Un amor dulce y peligroso
- Автор: Френч Никки
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un amor dulce y peligroso». Краткое содержание книги:
– No quiere, Klaus -repetí-. ¿No lo has oído?
– De acuerdo, de acuerdo. -Klaus levantó ambas manos, rindiéndose-. De todas formas, os he traído un regalo de bodas. -Se agachó y sacó una botella de champán de una bolsa de lona que tenía junto a los pies-. Os deseo mucha suerte y mucha felicidad. Bebéosla en la cama cuando os apetezca.
Le di un beso en la mejilla. Adam soltó una risita y se apoyó en el respaldo de la silla.
– Está bien, tú ganas. Haré esa entrevista. -Se levantó y me tendió una mano.
– ¿Ya os vais? Daniel dijo que quizá pasaría más tarde.
– Vamos a bebemos el champán en la cama -repuse-. No puede esperar.
Al día siguiente, cuando volví de la oficina, encontré a la periodista en el apartamento. Estaba sentada enfrente de Adam, con las rodillas casi tocándose, y había una grabadora en marcha en la mesita. Tenía un bloc en el regazo, pero no escribía nada. Miraba fijamente a Adam, asintiendo con la cabeza mientras él hablaba.
– No os preocupéis por mí -dije al ver que ella se levantaba-. Voy a hacerme una taza de té y luego desapareceré. ¿Os apetece beber algo? -Me quité el abrigo y los guantes.
– Whisky -contestó Adam-. Ésta es Joanna, del Participant. Te presento a Alice. -Me asió por la muñeca y tiró de mí hacia él-. Mi mujer.
– Encantada -dijo Joanna-. Ningún artículo mencionaba que estuvieras casado.
Me miró con sus sagaces ojos, tras unas gruesas monturas.
– Nadie lo sabía -replicó Adam.
– ¿Tú también eres alpinista? -me preguntó Joanna.
Me reí.
– Qué va. Yo no subo ni la escalera si hay ascensor.
– Debe de ser muy duro esperar abajo -prosiguió-. Debes de pasarlo muy mal.
– Todavía no he tenido que hacerlo -dije vagamente, y fui a poner en marcha la tetera-. Además, tengo mi propia vida -agregué, preguntándome si era cierto lo que acababa de decir.
Volví a pensar en nuestra luna de miel en Lake District. Lo que había pasado en aquella cabaña (la violencia a que Adam me había sometido, con mi consentimiento) todavía me preocupaba. Intentaba no pensar demasiado en ello; se había convertido en un punto negro escondido en mi mente. Me había puesto en sus manos, y por un instante, mientras yacía bajo su cuerpo, pensé que iba a matarme, y aun así no opuse resistencia. Una parte de mí estaba horrorizada, y otra parte de mí, excitada.
Mientras esperaba de pie a que hirviera el agua, escuchando la conversación, vi que había una hoja de papel arrugada con gruesas letras negras. La abrí, temiéndome lo que iba a encontrar. «NO TE DEJARÉ EN PAZ», rezaba la nota. Aquellas palabras me pusieron los pelos de punta. No sabía por qué todavía no habíamos denunciado los anónimos. Era como si nos hubiéramos acostumbrado a recibir aquellos mensajes; las amenazas eran como nubarrones de tormenta que pasaban por nuestra vida, a los que no dábamos importancia. Levanté la cabeza y vi que Adam me estaba mirando; esbocé una sonrisa, rompí la hoja en pedazos y los tiré a la basura con desdén. Adam asintió y volvió a prestarle atención a Joanna.
– Me estabas hablando de las últimas horas -dijo la periodista-. ¿Tuviste algún presentimiento del desastre?
– Si te refieres a si pensé que todas aquellas personas podían morir allí arriba, no, claro que no.
– Entonces ¿cuándo te diste cuenta de que todo estaba saliendo mal?
– Cuando salió mal. ¿Me traes el whisky, Alice?
Joanna miró su bloc y cambió de estrategia.
– ¿Qué pasó con las cuerdas fijas? -preguntó-. Tengo entendido que Greg McLaughlin y otros guías de la expedición aseguraron cuerdas de diferentes colores que discurrían por la cresta hasta la cima. Pero en algún momento el último tramo de cuerda se soltó, lo cual dejó a los escaladores en una posición muy vulnerable.
Adam la miró fijamente. Le llevé un vaso de whisky.
– ¿Quieres un poco, Joanna? -pregunté.
Ella negó con la cabeza y siguió esperando la respuesta de Adam. Me serví un poco y me lo bebí.
– ¿Qué crees que pasó? -insistió.
– ¿Cómo coño voy a saberlo? -dijo Adam al fin-. Hacía un frío de muerte. Había tormenta. Estábamos todos trastornados. Nada funcionaba como habíamos pensado, nadie sabía qué hacer. No sé qué le pasó a la cuerda; eso no lo sabe nadie. ¿Qué quieres, un culpable? -Bebió un sorbo de whisky-. Quieres escribir un bonito artículo diciendo que fulano de tal condujo a un grupo de gente hacia la muerte, ¿no? Pues mira, allí arriba las cosas no son así. Allí no hay ni héroes ni villanos. Allí todos somos personas que intentan sobrevivir, mientras perdemos neuronas a chorros.
– El libro insinúa que tú actuaste como un héroe -dijo Joanna, sin dejarse impresionar por el arrebato de Adam-. Además -añadió con cautela- también insinúa que el líder de la expedición, Greg, debe asumir la responsabilidad de lo ocurrido.
– ¿Me traes otro, Alice?
Adam me dio su vaso. Al cogerlo me agaché y le di un beso. Me dije que en cualquier momento tendría que pedirle a Joanna que se marchara.
– Tengo entendido que ahora Greg no está en buena forma. ¿Es por el sentimiento de culpabilidad?
Adam no contestó. Cerró los ojos un momento, y echó la cabeza hacia atrás. Parecía muy cansado.
Joanna siguió intentándolo.
– ¿Crees que esa expedición fue un riesgo innecesario?
– Evidentemente. Murieron varias personas.
– ¿Lamentas que las expediciones de alpinismo se hayan comercializado?
– Sí.
– Sin embargo, tú participas en ese tipo de expediciones.
– Sí.
– Una de las personas que murió -dijo Joanna- era amiga tuya. Una ex novia, creo.
Adam asintió.
– ¿Te afectó mucho no haber podido salvarle la vida?
Le di el segundo whisky a Adam, y él aprovechó la ocasión para rodearme la cintura con el brazo.
– No te vayas -me dijo, como si estuviera hablando de nuestra relación.
Me senté en el brazo de su butaca, y apoyé una mano en su enredado cabello. Adam se quedó mirando a Joanna, escrutando sus ojos.
– ¿A ti qué te parece? -respondió al fin. Se levantó y dijo-: Creo que ya hay suficiente.
Joanna no se movió de donde estaba; lo único que hizo fue comprobar que el carrete de cinta seguía girando.
– ¿Lo has superado? -preguntó.
Me incliné hacia la mesa y apagué la grabadora. Joanna me miró. Nuestras miradas se encontraron, y la periodista asintió con la cabeza, dándome la razón, o eso me pareció.
– ¿Si lo he superado? -repitió Adam con mordacidad. Luego, en un tono de voz muy diferente, añadió-: ¿Quieres que te cuente mi secreto, Joanna?
– Sí, claro, me encantaría.
Cómo no, pensé.
– Tengo a Alice -dijo Adam-. Ella me salvará -afirmó soltando una risotada un tanto cascada.
Entonces Joanna se levantó.
– Una última pregunta -dijo mientras se ponía el abrigo-. ¿Piensas seguir escalando?
– Sí.
– ¿Por qué?
– Porque soy alpinista. Me dedico a eso. -El whisky le hacía arrastrar un poco las palabras-. Estoy enamorado de Alice y me gusta escalar montañas. -Se inclinó hacia mí y concluyó-: Son las dos cosas que me hacen vibrar.
– Estoy embarazada -dijo Pauline.
Paseábamos por St James' Park, cogidas del brazo, aunque todavía un tanto incómodas. Había sido ella la que había propuesto que nos viéramos, aunque a mí no me apetecía mucho. Mi antigua vida parecía algo remoto, casi irreal, como si le perteneciera a otra persona. En aquella vida yo quería a Pauline y confiaba en ella; en esta vida, en cambio, no había espacio para una amistad tan íntima. Cuando iba a reunirme con Pauline aquella fría mañana de sábado del mes de marzo, me di cuenta de que había reservado mi amistad para otro momento. Suponía que algún día podría recuperarla, pero todavía no. Paseamos juntas por el parque hasta que empezó a oscurecer, abordando con miedo temas sobre los que antes no teníamos ningún tipo de reservas. «¿Cómo está Jake?», le pregunté, y ella, haciendo una débil mueca, me dijo que estaba bien. «¿Cómo va tu nueva vida?», me preguntó ella, aunque en el fondo no quería saberlo, y yo no le contesté la verdad.