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Al final del invierno [At Winter's End - es]

Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:

Tras miles de años, el Largo Invierno producido en la Tierra por el bombardeo de cometas que causaron las estrellas de la muerte llegó a su fin. Los que salieron del capullo para enfrentarse a los peligros del mundo exterior en busca de la Nueva Primavera se llamaban a si mismos humanos... Su destino era la creación de un nuevo mundo.
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Luego abandonaron aquel lugar reseco y entraron en una tierra verde interrumpida por cadenas lacustres y por un río turbulento que cruzaron sobre balsas de madera liviana, obtenida del tronco de una criatura delgada y azul que parecía mitad serpiente y mitad árbol. Pasando el río, se erguía una cadena de montes bajos. Un día, mientras atravesaban las alturas, Torlyri, la de la vista aguda, vislumbró un enorme grupo de hjjks a lo lejos, todo un inmenso ejército de esos seres que marchaba hacia el sur. Bajo la luz cobriza de la penumbra, no parecían mayores que hormigas, abriéndose paso por un desfiladero rocoso, pero debían de ser miles… una multitud terrorífica. Sin embargo, no dieron señales de haber reparado en la pequeña tribu de Koshmar. Los seres-insecto pronto se perdieron de vista más allá de los pliegues montañosos.

Los días volvieron a hacerse más largos. El aire se tornó más tibio, y luego incluso cálido. De vez en cuando desde el norte soplaban nuevas ráfagas de viento, pero cada vez más escasas y con menor frecuencia. Nadie podía dudar de que las garras mortales del invierno se iban aflojando, que por fin dejaba de ser un motivo de preocupación. En ciertas partes del mundo, el invierno continuaba imperando, pero ellos se encontraban en una tierra primaveral, y cuanto más hacia el oeste se dirigían, más apacible se tornaba el tiempo. Koshmar lo vivía como una reivindicación. El dios de las estaciones sonreía sobre ella.

No obstante, ¿dónde estaba Vengiboneeza? Según las crónicas, la capital perdida de los ojos-de-zafiro estaba en el lugar donde el sol se retira a descansar. Pero, ¿dónde quedaba eso? Al oeste, sin duda. Pero el oeste era un sitio inmenso que se extendía sin fin. Cada noche la tribu se encontraba un poco más hacia el Occidente, y cuando el sol desaparecía detrás del fin del mundo, al final de la jornada, resultaba evidente que tanta marcha no los había acercado más a su objetivo.

— Busca de nuevo en los libros — ordenaba la cabecilla a Hresh desesperadamente —. Tiene que haber algún fragmento que has pasado por alto donde detalla cómo llegar a Vengiboneeza.

El pequeño recorría las páginas una y otra vez con las manos. Buscaba en los libros más viejos y polvorientos, en los que sólo hablaban del Gran Mundo. Pero no había nada. Tal vez no se fijaba en los puntos adecuados. O quizá los autores de las crónicas no habían considerado necesario consignar la localización de la gran ciudad, por tratarse de un punto de todos conocido. O posiblemente la información se había perdido. Las crónicas más antiguas no eran los textos originales; de eso estaba seguro. Los verdaderos se «habían destruido de puro viejos hacía cientos de miles de años. El poseía copias de copias de copias, escritas a partir de las maltrechas versiones anteriores por generaciones de cronistas durante la larga noche transcurrida dentro del capullo. ¿Quién sabía qué parte del texto había sido modificada por error, o descartada por entero en ese constante proceso de transcripción? Gran parte del contenido de los textos le resultaba del todo incomprensible. Y lo que allí había, si bien a menudo era suficientemente claro, otras veces tenía la engañosa lucidez espectral de los sueños, donde todo parece correcto y lógico aunque en realidad nada tiene sentido.

Hresh pensó que tal vez fuera el momento de emplear el Barak Dayir Pero tenía miedo. Nunca había tenido miedo de nada, ni siquiera cuando había intentado fugarse del capullo. Pero no, eso no era cierto. Había temido que Koshmar le matara; la muerte le asustaba, para qué negarlo. Pero la muerte era la única pregunta que contenía su propia respuesta, y cuando uno hacía la pregunta y obtenía la respuesta, todo acababa, uno ya no era nada. Así que ésa era la única respuesta que temía.

La pregunta de cómo utilizar la Piedra de los Prodigios bien podría ser la misma que cómo comprender la muerte. Y si no se protegía debidamente, acaso ambas tuvieran idéntica respuesta. Dejó el Barak Dayir en el estuche de terciopelo.

— Dime cómo llegar a Vengiboneeza — repitió Koshmar.

— Seguiré indagando — prometió Hresh —. Dame unos días más y te diré lo que deseas saber.

Un día, mientras Hresh consultaba los libros, Harruel se le acercó. Le miró desde toda su altura, como solía hacer, y le llamó:

— ¡Anciano! ¡Cronista!

Hresh levantó la mirada, sorprendido. Sin pensarlo, apartó el libro que estaba leyendo del alcance de Harruel) ¡como si él fuese capaz de leerlo!

— ¡Si — quieres hablarme — indicó Hresh —, siéntate.

¡Eres demasiado alto y si tengo que mirarte desde abajo me duele el cuello!

Harruel se echó a reír.

— ¡Qué atrevido eres!

— ¿Hay algo que desees saber de mí?

Harruel volvió a reír. Era una risa áspera que estallaba de él, como el sonido que hacen las rocas al despenarse por una pendiente. Pero los ojos le brillaban. Hresh sabía que estaba jugando un juego absurdo, si no peligroso. Un niño que aún no había cumplido nueve años daba órdenes al hombre más fuerte de la tribu. Harruel no tenía más remedio que echarse a reír o lanzarle rodando por los campos. Pero yo soy el cronista, pensó Hresh desafiante. Soy el anciano. Él no es más que un tonto con músculos.

El guerrero se puso de rodillas a su lado y se acercó, para que Hresh estuviera más cómodo. Harruel despedía cierto olor intenso. y acre, y en su tamaño impresionante había algo inquietante.

— Necesito que me proporciones cierto conocimiento — dijo Harruel, con su voz grave.

— Continúa.

— Cuéntame qué era un rey.

— ¿Rey? — dijo Hresh. Era una palabra antigua, que jamás había oído en toda su vida. Era extraño que ahora la mencionase Harruel —. ¿Qué sabes acerca de lo que significa ser rey?

— Algo — contestó —. Recuerdo que Thaggoran habló dé ello en una ocasión, mientras leía las crónicas. Entonces tú eras muy pequeño. Habló de Lord Fanigole y de Lady Theel, y de Balilirion, y de los demás fundadores del Pueblo en la época en que cayeron las estrellas de la muerte. Eran todos hombres, salvo Lady Theel, y eran ellos quienes gobernaban. Pregunté si en los viejos tiempos solían gobernar los hombres, y Thaggoran respondió que en la época del Gran Mundo hubo muchos reyes, hombres como yo, y no sólo entre los humanos… Thaggoran dijo que los ojos-de-zafiro también tenían reyes, y que cuando hablaba el rey, los demás obedecían sus órdenes.

— Tal como hoy obedecemos las palabras de la cabecilla.

— Tal como hoy obedecemos las palabras de la cabecilla. Sí. — repitió Harruel.

— En ese caso, ya sabes cuanto necesitas sobre los reyes. ¿Qué más puedo decirte?

— Dime que existieron.

— ¿Que hubo hombres que fueron reyes en el Gran Mundo? — Hresh se encogió de hombros. No había estudiado esa parte. Y aunque no fuera así, dudaba que debiera dar ese tipo de información a Harruel, o a alguien que no fuese Koshmar. Las crónicas se registraban fundamentalmente para dar orientación a la cabecilla, no para diversión de la tribu — No sé mucho acerca de lo que significa ser rey. Lo que me has contado probablemente sea todo cuanto se conoce sobre el tema.

— Podrás hallar más datos, ¿verdad?

— Tal vez haya más en las crónicas — aventuró Hresh con cautela.

— Busca, y cuando lo encuentres, dímelo. Me parece que no debíamos haber olvidado a los reyes. El Gran Mundo renacerá otra vez, y tenemos que saber cómo eran entonces las cosas si queremos darle vida por segunda vez. Investiga en tus libros, niño. Aprende sobre los reyes, y luego enséñamelo.

— No debes llamarme niño — replicó Hresh.

Harruel se echó a reír de nuevo, pero esta vez los ojos no le brillaron.

— Busca esos datos en los libros — repitió —. Y enséñame lo que encuentres… anciano. Cronista.

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