Un amor dulce y peligroso
- Автор: Френч Никки
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un amor dulce y peligroso». Краткое содержание книги:
– Sí, pero…
– ¿Y alguna vez te he violado?
– No es tan sencillo como tú lo pintas.
– El sexo no tiene nada de sencillo. ¿Te gusta lo que te hago?
– Sí. -Se me estaban formando gotas de sudor en la frente.
– Cuando te até, me pediste por favor que parara, pero ¿te gustó?
– Sí, pero… Esto es espantoso, Adam.
– Tú quisiste hablar de ello. Cuando te…
– Basta. No es tan sencillo, Adam. Hay que tener en cuenta la intención. La de ella y la tuya. ¿Ella quería que pararas?
Adam bebió otro sorbo de vino y se lo tragó lentamente.
– Después. Le habría gustado que hubiera parado. Le habría gustado que no hubiera pasado, seguro. Quería recuperar a su novio. Pero no podemos caminar lo que ya hemos hecho.
– Pero ¿en ningún momento creíste que ella oponía resistencia?
– No.
Nos miramos fijamente.
– Aunque, a veces -añadió Adam sin dejar de mirarme, como si me estuviera poniendo a prueba-, con las mujeres es difícil estar seguro.
Aquello me sentó muy mal.
– No hables así de las mujeres, como si fueran objetos genéricos.
– Verás, aquella chica era un objeto, desde luego. Y yo también. Nos conocimos en una fiesta, y ambos estábamos borrachos. Ni siquiera sabía su nombre, ni ella el mío. Era lo que ella quería. Ambos queríamos follar. ¿Qué hay de malo en eso?
– Yo no digo que…
– ¿A ti nunca te ha pasado? Te ha pasado. Me lo dijiste tú misma. ¿Y no está ahí parte de la gracia, precisamente?
– Quizá sí -admití-. Pero también parte de la vergüenza, después.
– Para mí no. -Me miró, desafiante, y me di cuenta de que estaba enfadado -. Yo no creo que tengamos que preocuparnos por cosas que ya hemos hecho y no podemos cambiar.
Intenté controlar mi voz. No quería llorar.
– Aquella noche, después de la boda, en la cabaña… Yo quería, Adam. Quería que hicieras conmigo lo que se te antojara. Sin embargo, al día siguiente, cuando me desperté, me sentí muy mal. Pensé que habíamos ido demasiado lejos, que nos habíamos pasado.
Adam me sirvió más vino, y luego se sirvió también él. No lo había advertido, pero casi nos habíamos terminado la botella.
– ¿Nunca has sentido nada parecido? -pregunté.
– Sí.
– ¿Después de follar?
– No necesariamente. Pero sé a qué te refieres. -Hizo una mueca y añadió-: Conozco ese sentimiento.
Nos bebimos el vino, y las llamas de las velas vacilaron.
– El pescado ya casi estará marinado -dije.
– Sería incapaz de violar a una mujer.
– Ya lo sé -dije. Pero pensé: ¿cómo lo sabes?
– ¿Quieres que prepare el pescado?
– No, todavía no.
Titubeé. Era como si mi vida pendiera de un hilo. Podía elegir el camino. Podía confiar en él y volverme loca. Podía desconfiar de él y volverme loca. Al fin y al cabo, desde donde me encontraba, el resultado final no variaba mucho. Fuera estaba oscuro, y se oía llover. Las velas ardían con una luz parpadeante, proyectando sombras que danzaban en las paredes. Me levanté y fui hacia donde Adam había tirado las correas de cuero.
– Vamos, Adam.
Él no se movió de la silla.
– ¿Qué me estás diciendo? -me preguntó.
– Te estoy diciendo que sí.
Pero no era un «sí» convencido. Al día siguiente, en la oficina llamé por teléfono a Lily, y quedé con ella por la tarde, a la salida del trabajo. No quería volver a su sórdido apartamento en aquel sótano. No soportaba la idea de sentarme otra vez encima de aquellas sucias sábanas, rodeada de viejas fotografías de Adam. Le propuse que nos encontráramos en la cafetería de John Lewis, en Oxford Street: era el sitio más neutro y con menos ambiente que se me ocurría.
Lily ya estaba allí cuando llegué yo, bebiéndose un cappuccino y comiéndose un enorme bollo recubierto de chocolate. Llevaba unos pantalones negros de lana, un jersey peludo de color morado y botines, e iba sin maquillar. Se había recogido el rubio cabello en un moño suelto. La encontré bastante normal y, cuando me sonrió, bastante dulce. No tan desquiciada. Le devolví la sonrisa, un tanto vacilante. No quería encariñarme con ella.
– ¿Problemas? -me preguntó cordialmente cuando me senté a la mesa.
– ¿Quieres otro café? -repliqué yo.
– No, gracias. Pero no me importaría zamparme otro bollo. No he comido nada en todo el día.
Pedí un cappuccino para mí y otro bollo para Lily. La miré por encima del borde de la taza. No sabía por dónde empezar. Era evidente que a Lily no le importaba aquel silencio, ni mi inquietud. Comía con apetito, manchándose la barbilla de chocolate. Pensé que parecía una niña pequeña.
– El otro día no terminamos la conversación -dije sin convicción.
– ¿Qué quieres saber? -me preguntó ella bruscamente-. Señora Tallis -añadió.
Sentí una oleada de rabia.
– No me llamo señora Tallis. ¿Por qué me llamas así?
– ¡Oh, por favor!
No insistí en eso. Al fin y al cabo, hacía varios días que no recibíamos llamadas ni cartas. No se habían repetido desde que había abordado a Jake en la calle.
– ¿Fue Adam alguna vez violento contigo?
Lily soltó una risotada.
– Quiero decir violento de verdad -aclaré.
Se limpió la boca. Aquello le estaba gustando.
– Lo que quiero saber es si alguna vez te hizo algo sin tu consentimiento.
– ¿Qué quieres decir? ¿Cómo voy a saberlo? Eso no tiene nada que ver. Ya sabes cómo es él. -Me sonrió-. Por cierto, ¿cómo crees que reaccionaría si se enterara de que has hablado conmigo, de que vas por ahí comprobando sus antecedentes? -Volvió a soltar una risita.
– No sé qué diría.
– No me refiero a lo que diría. ¿Qué haría?
No contesté.
– No me gustaría estar en tu lugar. -De pronto se estremeció y se apoyó en la mesa, hasta que su cara quedó muy cerca de la mía. Tenía un poco de chocolate en los dientes, blancos y perfectos-. Aunque por otra parte me encantaría, claro.
Cerró los ojos, y tuve la espantosa sensación de que Lily estaba rememorando ante mis narices algún momento de lujuria con Adam.
– Me voy -dije.
– ¿Quieres que te dé un consejo?
– No -respondí precipitadamente.
– No intentes interponerte en su camino ni cambiarlo. No funcionará. Síguele la corriente.
Lily se levantó y salió del bar. Yo pagué la cuenta.
VEINTE
Fui directamente hacia donde estaba Klaus y le di un beso. Él me abrazó.
– Felicidades -dije.
– ¿Has visto qué fiesta? -Me sonrió, radiante. Luego su sonrisa se volvió irónica-. Ya lo ves, toda esa gente no murió en la montaña en vano. Al menos la tragedia ha servido para que yo publique un libro. Nadie podrá decir que no me aprovecho de las desgracias de los demás.
– Supongo que para eso están los demás -repuse, y nos soltamos.
– ¿Dónde está tu marido, el héroe? -me preguntó Klaus mirando alrededor.
– Por ahí, escondido entre la multitud, sacándose de encima a los admiradores. ¿Ha venido alguien más de la expedición?
Klaus echó un vistazo a la sala. La fiesta de presentación de su libro se celebraba en la biblioteca de la Sociedad de Alpinismo de South Kensington. Era una habitación amplia y tenebrosa, con las paredes cubiertas de estantes llenos de volúmenes encuadernados en piel; pero también había botas de senderismo, viejas y resquebrajadas, expuestas en cajas de cristal; piolets colgados en las paredes, como si fueran trofeos, y fotografías de hombres agarrotados, vestidos con prendas de tweed, y de montañas, muchísimas montañas.
– Greg anda por ahí.
Me quedé perpleja.
– ¿Greg? ¿Dónde está?
– Allí, en el rincón, hablando con aquel anciano. Ve y preséntate tú misma. El otro es lord Montrose. Es un alpinista de la época dorada de las ascensiones al Himalaya, cuando consideraban innecesario ponerles crampones a los porteadores.