Ovnis: S.O.S a la Humanidad
- Автор: Бенитес Хуан Хосе
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «Ovnis: S.O.S a la Humanidad». Краткое содержание книги:
El libro da a conocer a la Misión RAMA e impulsa el nacimiento de un movimiento contactista, que se mutiplica en toda América Latina y España. Así, Benítez devino en responsable indirecto de introducir las ideas de los supuestos contactados con alienígenas entre miles de adolescentes iberoamericanos. De esta manera, Benítez se transformó en redactor OVNI `full time`, como él acostumbra decir. Colaboró con las principales revistas ufológicas españolas (Mundo Desconocido, Karma-7) y latinoamericanas (Contactos Extraterrestres, Cuarta Dimensión), se cubrió con la aureola de `investigador de campo` y correteador de OVNIs. Tras comprar unas botas con unos casquillos metálicos en la punta para poder patear la geografía española, escribió 100,000 Km tras los OVNIs, donde afirma haber vuelto a aplicar la técnica telepática que había aprendidp en Perú para contactarse con `ellos`. Tampoco consiguió constancia fotográfica de su encuentro.
Creo que durante las dos horas largas que permanecimos en «La Mina», los ocho que integrábamos el grupo hablamos de todo. Pero, fue curioso. Casi no se mencionó el tema y la razón que nos había llevado precisamente hasta allí. «¿Sería -pensé yo después- que todos los "invitados" nos encontrábamos molestos y violentos?»
Lejos de aumentar mi nerviosismo, conforme el reloj se fue aproximando a las nueve de la noche, me sentía más cansado y malhumorado. Aquel frío resultaba insoportable…
Recuerdo que pocos minutos antes de las nueve de la noche, Carlos Paz Wells nos anunció que el «contacto visual» -según «comunicación» reciente, sostenida por él mismo con su «guía»- tendría lugar, exactamente, a las nueve y quince. Debíamos, simplemente, esperar.
«Muy bien -me dije a mí mismo-. Pues esperaré… Confío que esto termine lo antes posible. Voy a acabar helado.»
Pasaron los minutos y mi mirada -pienso yo que por esa curiosidad que, a pesar de todo, queda siempre en el fondo del alma- comenzó a pasearse, una vez más, por aquel negro cielo. No había posibilidad alguna de ver una sola estrella o planeta. Y mucho menos, la Luna.
Pero aquella curiosidad mía terminaría por esfumarse al poco, cuando uno de los invitados sacó a conversación el problema de Chile, aireado días antes por toda la Prensa del mundo y especialmente por la peruana.
Aquello nos hizo olvidar -hasta cierto punto- la proximidad del momento. Recuerdo que dos de los miembros del «IPRI» -Carlos Paz Wells y el ingeniero- se encontraban un tanto separados de nosotros y en compañía -si mi memoria no me traiciona- de Lilian. Su distancia respecto de nosotros no rebasaría quizá los treinta o cuarenta pasos.
¿Por qué se habían separado del resto del grupo? La explicación era muy simple. Como consecuencia del intenso frío, todos los que formábamos parte de la expedición nos veíamos obligados a movernos y dar pequeños paseos por la zona, a fin de desentumecer los músculos. Y en aquel instante -las nueve y quince en punto de la noche- dio la casualidad de que los tres, Carlos, Lilian y Eduardo, se encontraban a cierta distancia del resto. No podíamos verles, pero sí oírles.
Pero, de pronto, mientras el grueso del grupo comentábamos las incidencias del país vecino, Chile, escuchamos las voces de Lilian, Carlos y el ingeniero, que se acercaban a nosotros.
– ¡Mirad, mirad arriba! -nos decían mientras se aproximaban con paso rápido.
Aquellas voces actuaron sobre el resto del grupo como un fulminante. Nosotros no habíamos visto todavía «aquello» por la sencilla razón de que nos había pillado de espaldas.
Y al volverme hacia el lugar quedé aturdido. Desconcertado. Sorprendido.
Allí arriba, dentro de la espesa capa de nubes, había surgido un disco luminoso…
Un disco cuya luz -y este fue uno de los puntos que más me impresionó- era más intensa que cualquiera de los focos que yo he visto hasta el momento.
Pero, ¿cómo describirlo? ¿Cómo narrar lo que ni siquiera tiene explicación lógica?
Aquel disco permanecía fijo. Inmóvil. Y su luz blanca intensísima se propagaba y difuminaba por entre las nubes, formando en torno al círculo central como una especie de aureola.
Instintivamente bajé los ojos hacia la oscuridad del suelo y del entorno y me comenté a mí mismo:
«¡No puede ser…! ¡Pues estaríamos buenos! ¿Es que me voy a dejar engañar a estas alturas…?»
Y con ese rápido pensamiento en mitad de mi desconcertado cerebro volví incluso el rostro a derecha e izquierda, tratando de encontrar alguna «proyección» o luminosidad que -partiendo desde tierra- pudiera explicar la presencia de aquel disco fulgurante. Pero todo, a mi alrededor, estaba negro como boca de lobo. No había «proyecciones», ni luces que procedieran de tierra.
Mis ojos quedaron nuevamente clavados en «aquello», mientras mi garganta se negaba a articular palabra alguna.
El disco de luz había comenzado a aumentar y disminuir lentamente su luminosidad. Pero seguía fijo e inmóvil entre las nubes, perfectamente claro. Y aunque resultaba poco menos que imposible calcular la distancia a que se encontraba, yo juraría que no era superior a los trescientos metros. No había aparecido precisamente sobre nuestra vertical, sino más bien en diagonal y a nuestras espaldas. De ahí que para tres de los miembros del grupo -Lilian, Carlos Paz y Eduardo Elias- «aquello» hubiera sido visto segundos antes que por nosotros.
Y a los pocos segundos, de aquel disco reluciente salió un rayo también blanco, como proyectado por algún foco potentísimo. Sin embargo, no llegó a tocar el suelo. Y duró escasos segundos.
Algunos de los «invitados» -recuperados de la sorpresa inicial- habían comenzado a comentar al resto, y a voz en grito, cada uno de los detalles que todos -por supuesto- estábamos contemplando.
Casi minuto y medio después, aquel disco luminosísimo -cuyo tamaño desde el lugar donde nos encontrábamos, sería ligeramente inferior al de una luna llena- se fue apagando suavemente, hasta desaparecer.
Yo no había tenido oportunidad aún de comentar el hecho. La sorpresa -profunda como nadie puede comprender- me había paralizado.
Pero, a los pocos segundos de la desaparición del extraño objeto luminoso, «aquello» volvió a repetirse.
Y ante nuestro asombro -si es que todavía nos quedaba capacidad para ello- vimos cómo unos metros más abajo respecto a la primera aparición surgía un disco similar, al que parecía acompañar un segundo…
– ¡Son dos! -gritó una de las mujeres-. ¡Esta vez hay dos!
Así era. Junto al disco que permanecía fijo e inmóvil se movía otro objeto. Pero sus movimientos no tenían «orden». «Aquello» efectuaba giros y evoluciones en torno al primer disco de una manera aparentemente anárquica.
El objeto que permanecía inmóvil era idéntico al disco que había surgido por primera vez. Yo juraría que se trataba en realidad del mismo.
Y mientras el segundo objeto seguía efectuando las citadas evoluciones en torno al luminosísimo disco, éste -de la misma forma que en la primera aparición- comenzó a aumentar y disminuir su intensidad lumínica,
– ¡Es como si nos hiciera señales…! -comentó alguien del grupo.
Y aquélla, en efecto, fue la impresión general. Era como si aquellos extraños objetos trataran de comunicarnos algo. No sé…
Pero esta segunda aparición duraría un poco menos que la primera. Según mis cálculos, algo más de un minuto.
El segundo objeto siguió evolucionando en torno al disco blanco hasta que éste -en uno de aquellos cambios de intensidad luminosa- pareció apagarse definitivamente, desapareciendo por completo entre la espesa nubosidad.
Traté de fijarme en este segundo objeto -especialmente cuando pasaba por delante del disco luminoso- y creí percibir unas formas igualmente discoidales. Sin embargo, su brillo era mucho menor. Y también su tamaño.
Pero lo que más me aturdió, como digo, fueron sus anárquicos giros en «8» y «S», alrededor del potente disco de luz blanca purísima.
El cielo seguía absolutamente encapotado. Y al desaparecer estos dos últimos ovnis -cuando ya considerábamos la posibilidad de que el «fenómeno» no volviera a repetirse- observé de nuevo mi entorno, tratando de encontrar quizás una razón, una justificación para todo aquello… Pero todo continuaba normal.
Y a los escasos segundos de desaparecer estos dos «objetos volantes no identificados», cuando creíamos que el «avistamiento» había finalizado y todos nos disponíamos a acribillar a preguntas a los tres miembros del «IPRI», el disco volvió a surgir entre las nubes y en una nueva posición. Las exclamaciones arreciaron.
Era el mismo disco. La misma luz. Pero, en esta tercera ocasión, sólo vimos un único objeto. El segundo había desaparecido.