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El septimo hijo [Seventh Son - es]

Электронная книга - «El septimo hijo [Seventh Son - es]». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIX. Un Norteamérica alternativa en la que la magia y los conjuros del folklore popular son efectivos y en la que las colonias americanas no se han independizado todavía de la corona británica gobernada todavía por el lord Protector y cuyo rey está exiliado en Carolina del Sur. Un mundo en el que los pieles rojas se encuentran con los colonos que parten hacia el oeste.
En ese mundo rural, mágico y complejo, transcurren las historias de Alvin (séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón) llamado por la magia de su prodigioso nacimiento y las circunstancias que en él concurren, a poseer un don poco corriente, el de ser un Hacedor. Ello le enfrenta, incluso sin él saberlo a los poderes aniquiladores del Deshacedor. Sólo logrará sobrevivir y cumplir su misión con el uso de su excepcional don si llega a dominar su poder y evade las fuerzas ocultas que buscan su muerte antes de llegar a la edad adulta.
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—Piénsalo de otro modo, Alvin. Cuando haces una cesta, no puede ser más que una cesta. Pero cuando dices palabras, pueden ser repetidas una y otra vez y llenar los corazones de los hombres a miles de kilómetros del sitio donde las pronunciaste. Las palabras tal vez magnifiquen, pero las cosas jamás son más que lo que son.

Alvin trató de imaginarlo y, mientras Truecacuentos lo decía, la imagen cobró vida en su mente. Palabras, invisibles como el aire, que salían de la boca de Truecacuentos y se transmitían de persona a persona. Creciendo y creciendo, pero siempre invisibles.

Entonces, de pronto, la visión cambió. Vio que las palabras salían de la boca del predicador como un temblor en el aire, se dispersaban, se introducían en todas las cosas… y entonces, inesperadamente la imagen se convirtió en su pesadilla, en ese sueño atroz que lo acosaba, dormido o despierto, y que le atravesaba el corazón hasta hacerle desear la muerte. El mundo se colmaba de una nada invisible y temblorosa que se introducía en todas partes y descomponía todo lo que existía. Alvin la veía rodar hacia él como una inmensa bola cada vez más grande. Había aprendido de las otras veces que, aunque apretara los puños, la nada se escurriría entre ellos y, aunque cerrara la boca y los ojos, se comprimiría contra su rostro y se filtraría por su nariz y por sus oídos…

Truecacuentos lo sacudió. Con fuerza. Alvin abrió los ojos. El aire trémulo se retiró hacia los confines de su vista. Allí era donde Alvin lo veía casi siempre, al acecho, apenas fuera de su ángulo de visión, alerta como una comadreja, dispuesto a invadir terreno apenas volviera la cabeza.

—¿Qué te ha sucedido, niño? —preguntó Truecacuentos. El temor asomaba en su rostro.

—Nada —respondió Alvin.

—No digas «nada» —repuso Truecacuentos—. De pronto he visto que el miedo se apoderaba de ti, como si estuvieras ante una terrible visión.

—No era una visión —dijo Alvin—. Una vez tuve una visión, y por eso lo sé.

—¿Eh? ¿Y cómo fue esa visión?

—Un Hombre Refulgente —confesó Alvin—. Jamás se lo he contado a nadie, y no pienso empezar ahora.

Truecacuentos no insistió.

—¿Y ahora, qué has visto? Si no era una visión… pues bien, ¿qué era?

—Nada. —Era una respuesta verdadera, pero también sabía que no era ninguna respuesta. Pero no quería decirlo. Cuando lo contaba a otros, siempre recibía burlas por armar tanto escándalo por nada.

Pero Truecacuentos no pensaba dejarle eludir su pregunta.

—He aguardado largo tiempo la hora de tener una visión verdadera. Y tú, Al Júnior, has visto una a plena luz del día, con los ojos bien abiertos. Has visto algo tan terrible que te ha dejado sin aliento, y ahora me dirás qué fue.

—Ya te lo he dicho. ¡Nada! —Y luego, en voz más baja—: Es nada, pero puedo verlo. El aire se pone turbulento por donde pasa…

—Es nada, pero no es invisible…

—Se filtra en todas las cosas. Se introduce en las rendijas más pequeñas y lo deshace todo. Se agita sin parar hasta que no queda más que polvo, y luego hace temblar el polvo, y yo trato de impedirlo, pero cada vez se vuelve más grande y echa a rodar por encima de todas las cosas, hasta que parece llenar el cielo y la tierra por entero. —Alvin no podía controlarse. Estaba temblando de frío, aun cuando estaba abrigado como un oso.

—¿Cuántas veces has visto esto antes?

—Desde que tengo memoria. Se me aparece cada tanto. La mayoría de las veces pienso en otra cosa y se retira.

—¿Adonde?

—Se retira. Se aleja de mi vista. —Alvin se puso de rodillas y finalmente se sentó, exhausto. Se sentó sobre el césped húmedo con sus pantalones de los domingos, pero ni siquiera reparó en ello—. Cuando hablaste de extenderse más y más vino a mi mente otra vez.

—Cuando un sueño vuelve sin cesar es que intenta decirte la verdad —dijo Truecacuentos.

El anciano estaba tan excitado con el asunto que Alvin se preguntó si realmente habría comprendido lo pavoroso que era.

—Esto no es una de tus historias, Truecacuentos.

—Lo será —repuso—en cuanto logre comprenderla.

Truecacuentos se sentó a su lado y pensó en silencio durante una eternidad. Alvin estaba a su lado, retorciendo la hierba entre sus dedos. Pero no tardó en impacientarse.

—Quizá no puedas comprender nada. Tal vez sea una locura propia de mí. Tal vez me hayan hechizado…

—Vale —comenzó Truecacuentos, sin siquiera pensar en lo que Alvin acababa de decir—. He pensado en un significado. Déjame que te lo cuente, a ver si creemos en él.

A Alvin no le gustaba que lo ignoraran.

—O quizá seas tú el hechizado. ¿Alguna vez lo has pensado, Truecacuentos?

Truecacuentos apartó las dudas de Alvin de un manotazo.

—Todo el universo es un sueño de la mente de Dios, y mientras duerme, cree en él y las cosas siguen siendo reales. Lo que tú ves es que Dios comienza a despertar, y su vigilia se filtra por entre el sueño, deshace el universo, hasta que finalmente se sienta, se frota los ojos, y dice: «Caracoles, qué sueño. Ojalá pudiera recordar qué era», y en ese momento todos desaparecemos. —Miró a Alvin con ansiedad—. ¿Qué te parece?

—Si tú crees eso, Truecacuentos, eres tonto de remate, como dice Soldado de Dios.

—Aja, conque eso dice… —De pronto, Truecacuentos tomó la muñeca de Alvin de un zarpazo. Alvin se sorprendió tanto que dejó caer lo que tenía en la mano—. ¡No! Recógelo. Mira lo que estabas haciendo…

—Sólo jugueteaba, por todos los cielos.

Truecacuentos extendió su mano y recogió lo que Alvin había dejado caer. Era una cestilla diminuta, de menos de una pulgada de ancho, hecha de briznas de hierbas.

—Acabas de hacer esto.

—Supongo que sí —concedió Alvin.

—¿Por qué lo has hecho?

—Lo hice, eso es todo.

—¿Ni siquiera pensabas en lo que hacías?

—Bueno, a decir verdad, como canastilla no vale gran cosa. Solía hacérselas a Cally. De niño las llamaba cestas para bichos. Se deshacen con facilidad.

—Tuviste una visión de la nada y luego hiciste algo.

Alvin miró la cestilla.

—Supongo que sí.

—¿Siempre naces esto?

—Alvin pensó en las otras veces que había visto temblar el aire.

—Siempre estoy haciendo cosas —dijo—. No tiene significado. —Pero no te sientes bien nuevamente hasta que haces algo. Cuando se te presenta la visión de la nada, no logras serenarte hasta haber creado algo.

—Bueno, tal vez trabajando me tranquilice…

—Pero no se trata de trabajar, ¿verdad, niño? No creo que te serene cortar leña. Ni recoger huevos, ni bombear agua, ni cortar heno. Nada de eso te devuelve la paz.

Ahora Alvin comenzaba a ver la idea que había desarrollado Truecacuentos. Era cierto, por lo que podía recordar. Solía despertar de sus pesadillas por la noche y no podía dejar de dar vueltas hasta haber tejido algo, o armado una muñeca para las sobrinitas con vainas de maíz o construido algún almiar. Lo mismo cuando la visión lo perseguía de día: no podía hacer bien ningún quehacer hasta crear algo que no existiera antes, aunque no fuera más que una pila de piedras o parte de un muro de adoquines.

—Es cierto, ¿verdad? ¿Lo haces todas las veces?

—Casi siempre.

—Déjame que te diga el nombre de esa nada. Es el Deshacedor.

—Jamás oí hablar de él.

—Ni yo, hasta ahora. Eso es porque le gusta mantenerse oculto. Es el enemigo de todo lo que existe. Lo único que busca es deshacerlo todo en pedazos, y deshacer esos pedazos en pedazos, hasta que no queda nada.

—Si uno rompe algo en partes y rompe las partes en partes, no es la nada lo que obtiene… —razonó Alvin—. Lo que consigue es un montón de pedacitos.

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