Muerte Por Fusilamiento
- Автор: Mendiola Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Muerte Por Fusilamiento». Краткое содержание книги:
– Lo siento -murmuró, dando la mano a Angulo-. No sabe lo que me desagrada hacerle esperar… Pero no encontraba un taxi. En los Estados Unidos, los taxistas madrugan mucho más, se lo aseguro.
Angulo retiró la mano con rapidez. La que acababa de estrechar estaba helada. Empezaron a andar hacia el Acuárium, mientras el agua crepitaba sobre las telas negras de los paraguas.
– ¿Está seguro de que no hay nadie? -preguntó Donald. Y miró a su alrededor, con notorio disimulo-. ¿Nadie?
– ¿Quién podía haber? -Angulo no trató de ocultar su malhumor. Era idiota la pregunta-. Son las siete de la…
– Cierto, cierto. No hubiera imaginado ayer, cuando le telefoneé, que el día podía ser tan espantoso.
– Las lluvias han empezado -dijo Angulo. Pasaban por una avenida. El suelo estaba cubierto por una grava suave y sonora, que se contraía al recibir sus pesos-. Ahora, durarán durante semanas y semanas.
– Es deprimente, sí -convino Donald. Señaló hacia el Acuárium, procurando no sacar la mano de la protección de su paraguas-. Tal vez, en aquel lugar…
Era el único sitio donde podían refugiarse y hablar, el único que ofrecía un techo. La edificación era pequeña, de una sola planta. Desde la galería se contemplaban los compartimientos, excesivamente pequeños, por donde navegaban los peces mansamente.
Subieron las escasas escalinatas, cerraron los paraguas y Donald se sopló las manos. Tenía frío.
– He hablado con el Presidente -empezó-. Con Salvano.
– Por favor -pidió Angulo, sin mucha amabilidad-. Llámelo Salvano. Evitará confusiones. Aún no es…
– Cierto, sí. -Donald movió los labios, disgustado por la corrección-. Ayer almorcé en su casa, tomamos café, charlamos despacio…
Angulo había visto muchas fotografías de Salvano, pero no había llegado nunca a conocerle personalmente. Sin embargo, le habían hablado largamente de su personalidad. Le recordaba como un hombre delgado, de pelo totalmente blanco, de ademanes ordenados. Se decía que los movimientos que realizaba con sus manos eran pausados, y producían la sensación de que habían sido previamente estudiados y aprobados por su mente. No era hombre a quien se pudiera, en ningún caso, atribuir improvisaciones. Y resultaba curioso: también sus ojos eran azules, como los del Presidente. Pero en los de Salvano había una sinceridad pasmosa, un dominio absoluto. Allí estaba la diferencia. Y había también honestidad. Era un hombre capaz de dominar las debilidades y vicios que su naturaleza le hubiera podido procurar, y había logrado dominarlos. Le definían como un luchador lento y terrible, como un…
– ¿Le habló usted de mí? -preguntó Angulo.
De pronto, tuvo el deseo de que Salvano hubiera oído hablar de él. Concretamente, de él, no de su causa. Que conociera su nombre, sus costumbres, su modo de enfocar las cosas. Tuvo ardientes deseos de que toda su personalidad hubiera pasado por la inteligencia que acechaba tras aquellos ojos serenos y azules, y que hubiera sido aprobada. Así, hubiera matado con la convicción de que aquello era, más que necesario, ineludible.
– ¡Naturalmente! -contesto Donald-. ¿Cómo no iba a…?
No le había entendido. Eso era todo.
– Sí -dijo, a pesar de ello, Angulo-. ¿Le ha expuesto lo que…?
– No sé si traigo buenas o malas noticias -dijo Donald, con voz grave. Se detuvo, frente a una de las vitrinas, ante un pez aburrido de ojos impasibles y grandes. Leyó: "Promicrops Lanceolatus". El pez y él se miraron pensativamente-. Salvano no quiere oír hablar de muertes, eso es todo. No quiere que…
– ¿No desea que yo…?
– Aún más: le ordena que no lo haga.
¿Por qué él, Angulo, no se sorprendía? ¿Por qué no sentía sensación alguna dentro de sí? Se sorprendió a sí mismo pensando: "Los peces también se dejan influir por la lluvia. Están tristes". Y era obvio que se refería al "Promicrops Lanceolatus". Optó por decir, en voz alta:
– Creo que incluso los peces se entristecen por la lluvia…
– Sí -asintió Donald, cortésmente. Y miró la lluvia y luego al pez-. Odia la violencia.
– Pero este es un país violento. Jamás volverá a ocupar la Presidencia si no accede a…
– Él no opina así: dice que regresará, tarde o temprano.
– ¿Y usted? ¿Qué piensa usted de todo esto?
– Yo trabajo a las órdenes de Salvano, señor Angulo.
– También yo, pero eso no me impide pensar. -Donald hizo un breve rictus de contrariedad. Miró de nuevo al pez. El pez no parecía pensar -. Tengo mi criterio. Es preciso que el Presidente…
Donald movió la cabeza.
– Créame, no le entiendo. Hace pocos días, usted no quería dar un solo paso sin el consentimiento de Salvano. Excúseme por lo que le voy a decir, no se enfade. Tanto interés demostraba en ello, que estuve tentado -tentado, nada más-, de atribuirlo a temor. Y pude haber pensado que se abrazaba a las instrucciones de Salvano, que las exigía, como quien no desea hacer una cosa y confía en que le ordenen no hacerla… ¡Y ahora, ahora que Salvano…!
– No es así, exactamente. Yo necesitaba su consentimiento, pero nunca llegué a pensar que me fuera negado.
– Ha sido así, sin embargo. Quiero advertirle que todo esto ha preocupado a Salvano mucho más de lo que usted pueda pensar. Cuando lo supo, quiso redactar unas instrucciones para los que luchaban por él…
– Unas instrucciones pacifistas, me imagino.
– No desea derramamientos de sangre, se lo he dicho. Y yo seré quien traiga pronto esas instrucciones. Pero él, Salvano, no quiso que yo me demorara en hablar con usted, quiso que partiera inmediatamente…
– Temía que, entretanto, yo ejecutara al Presidente ¿no es así?
– Sí, así es.
– Pero yo esperaba sus noticias, no lo hubiera hecho sin ellas.
– Pensamos que, tal vez, si entretanto tenía una oportunidad…
Angulo contestó, secamente:
– Todos los días tengo oportunidades.
– Sí, es cierto. Lo que quiero decirle es que ahora traigo una carta, firmada por Salvano, en la que ordena expresamente no atentar contra la vida del Presidente. Una carta para la organización para que ésta, a su vez, se la transmita a usted y abandone lo que está haciendo…
Angulo pensó: "Una orden de no ejecución". Y se acordó del estudiante Carvajo.
– ¿A quién va dirigida la carta? -preguntó.
– Al comandante Torres, naturalmente.
"Al comandante Torres, naturalmente". Pero no sería Torres quien le hiciera partícipe a él de su contenido. Torres llamaría a Jaramillo, que trotaría a su lado. Y sería el menudo propietario de ratones quien…
– ¿Y si yo le matara, a pesar de todo? -preguntó, súbitamente.
Donald hizo un gesto vago. Una aleta del pez se movió, como algo ajeno al animal, y el "Promicrops" cambió levemente de rumbo, navegando muy pegado al cristal, con el mismo desinterés en su nueva ruta. Dijo:
– Eso es cosa suya.
– ¿Quiere decir que la organización no se haría responsable?
Donald le miró.
– Señor Angulo: la organización, en ningún caso, se haría responsable de su acción, tanto si obedeciera órdenes como si las incumpliera.
Angulo pasó una mano por el helado cristal del Acuárium.
– Entonces -murmuró- tal vez lo más conveniente para todos fuera que yo lo hiciera. De esta manera, la conciencia de Salvano estaría limpia. Podía empezar bien las cosas desde el principio.
– ¿Habla seriamente?