Un amor dulce y peligroso
- Автор: Френч Никки
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un amor dulce y peligroso». Краткое содержание книги:
– Últimamente no he limpiado mucho -comentó Lily.
– Ya.
Nos quedamos de pie.
– Ésa era nuestra cama -dijo.
– Sí -dije. Tenía ganas de vomitar.
– No he cambiado las sábanas desde que él se marchó. Todavía conservan su olor.
– Mira -dije haciendo un esfuerzo, porque tenía la sensación de que había entrado en una pesadilla, y de que estaba atrapada en ella-, me dijiste que tenías que contarme algo urgentemente.
– Me lo robaste -continuó ella, como si yo no hubiera dicho nada-. Él era mío, y apareciste tú y me lo quitaste delante de mis nances.
– No -repuse-. No es verdad. Él me eligió. Nos elegimos mutuamente. Lo siento, Lily. No sabía nada de ti, pero de todos modos…
– Me has destrozado la vida sin pararte siquiera a pensar en mí -prosiguió, y echó un vistazo a su desastroso apartamento-. No te importé nada. -Bajó la voz y, con un tono horrorizado y lánguido, agregó-: Y ahora ¿qué? ¿Qué se supone que tengo que hacer?
– Oye, tengo que irme -dije-. Esto no nos va a ayudar ni a ti ni a mí.
– Mira -dijo Lily, y se quitó la camiseta. Se quedó allí plantada, pálida y delgada. Tenía los pechos pequeños, con grandes pezones marrones. No tuve más remedio que mirar.
Entonces Lily se dio la vuelta. Tenía la espalda cubierta de verdugones morados.
– Esto me lo hizo él -dijo, triunfante-. ¿Qué me dices ahora?
– Tengo que irme -insistí, pero me quedé clavada donde estaba.
– Para demostrarme lo mucho que me quería. Me puso su marca. ¿A ti también te lo ha hecho? ¿No? A mí me lo ha hecho porque le pertenezco. No puede deshacerse de mí así como así.
Fui hacia la puerta.
– Eso no es todo -añadió Lily.
– Nos casamos mañana. -Abrí la puerta.
– Eso no es todo lo que…
Se me ocurrió una cosa.
– ¿Sabes dónde vive? -le pregunté.
Ella se mostró sorprendida.
– ¿Qué quieres decir?
– Nada. Adiós.
Cerré la puerta y subí la escalera a toda prisa. Hasta los gases de los tubos de escape olían a limpio al salir de aquel apartamento.
Nos bañamos juntos, y nos lavamos el uno al otro meticulosamente. Le enjaboné el cabello, y él a mí. La espuma flotaba sobre la superficie del agua, y el aire estaba perfumado y lleno de vapor. Lo afeité con cuidado. Él me cepilló el cabello, sujetándolo con una mano mientras deshacía los nudos con la otra, para no hacerme daño.
Nos secamos. El espejo se había empañado, pero Adam me dijo que aquella mañana no hacía falta que me mirara en el espejo; podía mirarme en sus ojos. No me dejó maquillarme. Me puse el vestido, sin ropa interior, y me calcé. Él se puso unos vaqueros y una camiseta negra de manga larga.
– ¿Lista? -me preguntó.
– Lista -dije.
– Ahora eres mi mujer.
– Sí.
– ¿Está bien así? No te resistas.
– Sí.
– ¿Y así?
– No. Sí. Sí.
– ¿Me quieres?
– Sí.
– ¿Siempre?
– Siempre.
– Dime si quieres que pare.
– Sí. ¿Me quieres?
– Sí. Siempre.
– Dios mío, Adam, daría la vida por ti.
DIECISÉIS
– ¿Falta mucho?
Intenté hablar con voz firme, pero me salió entrecortada, y me dolió el pecho por el esfuerzo.
– Sólo unos doce kilómetros -contestó Adam volviéndose hacia mí-. Si pudieras andar un poco más deprisa llegaríamos antes de que empiece a oscurecer. -Me miró sin apasionamiento; luego se quitó la mochila, en la que llevaba mis cosas además de las suyas, y sacó un termo-. Bebe un poco de té y come un poco de chocolate -dijo.
– Gracias. Menuda luna de miel, cariño. Y yo que soñaba con una cama con dosel y ríos de champán. -Cogí la taza de plástico sin quitarme los guantes-. ¿Ya hemos hecho el tramo más empinado?
– Esto es un paseo, corazón. Hemos de subir hasta allí.
Giré la cabeza para mirar hacia donde Adam señalaba. El viento me azotó la cara; tenía la barbilla cortada.
– Ni hablar -dije-. Allí subirás tú. Conmigo no cuentes.
– ¿Estás cansada?
– ¿Cansada? No, qué va, si estoy en muy buena forma. ¿No ves que cada día voy andando hasta la estación del metro? Tengo ampollas en los pies. Me duelen las pantorrillas. Tengo una punzada en el costado, como si me estuvieran clavando un cuchillo. Se me ha congelado la nariz y tengo los dedos entumecidos. Y me dan miedo las alturas. Yo me quedo aquí.
Me senté en la fina capa de nieve y me metí dos onzas de chocolate, duro y frío, en la boca.
– ¿Aquí?
Adam recorrió con la mirada el solitario páramo bordeado de colinas recortadas. Por lo visto, en verano pasaban por allí muchos excursionistas; pero no un sábado de finales de febrero, cuando la hierba estaba helada y sólo unos pocos árboles pelados se alzaban contra el viento. El vaho que expulsábamos al respirar formaba volutas que se destacaban contra el cielo gris.
– Está bien. Seguiré andando. Sólo quería protestar.
Adam se sentó a mi lado y se puso a reír. Creo que era la primera vez que lo oía reír de verdad.
– Me he casado con una blandengue -dijo, como si fuera lo más gracioso del mundo-. Me paso la vida escalando montañas, y me caso con una mujer que no puede subir una pendiente suave sin que le dé flato.
– Sí, y yo me he casado con un hombre que me lleva a escalar con un tiempo de mil demonios y que cuando lo empiezo a pasar mal se ríe de mí -lo reprendí.
Adam se levantó y me ayudó a ponerme en pie. Me arregló los guantes para que no quedara espacio entre ellos y las mangas de mi chaqueta. Sacó una bufanda de la mochila y me la enrolló al cuello. Me ató más fuerte los lazos de las botas, para que no me bailaran los pies dentro de ellas.
– Y ahora -dijo- intenta coger un ritmo. No corras demasiado. Coge un paso y mantenlo. No fuerces la respiración. No mires hacia dónde vas; preocúpate sólo de poner un pie detrás del otro, como si fuera una meditación. ¿Estás lista?
– Sí, mi capitán.
Reanudamos la marcha por el sendero, que se iba haciendo más empinado, hasta que casi tuvimos que subir gateando. Por momentos daba la impresión de que Adam aminoraba la marcha, pero entonces arrancaba y, en cuestión de segundos, se adelantaba un buen tramo. Yo no intentaba alcanzarlo, pero procuraba seguir sus instrucciones. Izquierdo, derecho; izquierdo, derecho. Me goteaba la nariz, y tenía los ojos legañosos. Me dolían las piernas, y las notaba muy pesadas. Me puse a hacer cálculos mentales. Intenté cantar una canción sobre los elementos químicos que había cantado en un festival escolar. «Antimonio, arsénico, aluminio, selenio…» ¿Qué más? De todos modos, no tenía aliento para cantar. De vez en cuando tropezaba con las piedras del camino, o me enganchaba con las zarzas. No alcancé el punto de la meditación, pero seguía adelante; al cabo de un rato la punzada del costado se redujo a un dolor ligero, las manos se me calentaron y el aire ya no me hacía tanto daño al respirar.