Ovnis: S.O.S a la Humanidad
- Автор: Бенитес Хуан Хосе
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «Ovnis: S.O.S a la Humanidad». Краткое содержание книги:
El libro da a conocer a la Misión RAMA e impulsa el nacimiento de un movimiento contactista, que se mutiplica en toda América Latina y España. Así, Benítez devino en responsable indirecto de introducir las ideas de los supuestos contactados con alienígenas entre miles de adolescentes iberoamericanos. De esta manera, Benítez se transformó en redactor OVNI `full time`, como él acostumbra decir. Colaboró con las principales revistas ufológicas españolas (Mundo Desconocido, Karma-7) y latinoamericanas (Contactos Extraterrestres, Cuarta Dimensión), se cubrió con la aureola de `investigador de campo` y correteador de OVNIs. Tras comprar unas botas con unos casquillos metálicos en la punta para poder patear la geografía española, escribió 100,000 Km tras los OVNIs, donde afirma haber vuelto a aplicar la técnica telepática que había aprendidp en Perú para contactarse con `ellos`. Tampoco consiguió constancia fotográfica de su encuentro.
Varios de los miembros del «IPRI» que trabajan en la Sección de Arqueología me habían puesto tras la pista de un sensacional descubrimiento: las piedras grabadas de lea, al sur de Lima. Ya dicho hallazgo me entregué de lleno durante los días sucesivos.
Recuerdo que aquel segundo viaje a lea y desierto de Ocucaje duró tres o cuatro jornadas.
Durante ese tiempo, mi espíritu había vuelto a recobrar la serenidad. El tema de los «guías» extraterrestres se me antojaba lejano. Apasionante, sí, pero sin base.
Por ello, cuando al retornar a Lima me encontré con un aviso de los miembros del «IPRI», mi extrañeza fue grande.
«Tenemos una buena noticia para ti», decía el aviso que encontré en mi hotel.
Y me acerqué una vez más a la calle Junín, 402, en el distrito de Barranco. Allí, cara al Pacífico, me anunciaron algo que, al principio, no comprendí del todo:
«Los "guías" nos han comunicado que sí, que puedes asistir al próximo "avistamiento". Será el sábado por la noche.»
Y Carlos Paz Wells, sonriente, me alargó una hoja de papel en la que -escrito a mano- pude leer:
«Sí, Qulba.
¿VA A HABER CONTACTO EL SÁBADO? Sí.
Contacto día sábado 7 Hora 7,30 en lugar Hora de contacto 9,00
Personas: Eduardo, Mito, Sixto, Carlos, Juan José, Berta, Lilian, Ana María, Paco y aquellos que consideren aptos no más de tres.»
El mensaje o la comunicación tenía fecha del 2 de setiembre de 1974.
Tomé la hoja de papel y pedí que me la leyeran, puesto que había algunas palabras que no terminaba de comprender.
Carlos concluyó la lectura de la «comunicación» y me preguntó:
– ¿Qué dices ahora? Suponemos que estarás satisfecho…
En realidad no sabía qué decirles. Pero mi silencio no se debía a la emoción, ni mucho menos. Porque «aquello» que Carlos Paz Wells me mostraba ilusionado no había levantado en mí el menor soplo de sorpresa o emoción. Y creo que la explicación resultaba evidente.
«¿Cómo es posible -me repetía a mí mismo- que esta farsa pueda llegar tan lejos…? ¿Es que no se darán cuenta de que todo esto es ridículo, irreal, absurdo…? ¿Es que pretenden que crea que el próximo sábado voy a ver un extraterrestre o una partida de ellos?»
Carlos Paz Wells debió notar mi indiferencia y comentó:
– No te pedimos que creas nada todavía. Espera al sábado. En realidad no sabemos en qué va a consistir la confirmación física, pero la habrá. Ven por aquí hacia las cuatro de la tarde. Tenemos que ir en coche…
– Sí, claro -respondí mientras guardaba aquella hoja de cuaderno-. Aquí estaré.
Y sin más, como si realmente no hubiera ocurrido nada, busqué una excusa y regresé al centro de Lima. Aquella tarde comenté el hecho con otros dos miembros del «IPRI» -Tito Aisa y Tiberio Petro León, expertos en Arqueología y con los que había conocido el fascinante tema de las piedras grabadas de Ocucaje-, y los tres, casi sin querer, llegamos a una misma conclusión:
«Todo esto resulta excesivamente sencillo para que sea cierto.»
Muchas personas con las que he hablado a mi regreso a España me han preguntado cuál fue mi estado de ánimo durante esos días que permanecí «a la espera» del sábado.
Pues bien, creo que no comprendían mi casi absoluta indiferencia. Sin embargo, así era. Yo había recibido aquella noticia -y no me cansaré de repetirlo- con la peor de las disposiciones. Como digo, algo que no he sabido explicar me impulsaba entonces a dudar.
Y no es que yo sea precisamente un escéptico en materia de vida exterior e, incluso, de ovnis. Mi interés por el tema, mis investigaciones y mis deducciones eran muy anteriores a esta experiencia en Perú. No sé si lo habré mencionado a lo largo de este trabajo, pero estoy convencido de que existen seres inteligentes -superiores al hombre- que visitan nuestro planeta desde tiempos muy remotos.
Pero, de ahí a creer a pie juntillas que al cabo de cuatro días iba a presenciar un «avistamiento» de ovnis…
El caso es que durante dicha primera semana de setiembre yo me dediqué por entero a la recopilación de datos sobre el tema de los cantos rodados de lea. Mis contactos con los miembros del «IPRI» se interrumpieron y sólo las 11.000 piedras grabadas del doctor Cabrera Darquea llenaron mi tiempo y mi interés.
Pero llegó el sábado, 7 de setiembre.
Recuerdo que aquella mañana la empleé en concluir una de las conversaciones con Tiberio Petro León, colaborador del profesor Cabrera Darquea y realizador de los dibujos-desarrollo de las «ideografías». Nuestras discusiones sobre el tema y el análisis del material de que disponía nos hicieron perder el sentido del tiempo. Y sin comer, después de recoger precipitadamente mis apuntes y dibujos, me lancé a la calle a la caza del taxi. Mi reloj señalaba las tres y media de la tarde.
«Y tampoco es cuestión de llegar tarde a una cita con los extraterrestres…», me dije a mí mismo, agotando así el último vestigio de humor que, al parecer, tenía asignado para aquel desconcertante 7 de setiembre.
Desde ese instante, mi disgusto fue aumentando lenta pero concienzudamente. ¿Por qué? Pienso que había una razón fundamental. Conforme fueron pasando las horas y conforme nos fuimos aproximando al lugar donde iba a producirse el «fenómeno», mis pensamientos se iban revelando. Mi sentido común reaccionó. Algo seguía gritándome en lo más profundo que aquello sólo podía ser un fraude.
Pero me había comprometido. Y aunque sólo fuera por educación me veía obligado a seguirles.
Llegué a la puerta de la sede del «IPRI» a la hora fijada. Allí se encontraban ya varios de los que habían sido «citados» en la «comunicación» del 2 de setiembre.
Al principio hubo algo que me alarmó. Algunos de los miembros del «IPRI» se habían preparado como si «aquello» se tratase de una prueba de supervivencia en el Ártico. Pregunté la razón de una indumentaria tan abundante, y los hermanos Paz Wells me comentaron que el desierto peruano de Chilca resultaba extremadamente frío durante la noche.
Aquello terminó de desmoronar mi escaso optimismo. Toda mi indumentaria se limitaba a un par de ligeros jerseis. Pero ya no había tiempo de regresar a Lima…
Y a las cuatro y media en punto partíamos a bordo de dos coches. En uno de ellos, Eduardo Elias, ingeniero y miembro del grupo del «IPRI» que afirma estar en comunicación con los seres del espacio; Lilian, azafata de una conocida agencia de viajes de Perú; Berta, un ama de casa que, al igual que Lilian, no formaba parte del «IPRI», y yo.
En el segundo vehículo, Carlos Paz Wells, Francisco Oré Tippe -ambos miembros del grupo- y otros dos universitarios -Mito y David- que acudían a la «prueba física» en calidad de «invitados», al igual que Berta, Lilian y yo.
– ¿Y hacia dónde cae Chilca? -pregunté al instante a Eduardo Elias, el ingeniero.
– Tardaremos algo más de hora y media. Los arenales de Chilca se encuentran al sur de Lima.
En cuestión de minutos nos adentramos en la carretera Panamericana. Lima quedó atrás y yo me vi envuelto en lo que, sin lugar a dudas, iba a ser la más desconcertante aventura de mi vida.
En nuestro vehículo, como digo, viajaba uno de los miembros del grupo del «IPRI».
Eduardo Elias Poveda, ingeniero, de unos 42 años, casado, había asistido ya -según sus propias palabras- a numerosos «avistamientos» de naves.
Durante buena parte del viaje me asaltó la idea de interrogarle sobre la posibilidad de un fraude. Creo que la pregunta no le habría molestado. Sin embargo, observé en él tal naturalidad, tal convencimiento de que íbamos a una «confirmación física», que desistí. Y mis pensamientos, sin querer, escaparon poco a poco de aquel vehículo y de aquel país para meterse de lleno en el mundo de mi familia y de mis amigos de España, de Bilbao. En realidad era mi cumpleaños y la melancolía deseaba competir por lo visto con mi mal humor…
Y pienso yo que fue ese bucear en mis pensamientos y recuerdos lo que me permitió recorrer los 70 u 80 km en un abrir y cerrar de ojos.