Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: EDAF
- ISBN: 84-7640-448-4
- Переводчик: Rafael Lassaletta Cano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:
El mar que había abajo era tan oscuro que parecía casi morado, con una espuma de una blancura nívea sorprendente donde el agua y el precipicio se encontraban… pues Avalon no permanecía nunca en un lugar, sino que la isla flotaba sobre el océano occidental en una neblina creada por su propia magia…
No recordaba nada más. Holger suspiró y se dispuso a dormir.
Tras pasar aproximadamente una semana, había perdido la cuenta de los días, dejaron la selva y entraron en tierras en las que los bosques iban convirtiéndose en matorrales y pequeños grupos de árboles bajos. Podían verse los amarillos campos de trigo más allá de las colinas. Tras las vallas, pastaban vacas y peludos caballos pequeños. Las casas campesinas se iban haciendo numerosas, y sobre todo estaban hechas con tierras del lugar apisonada, reunidas en caseríos entre los campos cultivados. De vez en cuando podía verse un castillo con una empalizada de madera. Los más modernos, hechos de piedra, se encontraban hacia el oeste, donde el Sacro Imperio dominaba plenamente. Las montañas que Holger había cruzado, y el muro crepuscular de Faerie, hacía tiempo que habían dejado de verse. Sin embargo, hacia el norte podía ver la oscura línea azul de una cordillera mucho más alta, tres de cuyas cumbres nevadas parecían flotar pálidas y desencarnadas en el cielo. Hugi dijo que el Mundo Medio esta— ba también detrás de aquellas montañas. No era de extrañar que aquí los hombres siempre fueran armados, incluso cuando trabajaban en el campo; no era de extrañar que la elaborada civilización jerárquica del Imperio quedara menguada en favor de la falta de formalismos de las fronteras. Los caballeros a los que los viajeros fueron viendo durante dos noches sucesivas eran analfabetos, tipos parecidos a policías occidentales duros de puños, aunque bastante amigables y ávidos de noticias.
Hacia el anochecer del tercer día que pasaban en las zonas de campos entraron en Tarnberg, que Alianora decía era lo más próximo a una ciudad en toda la mitad oriental del ducado. Pero su castillo estaba vacío. El varón y sus hijos habían caído en la batalla contra los asaltantes paganos del norte, su dama se había ido hacia el oeste, con sus familiares imperiales, y no había llegado todavía ningún sucesor. Aquello formaba parte de la mala suerte general de los últimos años, de la irradiación de Caos conforme los mundomedianos iban extendiendo sus poderes. Ahora los hombres de Tarnberg hacían ellos mismos la guardia en los muros de madera y se gobernaban mediante consejos improvisados.
Al entrar cabalgando en su caballo, Holger vio una calle empedrada en la que jugaban los niños, los perros y los cerdos, y que serpenteaba entre casas hechas a medias de madera hacia la plaza del mercado, en la que había una iglesia, también hecha de madera, bastante parecida a una iglesia presbiteriana noruega. Papillon avanzó entre un ruidoso grupo de trabajadores y sus esposas, quienes se quedaron con la boca abierta, hicieron torpes reverencias pero no se aventuraron a dirigirse a él. No tenía ningún sentido anunciarse, por lo que había cubierto su escudo. Alianora, que cabalgaba delante con Hugi, era bien conocida, y Holger oyó que la llamaban.
—Oye, doncella-cisne, ¿qué te trae por aquí?
—¿Quién es el caballero?
—¿Qué noticias hay en los bosques, doncella—cisne? —¿Hay noticias de Charlemont? ¿Viste a mi primo Hersent?
—¿Conoces algo de las huestes de Faerie? —preguntaba una voz ansiosa; las gentes que oyeron esa palabra se santiguaron.
—¿Nos traes un señor para que nos defienda?
La joven sonreía y saludaba, pero no muy felizmente. No le gustaba tener a su alrededor muchos muros y personas.
Guió a Holger a una casa todavía más estrecha e irregularmente esquinada que las demás. Un cartel de madera colgaba del balcón, encima de la puerta. Holger leyó la florida escritura:
MARTINUS TRISMEGISTUS
Magister magici
Hechizos, encantamientos, profecías, curación, pociones amorosas, bendiciones, maldiciones, bolsas siempre llenas. Precios especiales para grupos
—Vaya —dijo Holger—. Parece un tipo emprendedor.
—Lo es, ciertamente —contestó Alianora—. También es el apotecario, dentista, escribano, zahorí y médico de caballos.
Alianora se bajó de un salto, dejando ver por un momento sus largas piernas desnudas. Holger se apeó también del caballo y ató las riendas a un poste. Había por allí algunos hombres de aspecto rudo, mirando intensamente los animales y el equipo.
—Vigila esto, Hugi —dijo.
—Si alguien trata de robar a Papillon haré que lo lamente —respondió el enano.
—Ja, eso es lo que temo —dijo Holger.
Dudaba si confiar su secreto a este brujo de caballos. Pero Alianora le había hablado muy bien de él, y no sabía en qué otro lugar buscar ayuda. Al entrar en la tienda sonó una campana. El lugar estaba oscuro y polvoriento. Repisas y mesas se amontonaban con una multitud de botellas, frascos, morteros, alambiques, retortas, enormes libros cerrados con cueros, cráneos, animales disecados y Dios sabría qué otras cosas. Un búho ululó desde donde estaba subido, un gato saltó desde el suelo.
—Entrad, entrad, buen señor, un momento por favor —dijo una voz delgada. El maestro Martinus salió trotando de las habitaciones posteriores mientras se frotaba las manos. Era un hombre pequeño vestido con una túnica negra raída en la que los símbolos del zodiaco habían ido desvaneciéndose de tantos lavados. Su cabeza, redonda y calva, mostraba una barba tenue y unos débiles ojos parpadeantes; su sonrisa era tímida—. ¿Cómo le va, sir, cómo le va? ¿Qué puedo hacer por usted? —añadió escrudiñándole más atentamente—. Vaya, si es la pequeña doncella—cisne. Entra, querida, entra. Aunque, evidentemente, ya has entrado, ¿no es así? Claro, claro que has entrado.
—Tenemos una tarea para ti, Martinus —dijo Alianora—. Puede que te resulte excesiva, pero no tenemos a ningún otro que pueda ayudarnos.
—Bien, bien, bien, haré lo que pueda, querida, y vos también, buen señor. Haré lo que pueda. Excusadme.
Martinus limpió el polvo de un pergamino que colgaba de la pared, y con eso atrajo la atención de Holger. Lo que allí había escrito afirmaba que Martinus, hijo de Holofii, había cumplido los niveles de la junta examinadora, etc., etc., y ahora, en virtud de los poderes con los que me han investido los regentes de la universidad de Rhiannon, le confiero el grado de magíster en el campo de la magia, con todos los privilegios y obligaciones que conlleva, etc.
—Creo que no puedo —Holger iba a explicar que no tenía dinero, pero Alianora le dio un codazo en las costillas.
—Hay temibles secretos en esta historia —dijo ella rápidamente—. Por eso ningún brujo común de las montañas puede conocer su alma —añadió dando al mago tal sonrisa que hasta Holger, que estaba en el límite, se sintió protegido—. Por eso te traje aquí al caballero.
—Y muy sabiamente que hiciste, joven, muy sabiamente, si se me permite decirlo. Entrad, por favor, entrad en mi despacho y discutiremos vuestro problema —dijo Martinus, conduciéndoles a un cubículo tan oscuro y arracimado como la tienda. Quitó los libros de las sillas, murmurando algunas excusas sobre su ama de casa, y gritó en voz alta—: ¡Vino! Trae vino para tres —y tras un breve silencio dijo—: ¡Atención! ¡Despierta! Vino para tres.
Holger se dejó caer en una de las sillas, que gimió alarmantemente bajo su peso. Alianora se puso en el borde de otra, parpadeando como un pájaro cogido en una trampa. Martinus encontró un tercer asiento, cruzó las piernas, hizo un puente con sus dedos y dijo: