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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—No había tampoco puerta en la cámara neumática, hasta que se abrió —le recordó Rod—. ¿No había nada que pudiese ser un cuarto de baño?

—Bueno, capitán, creo que el objeto que había junto al sector de estribor, cerca de la cámara neumática, podría tener esa función.

—Entendido. Entonces no hay duda de que el aparato funciona con piloto automático. ¿No creen lo mismo? Pero no le vimos programarlo.

—Le vimos reconstruir prácticamente los controles, capitán —dijo Cargill—. ¡Dios mío! ¿Cree usted que es así como ellos controlan…?

—Parece muy poco práctico, pero sólo él pudo programar el piloto automático —musitó Sinclair—. Y lo hizo muy deprisa. ¿Cree usted que construyó un piloto automático, capitán?

Brilló una de las pantallas de Rod.

—¿Captaron eso? Un resplandor azul en la cámara neumática de la nave alienígena. ¿Qué significa eso?

—Debe de ser para matar a los bichos… —dijo Sinclair.

—No lo creo. Habría bastado con el vacío —objetó Cargill. Whitbread llegó al puente y se situó frente a la silla de mando de Blaine.

—Guardiamarina Whitbread informando, capitán.

—Le felicito, señor Whitbread —dijo Rod—. Dígame… ¿Qué piensa usted de esos dos bichos que el alienígena ha traído a bordo? ¿Por qué cree usted que lo ha hecho?

—No lo sé, señor… quizás por cortesía. Podríamos querer estudiar uno.

—Posiblemente. Si supiésemos lo que son. Ahora eche un vistazo a eso —Blaine señaló a sus pantallas.

La nave alienígena estaba girando, la luz blanca de su impulsor trazaba un arco en el cielo. Parecía retroceder hacia los puntos troyanos.

Y Whitbread era el único hombre vivo que había estado en su interior. Cuando Blaine permitió a la tripulación que abandonase sus posiciones de alerta, el guardiamarina pelirrojo posiblemente pensase que la prueba había terminado.

15 • Trabajo

La boca de la Ingeniera era ancha y sin labios, vuelta hacia arriba en los extremos. Parecía una semisonrisa de suave placidez, pero no lo era. Era un rasgo permanente de su rostro caricaturesco.

Sin embargo, la Ingeniera se sentía feliz.

Su alegría había ido creciendo. Pasar a través del Campo Langston había sido una nueva experiencia, como atravesar una burbuja negra de tiempo retardado. Aunque no tuviese instrumentos que le aportasen datos sobre el Campo, la Ingeniera estaba más deseosa que nunca de ver aquel generador.

La nave que había dentro de la burbuja parecía innecesariamente tosca, ¡y era espléndida, espléndida! Había piezas en la cubierta hangar que parecían desligadas de cualquier otra cosa, ¡mecanismos tan completos que no tenían que ser utilizados! Y muchas cosas que ella no podía entender sólo con verlas.

Algunas debían de ser adaptaciones estructurales al Campo, o al misterioso impulsor que trabajaba desde el Campo. Otras debían de ser invenciones auténticamente nuevas para hacer cosas familiares, nuevos circuitos, al menos nuevos para una Ingeniera de minas no demasiado refinada. Reconocía armas, armas en la gran nave, armas en los pequeños vehículos del hangar, armas personales que llevaban los alienígenas situados al otro extremo de la cámara neumática.

Esto no le sorprendía. Se había dado cuenta de que aquella nueva clase estaba formada por seres que daban órdenes, y no por seres que las recibiesen. Naturalmente tenían que llevar armas. Quizás fuesen incluso Guerreros.

La cámara neumática de doble puerta era demasiado compleja, demasiado fácil de inutilizar, primitiva, y constituía un derroche innecesario de elementos metálicos y de materiales. Ella era necesaria allí, se daba cuenta. La nueva clase debía de haber ido allí para recogerla, no podía haber ningún Ingeniero a bordo de la nave si utilizaban cosas como aquélla. Cuando comenzó a desmontar el mecanismo, el extranjero le tiró del brazo y ella desistió de su propósito. De todos modos no tenía herramientas, y no sabía qué tipo de materiales podía utilizar legalmente para hacer herramientas. Ya habría tiempo de eso.

La rodearon muchos otros, muy parecidos al primero. Llevaban extrañas vestiduras protectoras, la mayoría similares, y armas, pero no daban órdenes. El extranjero seguía intentando hablar con ella.

¿Es que no se daban cuenta de que ella no era un Mediador? Aquella nueva clase primitiva no era demasiado inteligente. Pero pertenecían a la especie que daba órdenes. El primero había gritado una orden clara.

Y no sabían hablar Idioma.

La situación exigía muy pocas decisiones. Un Ingeniero sólo debe ir a donde le conduzcan, reparar y rediseñar cuando se presenta la ocasión, y esperar a un Mediador. O a un Amo. Y había tanto que hacer, tanto…

La sala de suboficiales había sido convertida en sala de recepción para visitantes alienígenas. Los oficiales tuvieron que ocupar uno de los comedores de los infantes de marina, y éstos amontonarse en el otro. Hubo que hacer ajustes en toda la nave para acomodar a aquel enjambre de civiles y atender a sus necesidades.

Como laboratorio, la sala de oficiales carecía de algunos elementos, pero era un local seguro y disponía de agua corriente suficiente, grifos, placas caloríficas y elementos de refrigeración. Al menos no había nada que oliese a mesa de disección.

Después de discutirlo un rato, decidieron no intentar construir muebles que se ajustasen a las condiciones de los alienígenas. Cualquier cosa que construyesen sólo se acomodaría al pasajero de la sonda y eso parecía absurdo.

Había gran cantidad de televisores, y en consecuencia sólo se permitió entrar en la sala a un puñado de individuos clave, ya que el resto de la tripulación podía seguir los acontecimientos a través de los aparatos. Sally Fowler esperaba con los científicos, decidida a ganarse la confianza del pajeño. No le importaba en absoluto quién estuviese observando o lo que le costase conseguir lo que se proponía.

Resultó muy fácil ganarse la confianza del pajeño. Era en realidad un ser tan confiado como un niño. Lo primero que hizo al salir de la cámara neumática fue romper la bolsa de plástico que contenía las miniaturas y entregársela a la primera mano que se extendió solicitándola. No volvió a preocuparse por ellas.

Fue adonde lo condujeron, caminando entre los soldados hasta que Sally lo cogió de la mano a la puerta de la sala de recepción, y por donde pasaba miraba a su alrededor, haciendo girar su cuerpo como la cabeza de un búho. Cuando Sally lo dejó, se limitó a quedarse quieto esperando más instrucciones, observándolos a todos con la misma leve sonrisa.

No parecía comprender los gestos. Sally y Horvath y otros intentaron hablar con él, sin resultado. El doctor Hardy, lingüista y capellán, utilizó claves matemáticas, también sin resultado. El pajeño no entendía y no mostraba el menor interés.

Sin embargo le interesaban las herramientas y los instrumentos. En cuanto estuvo dentro intentó coger el arma del artillero Kelley. Ante la orden del doctor Horvath, Kelley descargó a regañadientes el arma y le permitió coger también uno de los proyectiles antes de entregársela. El pajeño la desmontó totalmente, para irritación de Kelley y diversión del resto, y luego volvió a montarla, correctamente, para asombro de Kelley. Luego examinó la mano del artillero, doblando los dedos hasta el límite y haciéndolos girar por las articulaciones, utilizando sus propios dedos para tantear los músculos y los complejos huesos de la muñeca. Examinó también la mano de Sally Fowler, comparando.

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