Ovnis: S.O.S a la Humanidad
- Автор: Бенитес Хуан Хосе
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «Ovnis: S.O.S a la Humanidad». Краткое содержание книги:
El libro da a conocer a la Misión RAMA e impulsa el nacimiento de un movimiento contactista, que se mutiplica en toda América Latina y España. Así, Benítez devino en responsable indirecto de introducir las ideas de los supuestos contactados con alienígenas entre miles de adolescentes iberoamericanos. De esta manera, Benítez se transformó en redactor OVNI `full time`, como él acostumbra decir. Colaboró con las principales revistas ufológicas españolas (Mundo Desconocido, Karma-7) y latinoamericanas (Contactos Extraterrestres, Cuarta Dimensión), se cubrió con la aureola de `investigador de campo` y correteador de OVNIs. Tras comprar unas botas con unos casquillos metálicos en la punta para poder patear la geografía española, escribió 100,000 Km tras los OVNIs, donde afirma haber vuelto a aplicar la técnica telepática que había aprendidp en Perú para contactarse con `ellos`. Tampoco consiguió constancia fotográfica de su encuentro.
– Hemos llegado -comentó el ingeniero mientras giraba a la izquierda y se introducía con el coche por una amarillenta y breve llanura-. Estaremos en el lugar en poco tiempo.
Detrás, a pocos metros, y con las luces encendidas, observé cómo el vehículo de Carlos Paz realizaba la misma maniobra. Eran, poco más o menos, las seis de la tarde. Sin embargo, el día había comenzado a escaparse por detrás del Pacífico y aquella progresiva oscuridad se hizo más densa conforme el coche del ingeniero se adentraba en los llamados «Arenales de Chilca».
En realidad, según pude observar, se trataba de un terreno volcánico en el que la arena del desierto se había mezclado con numerosos restos de lava, formando una costra sólida y desolada.
No vi montañas. A lo sumo -y casi confundidos con la oscuridad- algunos cerros tan pelados como la llanura.
Recuerdo que me llamó la atención la absoluta desolación del lugar. Una vez abandonada la carretera Panamericana, los vehículos comenzaron a cabecear por una especie de sendero, formado sin duda por las ya frecuentes idas y venidas de los coches del «IPRI».
Según el ingeniero, aquel sector -conocido por ellos como «La Mina»- era uno de los más frecuentados por el grupo a la hora de establecer «contactos físicos».
– Hay varias razones para ello -comentó Eduardo Elias-. En primer lugar, los «Arenales de Chilca» coinciden con una de las trayectorias que habitualmente siguen las naves al entrar o salir de una de sus «bases» submarinas, al sur del país. Ellos, los «guías», nos han explicado que siempre procuran que los «avistamientos» o confirmaciones físicas coincidan con las coordenadas que, en ese momento, sigan algunos de sus aparatos. Y Chilca, según parece, reúne esta condición, puesto que se encuentra muy cerca de dicha base submarina.
«Además, como puedes apreciar, aquí no hay poblado alguno. El sitio es perfecto. Y para nosotros tampoco supone un grave trastorno, puesto que el desplazamiento apenas si nos cuesta hora y media.
La oscuridad se había ido echando poco a poco sobre aquel 7 de setiembre. Yo apenas si podía vislumbrar ya más allá de donde alcanzaba mi brazo.
Media hora después, el coche de Eduardo Elias Poveda se detenía.
– Ahora -comentó- es preciso continuar a pie…
Y allí quedaron ambos vehículos, en mitad de la oscuridad.
Y el grupo, encabezado por Carlos Paz Wells, tomó varias linternas y comenzó a caminar.
En realidad, aquello comenzaba a adquirir para mí tintes verdaderamente grotescos. Los miembros del «IPRI» nos habían comentado antes de iniciar la marcha:
– «La Mina» es un lugar con un considerable magnetismo natural… Ésa es otra de las razones importantes para que los «guías» elijan un lugar. El magnetismo facilita su aproximación y descenso.
Aquel comentario, formulado con la mayor seriedad y naturalidad del mundo, sonó en mis oídos -al menos en aquella espesa oscuridad- como algo sin sentido, sin lógica, sin pies ni cabeza.
Creo que caminamos durante poco menos de media hora. Tampoco seguimos un camino o sendero claro. Carlos y Eduardo Elias, siempre en cabeza del pequeño grupo, ascendieron un par de suaves cerros, adentrándose a continuación en otra planicie donde destacaba una cantera abandonada que, según mis cálculos, no levantaría más allá de los ocho o diez metros del suelo. Pero, al parecer, habíamos llegado al lugar…
La noche había cubierto por completo los arenales y sólo la luz de las linternas denotaba la presencia humana en «La Mina».
– Será preciso aguardar -comentó Carlos-. El contacto está anunciado para las nueve…
– ¿Y qué hacemos? -preguntó uno de los universitarios que nos acompañaba en calidad de «invitado».
– Ustedes -respondió el ingeniero-, nada. Sólo aguardar. Nosotros siempre hacemos «comunicación telepática» con ellos un poco antes de la hora del contacto.
Y cada cual quedó sumido en sus propios pensamientos. El frío empezaba a sentirse lenta pero despiadadamente.
Un frío penetrante, como sólo puede experimentarse en los desiertos.
Recuerdo que el grupo siguió charlando sobre mil cosas. Carlos y Paco Oré Tippe limpiaron el suelo con la palma de la mano y se sentaron con las linternas entre las piernas.
Pocos minutos después, casi la totalidad del grupo hacía otro tanto. Pero el frío no nos iba a permitir continuar en aquella posición durante mucho tiempo. Y fue preciso, conforme iba avanzando la noche, empezar a dar pequeños paseos y a frotarse el cuerpo con fuerza, a fin de no tiritar como un pollo desplumado.
Creo que aquello, precisamente, fue uno de los factores que más aceleró mi ya considerable enfado. ¡Y era preciso aguardar dos largas horas para que todo terminase! Aquel pensamiento resultaba desalentador. Así que procuré distraerme de alguna forma. No podía alejarme del lugar, puesto que no sabría regresar. Ni siquiera me era posible distinguir los focos de los vehículos que pasaban a varios kilómetros de «La Mina», a través de la Panamericana. Por otra parte, ¿cómo podía retornar a Lima si habían sido los propios miembros del «IPRI» los que me habían trasladado a Chilca?
No tenía más remedio que esperar. Aguardar pacientemente a que el reloj marcase las nueve de la noche…
Y volví a levantarme de aquel pedregoso e ingrato suelo, tan molesto por el frío como por lo embarazoso de la situación. «Pero, ¿cómo diablos he podido llegar a esto?», me repetía sin cesar.
Observé el cielo y sólo pude ver la ya familiar capa de nubes que cubre Lima y un amplio radio durante todos y cada uno de los días del invierno. En aquella época -setiembre-, en Perú comenzaba a salirse del invierno. Un invierno que, como digo, provoca en dicha zona una permanente nubosidad por la que tan sólo se filtra -y con grandes dificultades- la luz solar.
El cielo, como digo, se encontraba aquella noche tan cubierto de nubes, que durante poco más de media hora los últimos rayos del sol proporcionaron al espeso «colchón» una extraña y curiosa luminosidad. Era como si la gran «barrera» nubosa hubiera conservado aquellos últimos vestigios solares. Y lo recuerdo porque, instintivamente, pensé en mi cámara fotográfica, que yo mismo había dejado en el coche por tres importantes razones.
Primera, porque estaba convencido de que era inútil, que allí no iba a pasar nada.
El mismo ingeniero, mientras viajábamos hacia Chilca, me había comentado:
– No os extrañe que, a lo peor, no suceda absolutamente nada. Nosotros hemos pasado por muchas pruebas similares. Acudíamos a los lugares que previamente nos señalaban y allí no aparecía nada ni nadie… Ellos lo consideran como pruebas. Y muy importantes, por cierto…
Aquellas palabras cayeron en mi ya depauperado ánimo como un jarro de agua fría. Y llegué a la conclusión de que «aquello» sólo podía ser una forma de «preparar» el terreno para que nuestra decepción quedara relativamente amortiguada.
Pero había otras dos razones -importantes también- que me habían impulsado a dejar mi cámara fotográfica en el coche.
Segunda, la absoluta oscuridad que reinaba ya en aquellos parajes en el instante de apearnos del vehículo.
Y tercera, la orden, más que ruego, de los miembros del «IPRI» de que no hiciera uso de las cámaras.
«Todavía no es el momento», me dijeron por toda respuesta.
Aquella luminosidad que se desprendía del «colchón» de nubes y que se fue apagando progresivamente me trajo a la mente la posibilidad de que la película -muy sensible- hubiera reaccionado quizás a tal circunstancia.
Pero dicho pensamiento naufragó poco después, cuando la espesa y extensa alfombra de nubes perdió también el comentado resplandor. Y la noche, cerrada por los cuatro costados, se hizo larga y tensa.
Sentado en silencio en aquel desierto, con la barbilla pegada a las rodillas, mis ojos permanecieron largo tiempo fijos en aquel cielo tan negro como falso. Y tengo que reconocer que aquella larga, paciente e involuntaria observación de la capa de nubes sería de gran utilidad para mis posteriores deducciones, a raíz de lo que se iba a producir…