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Al Faro

Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:

Tal y como viene siendo habitual en la obra de Virginia Woolf, en?Al Faro? no se descubre nada nuevo para los incondicionales de la autora. Tanto en el argumento como en la t?cnica narrativa se pueden encontrar elementos comunes: personajes atormentados e insatisfechos consigo mismos y con la realidad que les ha tocado vivir, paisajes agrestes y desfavorables para la convivencia y habitabilidad humana, y la novedosa utilizaci?n de la tercera persona y del reproducci?n de los pensamientos de los protagonistas.
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No es que en realidad corriera o pareciera tener prisa; a decir verdad, subía muy lentamente. Se sentía inclinada a quedarse quieta después de tanta charla, y a quedarse con una sola cosa, con la más importante; algo que fuera verdaderamente importante; separarla, aislarla, quitarle todas las emociones y las adherencias extrañas, y contemplarla, llevarla ante un tribunal, diligente como un cónclave, donde se sentaran los jueces que ella hubiera elegido para juzgarla. ¿Es buena?, ¿mala?, ¿está bien?, ¿está mal?, etcétera. Así se recomponía tras la violencia del acontecimiento, y de forma tan inconsciente como incongruente, utilizaba las ramas del olmo de afuera para dar estabilidad a su posición. El mundo de ella cambiaba: ellas estaban quietas. El acontecimiento le había dado una sensación de movimiento. Todo tenía que estar ordenado. Tenía que conseguir que esto estuviera bien, y lo de más allá, pensaba, dando por buena la digna quietud de los árboles; una vez más, y dando por buena también la soberbia elevación (como el pico de un barco sobre la cresta de una ola) de las ramas del olmo cuando el viento las subía. Porque hacía viento (se asomó un momento a mirar). Hacía viento, y las hojas se apartaban a veces, dejaban ver una estrella; las propias estrellas parecían estremecerse, parecían destellar entre los bordes de las hojas. Sí, ya estaba hecho: logrado; y, como todo lo concluido, era solemne. Ahora que lo pensaba, lejos de charlas y emociones, siempre había sido así, y sólo ahora se mostraba como era, y al mostrarse se volvía estable. Pensaba que, para el resto de la vida, siempre tendrían esta noche a la cual recurrir: la luna, el viento, la casa, también a ella. La halagaba, era su punto débil, el pensar que por mucho que vivieran, arraigada en los corazones, siempre estaría en ellos; esto, esto y esto, pensaba, mientras subía por las escaleras, riéndose, aunque afectuosamente, del sofá del rellano (de su madre), de la mecedora (de su padre), del mapa de las Hébridas. Todo esto viviría de nuevo en las vidas de Paul y Minta; «los Rayley», hacía pruebas con el nuevo nombre; y sentía, con la mano en el tirador de la puerta del cuarto de los pequeños, esa comunidad de sentimientos con otras personas que brinda la emoción, como si los tabiques hubieran adelgazado tanto que prácticamente (era una emoción de alivio y felicidad) fuera todo un torrente; como si sillas, mesas y mapas fueran de ella, de ellos, no importaba de quién; como si Paul y Minta cogieran el relevo cuando ella hubiera muerto.

Asió el tirador con fuerza, para que no chirriara, y entró, apretando levemente los labios, como si recordara que no tenía que hablar alto. Pero, en cuanto entró, se dio cuenta, con pesar, de que la precaución era innecesaria. Los niños no estaban dormidos. Era un fastidio. Mildred tenía que tener más cuidado. James estaba completamente despierto, Cam estaba sentada en la cama, y Mildred se había levantado, estaba descalza, eran casi las once, y estaban todos hablando. ¿Qué pasaba? Era otra vez el horrible cráneo. Le había dicho a Mildred que se lo llevara, pero a Mildred, por supuesto, se le había olvidado; Cam estaba completamente despierta, James estaba completamente despierto, y estaba disputando, cuando hacía horas que deberían haber estado todos dormidos. ¿En qué estaría pensando Edward para enviar este horroroso cráneo? Había sido demasiado inocente, y había dejado que lo colgaran allí. Estaba clavado, había dicho Mildred; Cam no podía dormir si lo veía, pero James gritaba cuando intentaban quitarlo.

Cam tenía que dormirse (tenía unos cuernos muy grandes, decía…), tenía que dormirse y soñar con bonitos palacios, dijo Mrs. Ramsay, sentándose en la cama, junto a ella. Veía los cuernos, decía Cam, por toda la habitación. Era verdad. Pusieran donde pusieran la luz (James no podía dormir si no había luz) siempre había una sombra de los cuernos en algún sitio.

– Pero, Cam, piensa que es sólo un cerdo -decía Mrs. Ramsay-, un bonito cerdo negro, como los del campo.

Pero Cam pensaba que se trataba de algo horrible, cuyos cuernos la amenazaban desde cualquier punto del dormitorio.

– Bueno, bueno -decía Mrs. Ramsay-, lo taparemos. Vieron cómo se dirigía a la cómoda, y cómo abría los cajoncitos con rapidez, uno tras otro; al no ver nada que sirviera, se quitó el chal, y lo enrolló sobre el cráneo, una y otra y otra vuelta; volvió donde Cam, y puso la cabeza casi a la misma altura que la de ella sobre la almohada, y le dijo que ahora tenía un aspecto muy bonito; que a los duendes les gustaría; que era como un nido, como una hermosa montaña de las que había visto en el extranjero, con valles y flores, con campanas que repicaban, con pájaros que trinaban, con cabritos y antílopes… Podía ver cómo las palabras le devolvían el eco del ritmo en la mente de Cam, cómo Cam las repetía a continuación: era una montaña, un nido, un jardín, y había diminutos antílopes; los ojos se abrían y cerraban; y Mrs. Ramsay seguía hablando de forma más monótona, más rítmicamente, más sin sentido; cómo tenía que cerrar los ojos para dormirse, para soñar con montañas y valles y estrellas que caían y loros y antílopes y jardines, y todo maravilloso, decía, levantando la cabeza muy despacio, y hablando cada vez más mecánicamente, hasta que se irguió por completo, y vio que Cam estaba dormida.

Ahora, susurraba, acercándose a su cama, James también tiene que dormirse, porque, mira, decía, el cráneo del jabalí sigue ahí; no lo habían tocado; habían hecho lo que él quería; está ahí, intacto. Le aseguró que el cráneo estaba debajo del chal. Pero él quería hacer otra pregunta. ¿Irían al Faro al día siguiente?

No, mañana, no, dijo, pero irían pronto, le prometió; el próximo día que hiciera bueno. Era un niño bueno. Se tumbó. Lo arropó. Pero nunca se le olvidaría, ella lo sabía; estaba enfadada con Charles Tansley, con su marido, con ella misma, porque ella le había hecho abrigar esperanzas. Al ir a colocarse bien el chal, recordó que lo había enrollado sobre el cráneo del jabalí; se levantó, bajó la ventana una o dos pulgadas más, escuchó el viento, respiró la fresca brisa de la tranquila noche, susurró buenas noches a Mildred, salió del dormitorio, y dejó que se deslizara con cuidado el resbalón de la cerradura.

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