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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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– La señora Palmer se veía muy bien, y me encargó decirle que de todas maneras la verá mañana.

– Claro, seguro, así lo pensé. Bien, coronel, he traído a dos jóvenes conmigo, como puede ver… quiero decir, puede ver sólo a una de ellas, pero hay otra en alguna parte. Su amiga, la señorita Marianne, también… como me imagino que no lamentará saber. No sé cómo se las arreglarán entre usted y el señor Willoughby respecto de ella. Sí, es una gran cosa ser joven y guapa. Bueno, alguna vez fui joven, pero nunca fui muy guapa… mala suerte para mí. No obstante, me conseguí un muy buen esposo, y vaya a saber usted si la mayor de las bellezas puede hacer más que eso. ¡Ah, pobre hombre! Ya lleva muerto ocho años, y está mejor así. Pero, coronel, ¿dónde ha estado desde que dejamos de vemos? ¿Y cómo van sus asuntos? Vamos, vamos, que no haya secretos entre amigos.

El coronel respondió con su acostumbrada mansedumbre a todas sus preguntas, pero sin satisfacer su curiosidad en ninguna de ellas. Elinor había comenzado a preparar el té, y Marianne se vio obligada a volver a la habitación.

Tras su entrada el coronel Brandon se puso más pensativo y silencioso que antes, y la señora Jennings no pudo convencerlo de que se quedara más rato. Esa tarde no llegó ningún otro visitante, y las damas estuvieron de acuerdo en irse a la cama temprano.

Marianne se levantó al día siguiente con renovados ánimos y aire contento. Parecía haber olvidado la decepción de la tarde anterior ante las expectativas de lo que podía ocurrir ese día. No hacía mucho que habían terminado su desayuno cuando el birlocho de la señora Palmer se detuvo ante la puerta, y pocos minutos después entró riendo a la habitación, tan encantada de verlos a todos, que le era difícil decir si su placer era mayor por ver a su madre o de nuevo a las señoritas Dashwood. ¡Tan sorprendida de su llegada a la ciudad, aunque más bien era lo que había estado esperando todo ese tiempo! ¡Tan enojada porque habían aceptado la invitación de su madre tras rehusar la de ella, aunque al mismo tiempo jamás las habría perdonado si no hubieran venido!

– El señor Palmer estará tan contento de verlas -dijo-; ¿qué creen que dijo cuando supo que venían con mamá? En este momento no recuerdo qué fue, ¡pero fue algo tan gracioso!

Tras una o dos horas pasadas en lo que su madre llamaba una tranquila charla o, en otras palabras, innumerables preguntas de la señora Jennings sobre todos sus conocidos, y r isa s sin motivo de la señora Palmer, la última propuso que todas la acompañaran a algunas tiendas donde tenía que hacer esa mañana, a lo cual la señora Jennings y Elinor accedieron prontamente, ya que también tenían algunas compras que hacer; y Marianne, aunque declinó la invitación en un primer momento, se dejó convencer de ir también.

Era evidente que, dondequiera fuesen, ella estaba siempre alerta. En Bond Street, especialmente, donde se encontraba la mayor parte de los lugares que debían visitar, sus ojos se mantenían en constante búsqueda; y en cualquier tienda a la que entrara el grupo, ella, absorta en sus pensamientos, no lograba interesarse en nada de lo que tenía enfrente y que ocupaba a las demás. Inquieta e insatisfecha en todas partes, su hermana no logró que le diera su opinión sobre ningún artículo que quisiera comprar, aunque les atañera a ambas; no disfrutaba de nada; tan sólo estaba impaciente por volver a casa de nuevo, y a duras penas logró controlar su molestia ante el tedio que le producía la señora Palmer, cuyos ojos quedaban atrapados por cualquier cosa bonita, cara o novedosa; que se enloquecía por comprar todo, no podía decidirse por nada, y perdía el tiempo entre el éxtasis y la indecisión.

Ya estaba avanzada la mañana cuando volvieron a casa; y no bien entraron, Marianne corrió ansiosamente escaleras arriba, y cuando Elinor la siguió, la encontró alejándose de la mesa con desconsolado semblante, que muy a las claras decía que Willoughby no había estado allí.

– ¿No han dejado ninguna carta para mí desde que salimos? -le preguntó al criado que en ese momento entraba con los paquetes. La respuesta fue negativa-. ¿Está seguro? -le dijo-. ¿Está seguro de que ningún criado, ningún conserje ha dejado ninguna carta, ninguna nota?

El hombre le respondió que no había venido nadie.

– ¡Qué extraño! -dijo Marianne en un tono bajo y lleno de desencanto, a tiempo que se alejaba hacia la ventana.

“¡En verdad, qué extraño!”, dijo Elinor para sí, mirando a su hermana con gran inquietud. “Si ella no supiera que él está en la ciudad, no le habría escrito como lo hizo; le habría escrito a Combe Magna; y si él está en la ciudad, ¡qué extraño que no haya venido ni escrito! ¡Ah, madre querida, debes estar equivocada al permitir un compromiso tan dudoso y oscuro entre una hija tan joven y un hombre tan poco conocido! ¡Me muero por preguntar, pero cómo tomarán que yo me entrometa!”

Decidió, tras algunas consideraciones, que si las apariencias se mantenían durante muchos días tan ingratas como lo eran en ese momento, le haría ver a su madre con la mayor fuerza posible la necesidad de investigar seriamente el asunto.

La señora Palmer y dos damas mayores, conocidas íntimas de la señora Jennings, a quienes había encontrado e invitado en la mañana, cenaron con ellas. La primera las dejó poco después del té para cumplir sus compromisos de la noche; y Elinor se vio obligada a completar una mesa de whist para las demás. Marianne no aportaba nada en estas ocasiones, pues nunca había aprendido ese juego, pero aunque así quedaron las horas de la tarde a su entera disposición, no le fueron de mayor provecho en cuanto a distracción de lo que fueron para Elinor, porque transcurrieron para ella cargadas de toda la ansiedad de la espera y el dolor de la decepción._ A ratos intentaba leer durante algunos minutos; pero pronto arrojaba a un lado el libro y se entregaba nuevamente a la más interesante ocupación de recorrer la habitación de un lado a otro, una y otra vez, deteniéndose un momento cada vez que llegaba a la ventana, con la esperanza de escuchar el tan ansiado toque en la puerta.

CAPITULO XXVII

– Si se mantiene este buen tiempo -dijo la señora Jennings cuando se encontraron al desayuno la mañana siguiente sir John no querrá abandonar Barton la próxima semana; es triste cosa para un deportista perderse un día de placer. ¡Pobrecitos! Los compadezco cuando eso les ocurre… parecen tomárselo tan a pecho.

– Es verdad -exclamó Marianne alegremente, y se encaminó hacia la ventana mientras hablaba, para ver cómo estaba el día-. No había pensado en eso. Este clima hará que muchos deportistas se queden en el campo.

Fue un recuerdo afortunado, que le devolvió todo su buen ánimo.

– En verdad es un tiempo mara villoso para ellos -continuó, mientras se sentaba a la mesa con aire de felicidad-. ¡Cómo estarán disfrutándolo! Pero -otra vez con algo de ansiedad-, no puede esperarse que dure demasiado. En esta época del año, y después de tantas lluvias, seguramente no seguirá así de bueno. Pronto llegarán las heladas, y lo más probable es que sean severas. Quizá en uno o dos días; este clima tan suave no puede seguir mucho más… no, ¡quizá hiele esta noche!

– En todo caso -dijo Elinor, con la intención de impedir que la señora Jennings pudiera descifrar los pensamientos de su hermana tan claramente como ella-, diría que tendremos a sir John y a lady Middleton en la ciudad a fines de la próxima semana.

– Claro, querida, te aseguro que así será. Mary siempre se sale con la suya.

“Y ahora”, conjeturó en silencio Elinor, “Marianne escribirá a Combe en el correo de hoy”.

Pero si fue que lo hizo, la reserva con que la carta fue escrita y enviada logró eludir la vigilancia de Elinor, que no pudo constatar el hecho. Cualquiera fuese la verdad, y lejos como estaba Elinor de sentirse completamente satisfecha al respecto, mientras viera a Marianne de buen ánimo, ella tampoco podía sentirse muy a disgusto. Y Marianne estaba de buen ánimo, feliz por la suavidad del clima y más contenta aún con sus expectativas de una helada.

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