La muerte visita al dentista
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #20
- Год: 1941
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 842720079X
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «La muerte visita al dentista». Краткое содержание книги:
—Es preciso—dijo el detective con energía—. Tengo que hacerle seguir peldaño a peldaño el camino que me condujo a la verdad. Me dije: «Debe de haber algún error. Aquí está una mujer muerta vestida con la ropa de miss Sainsbury Seale (a excepción de los zapatos) y aquí está también su bolso...; pero ¿por qué su cara está destrozada? ¿No será porque su rostro no es el de miss Sainsbury Seale?» E inmediatamente me puse a recordar lo que había oído sobre el aspecto de la dueña del piso, y me pregunté: «¿No puede ser esta otra la que yace aquí muerta?» Y fui a su habitación para tratar de imaginar qué clase de mujer era. Aparentemente, muy distinta a la otra. Elegante, extremada en el vestir y muy maquillada. Pero bastante parecidas en lo esenciaclass="underline" cabellos, estatura, edad... Solo había una diferencia: mistres Chapman calzaba un treinta y cinco y miss Sainsbury usaba el número diez en medias... Lo cual quiere decir que calzaría lo menos un treinta y seis. Por tanto, mistress Chapman tenía el pie más pequeño. Volví junto al cadáver. Si mi idea era exacta y el cuerpo fuera el de mistress Chapman, vestido como el de miss Seale, entonces los zapatos serían demasiado grandes. Tiré de uno, pero no salió. ¡Le estaba muy ajustado! Parecía como si, después de todo, fuese el cuerpo de miss Seale. Pero, entonces, ¿por qué le desfiguraron el rostro? Su identidad estaba suficientemente probada por el bolso que pudieron quitarle..., pero que dejaron. Era un rompecabezas. Desesperado busqué el librito de direcciones de mistress Chapman. Solo un dentista podía identificar el cadáver. Por coincidencia, su dentista era mister Morley, que había muerto, pero la identificación era todavía posible. Ya conoce el resultado. El cuerpo fue identificado en el depósito de cadáveres, por el sucesor de mister Morley, como el de mistress Chapman.
Blunt, impaciente, tamborileaba con sus dedos sobre la butaca. Poirot hizo caso omiso.
—Estaba ante un problema psicológico. ¿Qué clase de mujer era Mabelle Sainsbury Seale? Existían dos respuestas a esta pregunta. La primera era su vida en la India y el testimonio de sus amigos. Esto la retrataba como una mujer activa, de conciencia, aunque algo tonta. ¿Existía otra miss Sainsbury Seale? Aparentemente sí. La que había comido con un agente extranjero bien conocido, que había acosado a usted en la calle alegando amistad con su esposa (cosa que no era cierta), que había salido de casa de un dentista poco antes que falleciera y visitado a otra mujer la noche en que fue asesinada, desapareciendo luego, aunque debía saber que la Policía la buscaba. ¿Eran compatibles estas acciones con el carácter que describieron sus amistades? Parece ser que no. Además, si miss Seale no era la criatura dulce y buena que aparentaba, había de ser una asesina a sangre fría o por lo menos cómplice. Yo tenía mi criterio personal. Había hablado con ella. ¿Cómo la juzgué? Esta, mister Blunt, fue la pregunta más difícil de responder. Todo cuanto dijo, su modo de expresarse, sus gestos, sus modales, estaban de perfecto acuerdo con su carácter expresado, pero también concordaban con las de una actriz representando su papel. Y Mabelle Sainsbury Seale había empezado su vida como actriz. Yo estaba impresionado por una conversación que tuve con mister Barnes en Ealing, que también fue al número cincuenta y ocho de la calle Reina Carlota el día del suceso. Según su teoría, las muertes de mister Morley y de Amberiotis fueron accidentes, ya que la víctima debía ser usted.
—¡Ah, vamos, es algo traído por los pelos! —dijo Alistair Blunt.
—¿Sí, mister Blunt? ¿No es cierto que en estos momentos hay muchas personas para quienes es un asunto vital el que usted..., digamos..., sea destituido? ¿O que deje de ejercer su influencia?
—¡Oh, eso sí es verdad! Pero ¿por qué relacionarlo con la muerte de Morley?
—Porque hay cierta, ¿cómo diré yo?..., disipación en este caso..., el móvil no ha sido el dinero... ni una vida humana... Existe una temeridad..., una depravación... que señala los grandes crímenes.
—¿Así que no cree que Morley se suicidara?
—Nunca lo pensé. Ni por un instante. No. Morley fue asesinado. Amberiotis fue asesinado, y una mujer irreconocible fue asesinada, ¿por qué? Por casualidades. Barnes supone que quisieron sobornar a Morley o a su socio para que le eliminaran a usted.
—¡Qué tontería!—exclamó Alistair Blunt.
—¡Ah!, ¿sí? ¿Tontería? Quieren deshacerse de una persona que está sobre aviso, defendida, o es de difícil acceso. Para matarla es necesario acercarse a él sin despertar sospechas... ¿Y dónde estará un hombre más indefenso que en el sillón del dentista?
—Bien, puede que sea verdad. Nunca lo pensé.
—Es verdad. Y cuando me di cuenta, había dado el primer paso hacia la verdad.
—¿Así que acepta la teoría de Barnes? A propósito, ¿quién es ese Barnes?
—Es el paciente que Reilly tenía citado para las doce. Está jubilado del Ministerio de la Go-bernación y vive en Ealing. Es un hombrecillo insignificante. Pero se equivoca al decir que yo apruebo su teoría. No. Solo acepto el principio.
—¿Qué quiere decir?
El detective se explicó:
—Durante todo este caso he sido inducido, a veces involuntariamente, otras deliberadamente, a considerar este caso como un crimen público. Es decir, que usted, mister Blunt, era el foco por su carácter público. Usted, el banquero, rey de la Banca, conservador de la tradición. Mas todo hombre tiene también su vida privada. Ese fue mi error. Olvidé la vida privada. Y si existían razones de índole privada para matar a Morley (Francis Carter, por ejemplo), podía también haberlas para asesinarle a usted... Tiene usted parientes que heredarán su fortuna cuando muera. Gente que le aprecia y le odia... como hombre..., no como figura pública. Y así llegué a lo que llamo «la carta forzada»: el frustrado atentado de Francis Carter. Si era un ataque sincero, entonces era un crimen político. Pero ¿cabía otra explicación? Tal vez. Estuvo presente otro personaje. El hombre que sorprendió a Carter. Un hombre que pudo disparar y arrojar el revólver a los pies de Carter de modo que este tuviera que cogerlo y ser sorprendido con él en la mano. Consideré la situación de Howard Raikes. Estuvo en la calle Reina Carlota la mañana de la muerte de Morley. Es enemigo de todo lo que usted representa. Y hay algo más: quería casarse con su sobrina, y a la muerte de usted heredaría una bonita renta, aunque usted ha dispuesto prudentemente que no pueda tocar el capital. Entonces podía ser un crimen de índole particular, por intereses privados, por motivos de satisfacción personal. ¿Por qué lo tomé por un crimen público? Porque no una, sino muchas veces me habían sugerido esa idea, inclinándome a ella como el prestidigitador nos obliga a tomar la carta que él quiere. Y al ocurrírseme esta idea vislumbré los primeros atisbos de verosimilitud. Fue en la iglesia, al cantar un salmo. Hablaba de una red tendida... ¿Una trampa? ¿Preparada para mí? Pudiera ser. Pero ¿quién la puso? Solo una persona pudo hacerlo. No tenía sentido... o tal vez sí. ¿Habría estado enfocando el caso al revés? ¿No sería el móvil el dinero? ¿Desprecio de la vida? Sí. Porque los riesgos que había corrido el culpable eran múltiples... Si esta nueva y extraña idea era cierta, lo explicaría todo. Por ejemplo, el misterio de la doble personalidad de miss Sainsbury Seale y el enigma del zapato con hebilla, y responder a la pregunta: ¿Dónde está ahora miss Sainsbury Seale? Y he aquí que respondo a esto y más. Demuestra que miss Seale es el principio, medio y fin de este caso. No era que me pareciera que existían dos Mabelle Sainsbury Seale; es que efectivamente eran dos personas. La buena, estúpida y amable que alaban sus amistades, y la otra, la mujer que estaba mezclada en los crímenes, contaba mentiras y había desaparecido misteriosamente. Recuerde que el portero de las Residencias del Rey Leopoldo dijo que miss Seale había estado allí otra vez. Al reconstruir el caso, deduje que fue la única vez. No volvió a salir de las Residencias del rey Leopoldo. La otra Mebelle Sainsbury Seale salió en su lugar. Vestida con sus ropas y calzando un par de zapatos nuevos con hebilla, porque los otros le eran muy grandes, fue al hotel de la plaza Russell y recogiendo el equipaje de la muerta pagó la cuenta y se marchó al hotel Glengowrie Court. Recuerde que ninguno de sus amigos íntimos la vio a partir de entonces. Durante una semana representó el papel de Mabelle Sainsbury Seale. Usaba sus vestidos, hablaba como ella, y también tuvo que comprar un par de zapatos de noche más pequeños... y luego desapareció. Se la vio por última vez en las Residencias del rey Leopoldo la noche del día en que Morley fue asesinado.