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Un amor dulce y peligroso

Электронная книга - «Un amor dulce y peligroso». Краткое содержание книги:

Alice Loudon tiene veintitantos años, se lleva de maravilla con su pareja y comparten un grupo de amigos muy enrollados. Pero una mañana cualquiera, al cruzar la calle en pleno centro de Londres, su mirada se clava en la de Adam Tallis, un famoso escalador que salvó a varias personas en una accidentada expedición al Himalaya. A partir de ese instante, es como si Alice viviese en un sueño permanente. Convencida de haber encontrado el amor de su vida, se entrega a una aventura erótica que lo justifica todo. Sin embargo, a medida que el amor de Adam se vuelve una obsesión posesiva, Alice comienza a darse cuenta de lo poco que conoce de verdad a ese hombre que le ha hecho perder la cabeza y, sobre todo, de lo difícil que será romper esta extraña relación
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Ahora me detuve y la sujeté por los delgados hombros.

– ¡Qué gran noticia! -dije-. ¿De cuánto estás?

– De ocho o nueve semanas. Suficiente para encontrarme mal a todas horas.

– Me alegro muchísimo por ti, Pauline -dije-. Gracias por decírmelo.

– ¡Cómo no iba a decírtelo! -repuso ella-. Eres mi amiga.

Salimos del parque.

– Yo me voy por aquí -dije-. He quedado con Adam.

Nos dimos dos besos, aliviadas; luego me di la vuelta y eché a andar por una calle oscura. Un tipo joven y alto me adelantó y, antes de que yo me diera cuenta, me tiró del bolso. Sólo llegué a ver su pálido rostro y su mata de cabello pelirrojo.

– ¡Eh! -grité, y me lancé sobre él al tiempo que él intentaba esquivarme.

Logré asir el bolso, aunque dentro no llevaba nada de valor, y se lo arranqué de las manos. El joven se dio la vuelta y se quedó mirándome. Tenía una telaraña tatuada en la mejilla izquierda, y una línea alrededor del cuello que rezaba: «CORTAR POR AQUÍ». Le pegué una patada en la espinilla, pero no acerté, así que lo intenté de nuevo. La segunda vez le di, y debió de doler le.

– Suelta, guarra -me gruñó. La correa del bolso se me clavaba en los dedos, y me hacía tanto daño que al final tuve que soltarla-. Guarra de mierda.

Levantó una mano y me pegó en la cara; me tambaleé y me toqué la mejilla. Tenía sangre en el cuello. El tipo tenía la boca abierta, y le vi la lengua, gorda y morada. Volvió a levantar la mano. Dios mío, estaba loco. Recuerdo que pensé que debía de ser el tipo que nos enviaba aquellas notas. Entonces cerré los ojos: prefería no verlo. Pero el golpe no llegaba.

Abrí los ojos y, como si soñara, vi que aquel individuo tenía una navaja en la mano. Pero no me apuntaba a mí con ella, sino a Adam. Entonces Adam le pegó un puñetazo en la cara. El tipo gritó de dolor, y soltó la navaja. Adam volvió a golpearlo, esta vez en el cuello. Luego en el estómago. El tipo de los tatuajes se dobló por la cintura; le salía sangre del ojo izquierdo. Vi la cara de Adam: fría, inexpresiva. Volvió a golpear a mi agresor y retrocedió antes de que cayera al suelo. Allí se quedó, tendido a mis pies, gimoteando y sujetándose el estómago.

– ¡Basta! -grité.

Se había formado un corro de gente. Pauline estaba allí, horrorizada, con la boca abierta.

Adam le pegó una patada en el estómago al individuo.

– Adam. -Lo cogí por el brazo-. Por el amor de Dios, para, ¿quieres? Ya basta.

Adam se quedó mirando al tipo, que se retorcía en el suelo.

– Alice me está pidiendo que pare -dijo-. Y por eso paro. Si no, te mataría por haberte atrevido a tocarla. -Recogió mi bolso del suelo; luego se volvió hacia mí y me sujetó la cara con ambas manos-. Estás sangrando -dijo. Me limpió la sangre con la lengua-. Alice, cariño, te ha hecho sangrar.

Vi que llegaban más curiosos, que se preguntaban unos a otros qué había pasado. Adam me abrazó.

– ¿Te duele mucho? ¿Estás bien? Mira cómo te ha dejado la cara.

– Sí. Sí. No lo sé. Creo que sí. ¿Y él? ¿Está bien? ¿Qué ha…?

Miré al joven, que seguía tendido en el suelo. Se movía, pero no mucho. Adam no le prestó atención. Sacó un pañuelo de su bolsillo, lo mojó con saliva y empezó a limpiarme el corte de la mejilla. Oímos una sirena, y vi por encima del hombro de Adam que se acercaban un coche de policía y una ambulancia.

– Bien hecho, tío. -Un individuo corpulento que llevaba un abrigo largo se nos acercó y le tendió la mano a Adam-. Chócala.

Me quedé mirándolos, perpleja, mientras ellos se estrechaban la mano. Aquello era una pesadilla, una farsa.

– ¿Te encuentras bien, Alice? -me preguntó Pauline.

– Sí, estoy bien.

Los policías se bajaron del coche. Aquello era un incidente con todas las de la ley, y eso me ayudó a centrarme. Los agentes se agacharon para examinar al agresor y lo obligaron a levantarse. Luego se lo llevaron de mi vista.

Adam se quitó la chaqueta y me la puso sobre los hombros. Me acarició el cabello.

– Voy a buscar un taxi -dijo-. La policía puede esperar. No te muevas de aquí. -Miró a Pauline y dijo-: Vigílala. -Luego salió corriendo.

– Podría haberlo matado -le dije a Pauline.

Ella me miró extrañada.

– Te adora, de eso no cabe duda -comentó.

– Pero si hubiera…

– Te ha salvado, Alice.

* * *

Al día siguiente, la periodista, Joanna, volvió a llamar por teléfono. Se había enterado de lo ocurrido en la calle por los periódicos, y eso iba a cambiar por completo el enfoque de su artículo. Sólo quería comentar el incidente con nosotros.

– Mándala a paseo -me dijo Adam, y me pasó el auricular.

– ¿Cómo te sientes -me preguntó Joanna-estando casada con un hombre como Adam?

– ¿Qué quieres decir?

– Con un héroe -dijo ella.

– Muy bien -dije, pero en realidad no estaba muy segura de cómo me sentía.

* * *

Estábamos tumbados el uno frente al otro en la penumbra. Me dolía la mejilla. El corazón me latía con violencia. ¿Me acostumbraría algún día a él?

– ¿De qué tienes miedo?

– Acaríciame, por favor.

La luz anaranjada de las farolas atravesaba las delgadas cortinas del dormitorio. Veía la cara de Adam, su hermosa cara. Quería que me abrazara con todas sus fuerzas, hasta fundirme con él.

– Primero dime de qué tienes miedo.

– Me da miedo perderte. Pon la mano aquí.

– Date la vuelta, así. Todo irá bien. Nunca te abandonaré, y tú nunca me abandonarás. No cierres los ojos. Mira.

Después nos entró hambre, porque no habíamos cenado. Me levanté de la cama y me puse la camisa de Adam. En la nevera encontré un poco de jamón de Parma, unos cuantos champiñones y un pedazo de queso seco. Di de comer a Sherpa, que se frotaba contra mis tobillos, y luego preparé un sándwich gigante para nosotros con unas rebanadas de pan italiano, un poco duro. En la caja que utilizábamos como despensa había una botella de vino tinto, y la abrí. Comimos en la cama, apoyados en almohadones y esparciendo migas.

– Lo que pasa -dije mientras comía- es que no estoy acostumbrada a que la gente se comporte así.

– ¿Cómo?

– No estoy acostumbrada a que un hombre le pegue una paliza a otro por haberse metido conmigo.

– Te estaba pegando.

– Creí que ibas a matarlo.

Adam me sirvió otra copa de vino.

– Me puse furioso.

– No hace falta que lo jures. Pero ese tipo tenía una navaja, Adam. ¿No lo tuviste en cuenta?

– No. -Frunció el entrecejo y añadió-: ¿Preferirías que le hubiera pedido educadamente que parara? ¿O que hubiera corrido a buscar a la policía?

– No. Sí. No lo sé.

Suspiré, y me recosté en las almohadas, amodorrada por el sexo y el vino.

– ¿Puedo preguntarte una cosa? -dije al cabo.

– Depende.

– ¿Ocurrió algo en la montaña…? Lo que quiero saber es si… si estás protegiendo a alguien.

A Adam no le sorprendió mi pregunta, ni le molestó. Ni siquiera me miró.

– Pues claro -respondió.

– ¿Me lo contarás algún día?

– Eso es algo que no le interesa a nadie -dijo.

DIECIOCHO

Al cabo de unos días bajé a recoger el correo y encontré otro sobre marrón. No tenía sello, pero iba dirigido a la «SEÑORA DE ADAM TALLIS».

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