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Электронная книга - «Muerte Por Fusilamiento». Краткое содержание книги:

Premio Eugenio Nadal 1962
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– No, claro que no.

– Resulta curioso: mi madre, al morir, me dijo que le cuidara. ¡Y él me lleva veinte años, casi! "Cuídale -me dijo-. Preocúpate por él. Ya sabes cómo es…" Ahora va a ser difícil, me parece, que me preocupe mucho por él…

– Tiene a su mujer. Saldrá adelante…

– No lo sé… ¿Sabía que es un hombre profundamente desgraciado? Cree tenerlo todo, y lo que tiene no le satisface… Y ya no le quedan metas, no le quedan aspiraciones. La diferencia entre lo que esperaba conseguir y lo que ha conseguido se le ha reducido a cero… Eso es malo siempre, pero especialmente cuando uno se ha equivocado. Y él está equivocado… Pero toda la vida se ha creído en la necesidad de compadecerme, de tener piedad de mí… Me veía profundamente desgraciado, y no se daba cuenta de que yo… Seguía considerando que yo era enfermizo, que era demasiado blando. Resulta curioso.

– Sí. ¿Sabías que tenía un permiso de visita?

– Me lo imaginaba. ¿Hace mucho tiempo que se lo han dado?

– Tres días, creo.

– No se atreverá a venir. Eso es muy suyo. Y, si viene, su mujer le habrá endosado antes un traje oscuro, un traje apropiado, y le habrá hecho infinidad de recomendaciones… Ese día, mi hermano habrá de tener mucho cuidado en no soltar ningún comentario frívolo o inadecuado. Ella se lo echaría en cara, no se lo perdonaría… ¿Sabía que no tienen hijos?

Suspiró. Empezaba a estar nervioso.

– ¿Te queda aún tabaco?-preguntó Martín.

– Sí, aún me queda. Gracias. Porque fumo poco. No lo puedo evitar: todo el día pienso, y también durante la noche. Me esfuerzo en averiguar si he hecho mal las cosas, si me he equivocado… Pedí las Obras de Santo Tomás y las de San Agustín ¿sabe? Alguien, no sé cuál de los dos, habla del atentado contra la autoridad vigente… ¿Usted sabe quién de ellos?

– No, no lo sé. Pero creo que es tu propia obra la que debes analizar. No creo que los libros te sirvan de mucho…

– Por supuesto, sí. Pero me hubiera gustado que… En todo caso, es iguaclass="underline" no tenían las obras de ninguno de ellos. Siempre he pensado que, ante la muerte, el hombre se dignificaría, se sublimaría… Pero a mí no me ocurre eso. Me parece que el hombre siempre es pobre; incluso ante un pelotón de fusilamiento. Solamente siente miedo… Le he mentido: siento mucho miedo.

– Cualquiera lo sentiría. Pero tú eres fuerte. Tal vez más que…

– No, no. Siento mucho miedo. Y dentro de ese miedo, un absurdo cinismo. Empiezo a hacerme preguntas, y en seguida me doy cuenta de que todos, antes que yo, se las han hecho… Y me siento despreciable: me parece que ya ni tan siquiera mi miedo tiene valor alguno. Necesitaría a Elvira: ella ordenaría mi cabeza, seguramente. Aunque pudiera ser que tampoco me sirviera de mucho…

– Una vez la llamó el Presidente.

– ¿A ella? ¿A Elvira?

– Sí.

– ¿La interrogó el Presidente?

– Creo que sí. Dicen que luego quedó disgustado… No sé nada más.

Alijo guardó silencio durante algunos minutos. Luego, en voz baja, preguntó:

– ¿Sabe que van a matarle?

– ¿Al Presidente?

– Sí.

Martín se frotó el mentón.

– ¿Estás seguro?

– Sí, estoy seguro.

– ¿Quiénes son?

– Los partidarios de Salvano.

– No sé si eso… Me parece difícil que regrese Salvano.

Carvajo miró la pared de enfrente.

– Salvano es un hombre bueno -dijo-. Todos dicen que volverá. Vive en los Estados Unidos, y vive pobremente. Pero su pobreza es natural, no de ostentación. Vive pobremente, sencillamente, porque no tiene dinero. Algún día volverá a este país. Será un día de triunfo.

Alguien tosió, fuera de la celda. A través de los barrotes que cubrían la ventanilla, se entrevió el rostro delgado de Monserrate.

– Lo lamento, doctor -dijo. Venía lleno de consideraciones-. Han pasado ya más de…

– Sí -dijo Martín-. Abre la puerta.

Se volvió a Carvajo.

– ¿Quién va a hacerlo?

– Lo siento, doctor -y Alijo sonrió-. Pero no puedo.

El médico se apretó las manos, y sintió que sus palmas estaban húmedas.

– Es que… -empezó-. Deben tener cuidado.

– ¿Por qué?

– Deben tener cuidado… Se dice que han organizado una falsa revuelta, un simple cambio de Poder.

Alijo movió la cabeza.

– Esté tranquilo -dijo-. No se trata de ellos.

– ¿Estás seguro?

Los ojos de Monserrate permanecían fijos en las botas del estudiante. Pero no podía oír nada estaba demasiado lejos.

– Estoy seguro.

– Lo siento, doctor -dijo Monserrate.

Martín empezó a salir de la celda, pero se detuvo en la puerta y fijó sus ojos en el breve montón de porquería que apestaba uno de los rincones. Cogió de un brazo a Monserrate, con naturalidad.

– Limpia esto-ordenó-. Cuando regrese, te preguntaré si lo has hecho. Lo vas a limpiar todos los días.

– Sí, doctor -dijo Monserrate. Miraba al estudiante. No tenía odio ni rencor. Sólo que parecía divertirle el pensamiento de que no fueran muchos los días que habría de limpiar.

VEINTIOCHO

No sé si debo o no decírselo -empezó Antoine, con una sonrisa forzada-. Pero todo esto debe ser alguna equivocación.

El Comisario le miró. A primeros de diciembre, habían empezado las lluvias, con la misma monótona puntualidad de cada año. La ciudad era un inmenso charco, y desde la estrecha ventana del despachito se veía un cielo definitivamente oscuro. Por alguna parte debía haber un alero de aluminio. El ruido del chaparrón era metálico.

– Usted puede decir lo que quiera -concedió el Comisario, amablemente. Y miró al inspector Méndez, que permanecía indiferente tras sus inmensos bigotes-. Lo que no comprendo muy bien es a qué se refiere usted al decir "todo esto". ¿Qué es "todo esto", señor Ferrens?

Antoine abrió los brazos. Tampoco aquella mañana se había afeitado.

– Yo estaba en casa -explicó-. Estaba diciéndole a ella, a la muchacha con la que vivo: "Fíjate; ya han empezado las lluvias". Entonces, la puerta se abrió de golpe y entraron dos agentes del B. A. S. No llamaron, tan siquiera. Eso, usted reconocerá, resulta inconcebible. Yo les pregunté: "¿Por qué he de ir con ustedes?". No llevaban orden de detención, no llevaban absolutamente nada…

– Los tiempos están revueltos -se justificó el Comisario-. Hemos de obrar con prisa, con rapidez. Pero usted habla de órdenes de detención… Por Dios, por Dios. No íbamos a llegar tan lejos. ¿Por qué le íbamos a detener a usted, vamos a ver?

– Pero… yo estoy aquí. Me han traído. Empujaron a Sabatina.

– ¿Sabatina?

– La muchacha con la que…

– ¿La empujaron? -el Comisario miró a Méndez-. Son cada día más animales, menos considerados… ¿Ha oído eso, Méndez? Tendremos que hacer algo; que llamarles la atención, cuando menos…

– Yo no entiendo, se lo aseguro -dijo Antoine-. No hace una semana que declaré. ¿Qué más quieren ustedes?

– Ah, ah -el Comisario sacó un papel de alguna parte-. Sin prisa, señor Ferrens. Las cosas han cambiado. Desde la última vez que usted nos visitó, usted se ha movido bastante, nos ha dado trabajo, cierto trabajo…

– ¿Trabajo?

– Trabajo, sí. Corríjame usted si me equivoco en lo que voy a decirle. El último lunes fue usted a visitar al doctor Lorca, que le practicó un reconocimiento médico.

– Sí, es cierto.

– El doctor Lorca se negó a extender el certificado que usted le pedía. Le dijo algo así como: "Yo no estoy acostumbrado a hacer esas cosas. Por desgracia, hay compañeros míos que lo hacen, y usted ha debido confundirme con uno de ellos". ¿Fue así?

– Sí -Antoine asintió-. Algo así.

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