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Электронная книга - «Muerte Por Fusilamiento». Краткое содержание книги:

Premio Eugenio Nadal 1962
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– Me duele tanto, tanto, doctor -dijo el indio-. Cuando usted me aprieta, justamente puedo resistir sin…

– ¿Dinero? -preguntó Sabatina, con desconfianza.

– Para verte con rayos X es preciso dinero. Todo el mundo lo sabe, aquí.

– No, no tengo dinero.

El enfermero suspiró.

– Como quieras. Yo no puedo ayudarte, chica. Reza para que tu cadera no esté rota… ¿Te duele al andar?

– Sí, al andar sí.

– Yo no sé si… ¿Ni siete pesos tan sólo? Eso vale una exploración…

Sabatina negó con la cabeza. Sí que los tenía, pero tal vez Antoine… Consultaría con él.

– Yo no puedo hacer más. En la otra sala te pondrán una venda, pero si la cadera está rota, será igual… ¿Te molesta por las noches?

– No puedo dormir acostada sobre ese lado…

– Si dentro de unos días no has reunido siete pesos y te sigue doliendo… Solamente son siete pesos, demonios. Bien, si no los tienes, ven, de todas formas… Bájate ya las faldas, ahora pasarás a la Enfermería. Procura andar poco…

En la esquina, junto al ventanal, el médico que examinaba al niño volvió a impacientarse.

– Es inútil -dijo, quitándose de nuevo las gafas. El niño moreno le miró con un odio tranquilo y reposado-. ¿Tienes algún defecto en la boca? ¿Por qué no la abres?

– Por favor, Felipe -suplicó la madre, acalorada, pellizcando a su hijo en la nalga-. Abre esa boca o…

– Dígale que no le voy a hacer nada -explicó el médico, fastidiado, contemplando sin interés el jardín del Hospital mientras esperaba que se le arreglaran las cosas.

La madre empezó a mover las manos frente a la impasible cara de Felipe.

– El doctor, imbécil, no te va a hacer daño. Abre esa cochina boca o… Luego, en casa, te vas a…

En pleno pellizco, el niño abrió la boca, sin prisas. El médico, con cierta ansiedad, aprovechó el momento para echar un vistazo.

– Aquí no hay nada -dijo. El niño le miraba con insolente indiferencia-. Nada, absolutamente. ¿Dice que le supura…?

– Muchas gracias -murmuró Sabatina.

– Por allí, por aquella puerta. Toma, toma este papel. Cuando el enfermero se quede libre, se lo entregas.

Sabatina echó a andar.

VEINTISÉIS

Ayer recibí un periódico de Bruselas -dijo Antoine-. A veces me los envía aún mi familia, cada vez menos… Van a levantar parte del pavimento, en la plaza del Ayuntamiento, decía en la primera página. Han debido estropearse algunas cañerías y tratan de… Pero algunos concejales se oponen. ¿Es alguna tontería lo que te estoy contando?

– No lo sé -sonrió Angulo. Todo era igual que en la última ocasión en que estuvieron allí. A sus espaldas, el viejo indio hablaba algo a la niña de los ojos tristes. En el establecimiento había luz roja, también como siempre-. ¿Por qué lo preguntas?

– Me ha impresionado -confesó Antoine-. Me he dicho: "Éste es tu sitio, Bruselas". Me he preguntado: "¿De dónde eres? Pues de Bruselas".

Suspiró. El indio se lamentaba de las cosas, de lo difícil que era seguir viviendo. La niña le escuchaba.

– Yo creo -siguió Antoine-, que todo el mundo debía vivir en el lugar donde ha nacido. No conduce a nada moverse de un sitio a otro. Uno viene a América, y al poco tiempo desea regresar. Entonces, se pregunta: "¿Por qué habré venido?". Y, sin embargo, regresar no debía ser tan difíciclass="underline" todos los días salen aviones que cruzan el Atlántico. Siempre que veo un reactor que despega, pienso: "Ojalá estuviera yo en…".

– Estás bastante mareado. Hablas, hablas y no haces nada. ¿Has pedido acaso el visado de salida?

– No. No me lo concederían.

– No lo has intentado. ¿Qué esperas?

– No lo sé. Es horrible, porque es cierto que espero algo. A veces me da por pensar que estoy aguardando a que me detengan, que les estoy esperando a ellos, a los perros del B.A.S…

– ¿Se trata de tu enfermedad?

– Sí. -Antoine suspiró-. Avelino, perdona que te diga esto, pero con sólo verme los muslos se sabe lo que tengo, ¿comprendes? No hace falta que me hagan análisis de sangre.

– ¿Qué te han dicho los médicos?

– Que no tengo salvación -dijo Antoine, y vació tranquilamente su vaso.

– Pero… Veamos. ¿Podría causarte la muerte?

Antoine miró por la ventana.

– No así, con tanta rapidez -y buscó con la mirada al dueño, para hacerle ver que debía llenar de nuevo su vaso-. El médico ha sido sincero: no moriré pronto, de una sola vez, sino por etapas. Y ésta será la primera.

– ¿La cabeza? -preguntó Angulo.

– Sí. Me iré volviendo loco.

– Estás diciendo tonterías…

– Te juro que es cierto. Loco. También a mí me sorprendió, al principio. Había oído muchas cosas de esta enfermedad, pero no sabía que afectara a… Y no tengo una pizca de esperanza. Ni tan siquiera voy ya a las curas. No sabes lo que es aquello… Pones el grito en el cielo. Son demasiado dolorosas.

– Tal vez allí… -Angulo no sabía muy bien lo que iba a decir-. En Europa, la medicina ha adelantado mucho, infinitamente más que aquí…

– Pero él es un buen médico, el que me ha examinado… En Europa, lo único que podrían hacer es cuidar mejor mi locura, cuando sobrevenga. En todo caso, creo yo que no estaré entonces para apreciar esas cosas…

Angulo sintió frío. Miró a hurtadillas a su amigo. Estaba terriblemente delgado, tenía los ojos hinchados.

– Haz algo, por lo menos -aconsejó-. Pide el visado.

– Me lo van a negar.

– Pídelo de todas formas, te lo suplico. Tú no puedes seguir, así, como vives… Si alguna vez necesitaras dinero…

– No, no. Tal vez me decida mañana mismo, y vaya a mi Embajada…

– Sería bonito que pudieras volver.

– Sí. -Antoine miró por la ventana-. No te importa que te lo diga, ¿verdad? Odio esta tierra… Y es curioso que he pretendido luchar por ella, es curioso… Recuerda lo del plástico. Me ahogo aquí, me siento como prisionero. Ni tan siquiera las estrellas, por las noches, son las mismas que en Europa… Y aquí no huele nada. ¿Por qué las cosas no tienen aquí aroma, Avelino?

– No lo sé… Se lo he oído decir a varios europeos. Tal vez sea por la altura.

– La altura, sí… Es demasiada. Aquello, mi país, es más prieto, parece como si uno debiera sentirse más ahogado… Porque aquí hay demasiados horizontes. Quizá sea la amplitud de espacios lo que nos ahogue… ¿no te parece?

– No lo sé. Es mejor que te vayas a casa… Estás mareado, tienes un color muy malo.

– Yo me quedaré. Tú sí, tú debes marchar. ¿Para qué has venido? Yo no te había llamado. Suelo pensar que ahora, a veces, te sientas ahí enfrente para mirarme y escucharme… Como si tuvieras miedo de mí.

– Sí -dijo Angulo,

– ¿Tienes miedo?

– Sí. De que hables.

– ¿De que me detengan y fuercen a hablar?

– Exactamente. Lo siento, pero no debes ofenderte.

Te veo con poca fe, con pocas defensas… No sabes para qué luchas y te horroriza el daño físico.

– No es eso… No saber por qué lucho… Ocurre, sencillamente, que no lucho, que he dejado de luchar. ¿Y sabes por qué? Porque no merecía la pena.

– No, te engañas… No luchas porque tienes miedo.

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