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Al Faro

Электронная книга - «Al Faro». Краткое содержание книги:

Tal y como viene siendo habitual en la obra de Virginia Woolf, en?Al Faro? no se descubre nada nuevo para los incondicionales de la autora. Tanto en el argumento como en la t?cnica narrativa se pueden encontrar elementos comunes: personajes atormentados e insatisfechos consigo mismos y con la realidad que les ha tocado vivir, paisajes agrestes y desfavorables para la convivencia y habitabilidad humana, y la novedosa utilizaci?n de la tercera persona y del reproducci?n de los pensamientos de los protagonistas.
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– Déjeme ir con usted -y él se rió. Quiso decir sí o no, o ambos. Pero no era el significado, era la clase de risa con la que había respondido, como si hubiera dicho: Tírese por el acantilado, si lo desea, me da igual. Floreció en la mejilla de ella todo el calor del amor, su horror, su crueldad, su egoísmo. La quemaba, y Lily, dirigiendo la mirada hacia Minta, al otro extremo de la mesa, dirigiéndose con cortés amabilidad a Mr. Ramsay, sintió una contracción al pensar en ella expuesta a esos colmillos, y se sintió agradecida. Porque, en todo caso, se dijo, al ver el salero sobre el dibujo, ella no necesitaba casarse, gracias sean dadas a los cielos: no necesitaba tener que someterse a esa degradación. Se había evitado esa disminución. Llevaría el árbol todavía un poco más hacia el centro.

Tal era la complejidad de las cosas. Porque lo que le había sucedido, en su estancia con los Ramsay, era que ahora sentía a la vez dos cosas completamente opuestas; una cosa es lo que otro siente, eso es una; otra cosa es lo que una siente; y ambas se peleaban en su mente, como sucedía ahora. Es tan hermoso, tan emocionante, este amor, que tiemblo ante su culminación, y, en contra de mis hábitos, me ofrezco para ir a buscar un broche en la playa; y a la vez es la más estúpida, la más bárbara de las pasiones humanas, y convierte a un joven muy agradable, que tiene un perfil como una piedra preciosa (era exquisito el perfil de Paul) en un matón con una barra de hierro (era fanfarrón, insolente) en medio de Mile End Road. Sí, se dijo, desde los albores del tiempo se han cantado odas al amor; se han amontonado guirnaldas y rosas; si se les preguntara, nueve de cada diez personas dirían que es lo único que quieren; mientras que las mujeres, a juzgar por su experiencia, no dejarían de pensar, en todo momento: No es esto lo que queremos; no hay nada más tedioso, pueril, aburrido e inhumano que el amor; aunque también nada es tan hermoso y necesario. Y bien, ¿y bien?, preguntaba, esperando, en cierta forma, que los demás siguieran discutiendo, como si en una discusión como ésta una se limitara a arrojar su dardo que inevitablemente se quedaba corto, y dejara que los demás siguieran adelante. De forma que siguió escuchando lo que decían por si arrojaban alguna luz sobre el asunto del amor.

– Además está lo de ese líquido -decía Mr. Bankes- al que los ingleses llaman café.

– ¡Ah, claro, el café! -dijo Mrs. Ramsay. En realidad, se trataba (estaba muy animada, se dijo Lily, hablaba con vehemencia) de que hubiera buena mantequilla y de que hubiera leche en buenas condiciones. Hablaba con entusiasmo y elocuencia; describía los inconvenientes de las lecherías inglesas, y en qué estado se dejaba la leche junto a las puertas; estaba a punto de documentar estas acusaciones, porque había investigado ese asunto, cuando toda la mesa, comenzando por Andrew, en el centro, como fuego que saltara de una mata de árgoma a otra, rompió a reír: todos sus hijos se reían, su marido se reía; se reían de ella, era como si la rodeara el fuego; se vio obligada a arriar banderas, a rendir la artillería; su única respuesta consistió en explicar a Mr. Bankes que toda estas chanzas y bromas eran el precio que tenía que pagar por censurar los prejuicios de los ingleses ante ellos mismos.

Sin dudarlo, sin embargo, porque tenía presente que Lily la había ayudado con Mr. Tansley, y no participaba de las burlas, la segregó de los demás; «Lily, al menos, está de acuerdo conmigo»; Lily, un tanto agitada, levemente sobresaltada, fue atraída a su campo. (Pensaba en el amor.) Ni Lily ni Charles Tansley participaban de las burlas, creía Mrs. Ramsay. Ambos padecían por el resplandor de la otra pareja. Evidentemente, él se sentía relegado: en cuanto Paul Rayley estuviera en la misma habitación que él, ni una mujer le dirigiría una mirada. ¡Pobre hombre! Sin embargo siempre tendría su tesis, lo de la influencia de alguien sobre algo: sabía cuidarse solo. Lo de Lily era diferente. Ante el esplendor de Minta, se desvaía; pasaba aún más inadvertida, con el vestidito gris, la carita arrugada, los ojillos orientales. Era tan diminuto todo en ella. Sin embargo, pensaba Mrs. Ramsay, comparándola con Minta, mientras le pedía ayuda (porque Lily podría confirmar que no hablaba ella más sobre las lecherías que su marido acerca de los zapatos: podía pasarse una hora hablando de zapatos), a los cuarenta, Lily sería la mejor de las dos. Lily tenía cabeza, pasión; había algo singular en ella que a Mrs. Ramsay le gustaba mucho, pero se trataba de algo que, se temía, los hombres no advertían. No, claro que no, a menos que fuera un hombre mucho mayor, como William Bankes. Porque a él sí le importaba, es decir, a veces Mrs. Ramsay pensaba que a él sí le importaba ella, quizá desde la muerte de su esposa. No estaba «enamorado», por supuesto; se trataba de una de esas emociones inclasificables de las que hay tantas por ahí. Tonterías, tonterías, pensaba: William tenía que casarse con Lily. Tienen mucho en común. A Lily le encantan las flores. Ambos son fríos, guardan las distancias, saben valerse por sí solos. Tenía que arreglárselas para que dieran un largo paseo juntos.

Impensadamente los había colocado a uno enfrente del otro. Eso podría arreglarse mañana. Si hiciera bueno, podrían hacer una excursión. Todo parecía posible. Todo parecía bien. Ahora (pero esto no puede durar, pensaba, disociándose del momento mientras todos hablaban de zapatos), justo ahora había recobrado la calma; planeaba como un halcón en el aire; ondeaba como una bandera en el aire de la alegría que inundaba todos los nervios de su cuerpo plena y dulcemente, sin ruido, con solemnidad; porque nacía esta alegría, pensó, al ver cómo comían, de su marido, de sus hijos, de sus amigos; todo ello brotaba en esta profunda quietud (estaba sirviendo a William Bankes un bocado más, y escrutaba en las profundidades de la cazuela de barro), y se quedaba, sin una razón concreta, como humo, como unos vapores que ascendieran, que los mantuvieran unidos a todos. No hacía falta decir nada, no podía decirse nada. Había algo que los incluía a todos. Participaba, pensaba ella, mientras le servía a Mr. Bankes, con todo cuidado, una pieza particularmente tierna, de la eternidad; como ya lo había sentido respecto de algo diferente aquella misma tarde; hay coherencia en las cosas, estabilidad; algo, quería decir, que es inmune al cambio, algo que deslumbra (echó una mirada fugaz a la ventana con sus ondas de luces reflejadas) en la superficie de lo cambiante, lo fugitivo, lo espectral, como un rubí; de forma que volvió a tener esta noche la sensación que ya había tenido ese mismo día, de paz, de descanso. De momentos semejantes, pensó, se hace la eternidad. Éste era un momento de los que permanecían.

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