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Электронная книга - «Muerte Por Fusilamiento». Краткое содержание книги:

Premio Eugenio Nadal 1962
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– ¿Para qué?

– Para nada. Para verte.

La prostituta debía estar dormida, porque estaba con la cabeza apoyada sobre la mesa, como si durmiera o se hubiera propasado bebiendo.

– No se viene porque sí, me parece -se quejó Antoine. Estaba entristecido por la lluvia constante, por Las Caucas, por aquella muchacha que solamente venía para verle, sin ningún otro motivo-. ¿Qué ha dicho ese ciego de tu perfume?

– Cuando te llevaron -explicó ella-, me dio dinero.

– ¿El ciego? Estás loca.

– No tenía nada… Me tuvo que dar dinero.

– Como antes, como antes de que yo te encontrara.

Ella asintió con naturalidad. Sus ojos eran perfectamente inexpresivos. Jamás había distinguido el bien y el mal.

– Sí, como antes.

– Pero antes no te ibas con ciegos, antes eras otra cosa…

La prostituta había levantado la cabeza y les miraba ahora, con un ojo guiñado de sueño. Preguntó:

– ¿Le han matado?

– ¿A quién? -dijo Antoine.

– A su amigo, al terrorista… Tiene usted amigos famosos.

– ¿Era amigo de usted? -preguntó el dueño. El asunto le interesaba.

– No sé lo que… -empezó Antoine. Era odioso que siguiera lloviendo de aquella manera, que la lluvia no acabara jamás-. Déjenme tranquilo.

El indio levantó una mano.

– Ya lo saben -dijo-. Déjenle tranquilo. Él no tiene nada que ver con eso.

– Tendría gracia -empezó el ciego, con voz monótona-, que ese hombre hubiera luchado por la vuelta de Salvano. Tendría maldita gracia.

– ¿Qué hombre? -preguntó el indio.

– El terrorista.

Todos miraron al ciego. Antoine se sintió mal. La prostituta dijo, dirigiéndose al dueño:

– Estuvo aquí, en esta misma mesa, con él -y señaló a Antoine-. Hablaban de Europa.

El dueño asintió. Lo recordaba muy bien.

– Era un tipo raro -comentó.

– ¿Por qué tendría gracia lo de Salvano? -preguntó el indio.

– Porque no ha vuelto al Poder-dijo el ciego, lentamente-. Pero yo sé que alguna vez ha de volver.

– Seguro -dijo la prostituta-. Y le devolverá a usted los ojos.

– No, pero volverá -insistió el ciego.

Antoine estaba nervioso. ¿Tal vez le podía perjudicar que…? Sintió que la mano de Sabatina se apoyaba en la suya.

– Después de tanto tiempo -dijo ella, dulcemente-, he querido verte. Eso es todo. Saber si estabas peor.

– No, no estoy peor -suspiró Antoine-. ¿Vas a volver con él?

– Sí. Tal vez se case conmigo, alguna vez…

– ¿Te lo ha dicho?

Sabatina negó con la cabeza.

– Entonces, no se casará.

– Tampoco me ha dicho que no se casará -objetó Sabatina, sin convencimiento.

– Me acuerdo muy bien -dijo el dueño, pensativo-. Era un tipo que parecía estar siempre preocupado…

– Sí -asintió el ciego.

– Pero usted no le veía. No podía saber si…

– No hablaba -dijo el ciego-. O hablaba en voz muy baja. La gente que hace eso suele estar muy preocupada.

Se levantó, manoseando la mesa, y empezó a dirigirse hacia la salida. No andaba muy firme, y todos lo advirtieron. Cuando llegó a la puerta, se volvió. La puerta abierta hizo que el ruido de la lluvia pareciera furioso. Dijo, con voz pastosa:

– Algún día, Salvano volverá a este país. ¡Amén!

La corriente de aire frío se apagó, cuando la puerta se cerró tras él. El dueño murmuró, como si hablara para sí: "Ahora no va a parar de llover hasta el mes de febrero…". Y siguió limpiando los vasos.

El indio dijo a la niña:

– Anda… Nosotros también nos vamos. Es endemoniadamente tarde.

La niña se levantó. Había crecido un poco, y las angulosas rodillas que asomaban bajo su falda eran feas y huesudas.

– ¿Viene con nosotros? -preguntó el indio, dirigiéndose a Antoine-. Es más de medianoche.

– No… Iré más tarde.

Sabatina les vio marchar. Les recordaba muy bien: el viejo indio, y una niña que no parecía tener ningún parentesco con él, ningún parentesco con nadie. Un poco de pena asomó a sus ojos cuando preguntó a Antoine:

– ¿Es que vives con ellos?

– Vaya…-dijo Antoine-. Sólo provisionalmente.

Ella le miró de una manera inexpresiva. Aún no le había dicho a él que había venido a "La Papaya" porque estaba triste, aquella noche, y porque no comprendía el motivo de su tristeza. Ahora se daba cuenta de que no se lo diría jamás. No tenía objeto alguno.

– Siento que las cosas te hayan ido mal -dijo Sabatina, volviendo a poner su mano sobre la de él-. De verdad que lo siento.

Sin saber por qué, Antoine recordó a Avelino Angulo. Tampoco a él le habían ido muy bien las cosas.

– Oh -dijo, tratando de sonreír, tratando de quitar significación a todo lo que les rodeaba y al mundo entero-. No tiene ninguna importancia.

José Maria Mendiola

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