptaría en el caso de Scott, no respecto de sí mismo. Siempre estaba intranquilo respecto de sí mismo. Eso la afligía. Siempre estaba preocupado por sus propios libros: ¿los leerán?, ¿son buenos?, ¿por qué no son mejores?, ¿qué piensan de mí? No le gustaba pensar de él en esos términos, y se preguntaba si a la hora de la cena alguien había advertido por qué se había enfadado de repente cuando hablaban de la fama y de los libros que permanecían, y se preguntaba si los niños se reían de eso, tiró del calcetín, y en su frente y mejillas se dibujaron de repente, como con instrumentos de acero, unas finas líneas, y se quedó quieta como un árbol al que ha zarandeado el viento, y ha estado moviéndose, y de repente cesa la brisa, y las hojas de quedan quietas, una tras otra.
Nada importaba, nada de eso importaba, pensaba. Un gran hombre, un gran libro, la fama: ¿quién sabe? Ella no sabía nada de eso. Pero así era él, ésa era la fidelidad que representaba; por ejemplo, durante la cena, ella había estado deseando de forma bastante intuitiva: ¡Ojalá hable! Tenía una confianza absoluta en él. Dejando todo esto a un lado, como cuando al bucear se deja a un lado un junco, hierbas, unas burbujas, sintió de nuevo, bajando a lo más profundo, lo que había sentido en el recibidor cuando los demás hablaban: Quiero algo… algo que he venido a coger, y cada vez se hundía más y más, sin saber qué era, con los ojos cerrados. Y esperó un poco, tejiendo, interrogándose, y lentamente pensaba en las palabras que habían dicho durante la cena, «la rosa china ha florecido, y zumba la amarilla abeja», y estas palabras empezaron a columpiarse en su mente de un lado a otro rítmicamente, y al columpiarse, las palabras, como débiles luces, roja, azul, amarilla, iluminaban la oscuridad de su mente, y parecía que dejaban sus apoyos de allí, y echaban a volar y volar; o parecían gritar y resonar en ecos; entonces se volvió a la mesa, y palpó con la mano para coger un libro.
Que todas las vidas que vivamos,
Que todas las vidas que haya,
Llenas estén acaso de árboles y hojas caducas.
Murmuró estos versos, insertó las agujas en el calcetín. Abrió el libro, y comenzó a leer aquí y allá, al azar; al hacerlo, sintió que ascendía de espaldas, hacia arriba, abriéndose camino bajo pétalos que se inclinaban sobre ella, de forma que sólo sabía que uno era blanco o rojo. Al principio no entendía qué significaban las palabras.