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Al Faro

Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:

Tal y como viene siendo habitual en la obra de Virginia Woolf, en?Al Faro? no se descubre nada nuevo para los incondicionales de la autora. Tanto en el argumento como en la t?cnica narrativa se pueden encontrar elementos comunes: personajes atormentados e insatisfechos consigo mismos y con la realidad que les ha tocado vivir, paisajes agrestes y desfavorables para la convivencia y habitabilidad humana, y la novedosa utilizaci?n de la tercera persona y del reproducci?n de los pensamientos de los protagonistas.
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Navegad, hacia aquí navegad en vuestros alados pinos, [derrotados marinos.

Leía, pasaba la página, cambiaba de rumbo, se movía en zigzag de un lado a otro, de un verso a otro, de una flor roja y blanca a otra, hasta que la distrajo un ruido: su marido se daba golpes en las piernas. Cruzaron la mirada unos instantes, pero no querían decirse nada. No tenían nada que decir, pero, no obstante, algo pareció ir de él a ella. Era la vida, el poder de ésta, era el incontenible humor, lo sabía, lo que le hacía darse golpes en las piernas. No me interrumpas, parecía decir, no digas nada, quédate ahí sentada. Seguía leyendo. Movía los labios. Se sentía completo. Se sentía fortificado. Había olvidado limpiamente todos los malestares y sinsabores de la velada, y cuánto le aburría estar sentado a la mesa mientras los demás comían y bebían interminablemente, y lo de estar tan arisco con su esposa, y tan picajoso y quisquilloso cuando hablaban de sus libros como si no fueran nada. Pero ahora, creía, le importaba poco quién llegaba a la Z (si es que el pensamiento se organizaba como un abecedario de la A la Z). Alguien llegaría, si no era él, sería otro. La fuerza y cordura de este hombre, su amor por las cosas sencillas y directas, por los pescadores, por la anciana loca en casa de Mucklebackit, esto era lo que le hacía sentirse tan vigoroso, tan aliviado, que se sentía excitado y triunfante, no podía contener las lágrimas. Levantó el libro un poco, para ocultar la cara, y las dejó caer, mientras sacudía la cabeza, y se olvidó de sí mismo por completo (pero no olvidó una o dos reflexiones acerca de la moralidad en las novelas francesas e inglesas, y el hecho de que Scott estuviese maniatado, y que su retrato fuese tan bueno como los de los otros), olvidó sus fastidios y fracasos por completo al ver que el pobre Steenie se había ahogado, y la pena de Mucklebackit (lo mejor de Scott), y el asombroso placer y la vigorosa sensación que le ofrecía.

Bien, que lo mejoren, pensó al concluir el capítulo. Se sentía como si hubiera estado discutiendo con alguien, y como si hubiera ganado. Esto, dijeran lo que dijeran, no podía mejorarse; se sintió más seguro respecto de sí mismo. Los amantes eran un puro sin sentido, pensó, ordenando todo de nuevo en su memoria. Los amantes, un sin sentido; esto otro, de primera; pensaba, colocando unas cosas junto a otras. Pero debía volver a leerlo. No podía ver los contornos del conjunto. Tenía que aplazar su juicio. Regresó a la otra idea: si a los jóvenes no les interesaba esto, era natural que tampoco él les interesara. No debía quejarse, pensaba Mr. Ramsay, intentando sofocar el deseo de quejarse a su esposa de que los jóvenes no le hacían caso. Pero lo había decidido, no volvería a molestarla. Miró cómo leía. Parecía muy tranquila, leía. Le gustaba pensar que todos se habían ido, y que ella y él estaban solos. No todo en la vida consistía en irse a la cama con una mujer, pensó, regresando a Scott y Balzac, a la novela inglesa y la novela francesa.

Mrs. Ramsay levantó la cabeza como la levantan quienes tienen el sueño ligero, parecía querer decir que si él quería que se despertara, podría despertarse, de verdad, pero si no, ¿podía seguir durmiendo un poquito más?, ¿sólo un poquito más? Iba ascendiendo por las ramas, de un lado a otro; cogía una flor; luego, otra.

Ni alabé de la rosa el bermellón intenso.

Leía, y al leer ascendía, hasta arriba, hasta lo más alto. ¡Qué satisfactorio! ¡Qué descanso! Todo lo fragmentario del día lo atraía este imán; sentía su mente aseada, la sentía limpia. Ahí estaba, con su forma repentina entre sus manos, hermoso y razonable, claro y completo, la esencia extraída de la vida, mostrada aquí en su integridad: el soneto.

Pero era consciente de que su marido la miraba. La sonreía, divertido, como si se riera con buen humor de que se hubiera dormido a la luz del día, pero como si simultáneamente siguiera pensando: Continúa leyendo. No te pongas triste ahora, pensaba él. Se preguntaba qué estaría leyendo ella, y exageraba la nota de su ignorancia, de su sencillez, porque a él le gustaba pensar que ella no era muy inteligente, no tenía cultura libresca. Se pregunta si entendía lo que leía. Quizá no, pensó. Era asombrosamente hermosa. Y le parecía, como si eso fuera posible, que su hermosura era aún mayor.

Mas como parecía invierno, y tú no estabas,

yo jugaba con ellas como con sombras tuyas.

Terminó.

– ¿Y? -preguntó ella, como si fuera el eco de su sonrisa soñolienta, levantando la mirada del libro.

yo jugaba con ellas como con sombras tuyas.

¿Qué había sucedido que fuera importante, pensaba ella, mientras volvía a coger la labor, desde la última vez que lo había visto a solas? Recordaba que se había vestido, que había visto la luna, a Andrew que sostenía el plato muy arriba al servirle la cena, que le había deprimido algo que había dicho William, los pájaros en los árboles, el sofá del rellano, los niños despiertos, Charles Tansley que los despertaba al dejar caer los libros sobre el suelo… ah, no, esto se lo había inventado, lo de la funda de gamuza del reloj que tenía Paul. ¿Cuál de estas cosas le contaría?

– Se han comprometido -dijo, mientras reanudaba la labor-, Paul y Minta.

– Me lo había figurado -dijo él; no había mucho más que decir. La mente de ella seguía de un lado a otro, de un lado a otro, siguiendo la poesía; él se sentía todavía vigoroso, capaz, después de haber leído lo del funeral de Steenie. Siguieron sentados en silencio. Luego ella se dio cuenta de que quería que él le dijera algo.

Cualquier cosa, cualquier cosa, pensaba mientras seguía tejiendo, cualquier cosa servirá.

– Qué bonito casarse con un hombre que guarda el reloj en una funda de gamuza -dijo, pero ésta era la clase de broma que sólo ellos compartían.

Resopló con desdén. Pensaba de este compromiso lo que pensaba de todos los compromisos: que la chica valía demasiado para el joven del que se tratara. Lentamente ella comenzó a pensar: ¿por qué querer que se case la gente? ¿Cuál es el valor, el sentido de las cosas? (Las palabras que se dijeran ahora serían la verdad.) Di algo, pensaba ella, con el único deseo de escuchar la voz de él. Porque la sombra, aquella cosa que los incluía a todos, comenzaba a cerrarse sobre ella de nuevo. Di algo, le suplicaba mudamente, mientras lo miraba, como si le pidiera ayuda.

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