La guerra de los enanos
- Автор: Уэйс Маргарет, Хикмэн Трэйси
- Серия: Dragonlance Legends #2
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Переводчик: Marta Perez
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La guerra de los enanos». Краткое содержание книги:
La repugnancia que éste le inspiraba se desvaneció en la mente de Crysania, preocupada como estaba por Raistlin. Deseosa de que el mago se sintiera lo mejor posible, desanudó su capa de viaje y lo ayudó a quitársela para, acto seguido, extenderla delante de la fogata. Luego registró la sala hasta descubrir unos cojines andrajosos y polvorientos que, tras sacudir sin demasiado éxito, dispuso en torno a los riñones del enfermo al objeto de que, más incorporado, pudiera descargar sus pulmones.
Cuando le hubo prodigado todas estas atenciones, la dama se arrodilló junto al nigromante para librarlo de sus humedecidas botas.
—Gracias —susurró Raistlin, jugueteando con su despeinado cabello.
Al percibir tan delicada caricia, Crysania se ruborizó. Alzó los ojos y topó con unos iris pardos que destilaban más calor que las llamas. Raistlin bajó los dedos hasta su frente, que despejó de los apelmazados mechones, y ella no acertó a hablar, ni siquiera a moverse. El mago tenía el don de atraparla, de hipnotizarla.
—¿Eres su manceba?
Era el posadero quien así se interfería en su mudo intercambio. La sacerdotisa se sobresaltó, pues no había oído sus pisadas ni el roce de sus vestiduras. Se puso de pie e incapaz de buscar el auxilio de Raistlin ante semejante afrenta, se giró bruscamente hacia el fuego.
—Esta dama pertenece a una de las familias más aristocráticas de Palanthas —reivindicó una voz cavernosa desde el umbral—. Haz el favor de tratarla con el respeto que merece, bribón.
—Sí, maestro. Disculpadme —titubeó, impresionado por la maciza figura de Caramon, quien, al entrar, trajo consigo un torbellino de viento y de lluvia—. Os aseguro que no pretendía ofenderla; perdonad mi impertinencia.
La Hija Venerable no se dignó responder. En altiva postura, se limitó a indicar al infame individuo:
—Deja el agua en la mesa.
Mientras el guerrero cerraba el acceso y procedía a reunirse con sus compañeros, el mago extrajo de los pliegues de su atuendo la bolsa con la mixtura de hierbas de su infusión y, tras depositarla sobre la tabla de madera, hizo señal a la dama para que preparara su pócima. Con el resuello de un asmático, se arrellanó entonces entre los almohadones a fin de acunarse en el crepitar de las llamas. Sabedora de que Caramon la escrutaba, la sacerdotisa optó por eludirlo y volcarse en la tarea que le habían encomendado.
—He alimentado y abrevado a los caballos —anunció el hombretón—. Como no los hemos hostigado en exceso durante la cabalgada, creo que dentro de una hora podrán reanudar la marcha. Nos conviene que así sea, ya que me gustaría llegar a Solanthus antes del crepúsculo. —Le gustaba hacer planes porque, de ese modo, rompía el turbador silencio. Puso, también él, su capa a secar frente a la chimenea, y el vapor que exhalaba la humedad se elevó hacia el techo en densas volutas—. ¿Habéis encargado algún refresco para nuestros estómagos? —preguntó.
—No, tan sólo este tazón donde elaborar el brebaje de Raistlin —contestó Crysania quien, una vez teñido el líquido con las dimanaciones de las hierbas, se lo tendió al nigromante.
—Posadero, vino para la dama y el mago. Yo tomaré agua. Sírvenos además una fuente de comida con la que saciar nuestro apetito; cualquier manjar nos parecerá estupendo después del fatigoso periplo.
Impartidas sus instrucciones, Caramon se sentó delante del hogar, frente a su hermano. Tras deambular durante varias semanas por un territorio desolado, hacia las llanuras de Dergoth, los tres habían aprendido a conformarse con ingerir lo que hubiera disponible en las ventas del camino, si tenían la fortuna de hallar algo comestible.
—Éste es sólo un heraldo de las turbonadas que van a asediarnos en los días venideros —dijo el guerrero a Raistlin cuando el dueño del albergue abandonó la sala en dirección a la cocina—. Cuanto más al sur viajemos, más arreciarán. ¿Estás resuelto a seguir este curso de acción? Podría acarrearte graves consecuencias.
—¿A qué te refieres? —lo imprecó el aludido, entrecortada su voz y tan nervioso que, al erguir la espalda, derramó unas gotas de su brebaje.
—No te alteres, Raistlin —lo apaciguó el hombretón al detectar su creciente resquemor—. Me inquieta tu salud, eso es todo. La falta de sol siempre la ha perjudicado, y pronto nos veremos inmersos en un clima incierto.
Observando meticulosamente a su gemelo, y convencido de que sus frases no encerraban un doble sentido, el nigromante volvió a acomodarse en los cojines.
—Nada me detendrá —declaró—, y espero que a ti tampoco. Es el único medio a tu alcance para regresar a tu añorado hogar.
—No me causa placer tal perspectiva si tú has de morir en el empeño —gruñó el guerrero.
Crysania miró perpleja a Caramon, si bien Raistlin se contentó con sonreír y, ribeteada su voz de amargura, le aseguró:
—Me conmueven tus buenos sentimientos, hermano, pero no abrigo ningún temor respecto a mi estado físico. Conservo la fuerza suficiente para llegar a mi destino e invocar el hechizo definitivo, si no sufro reveses inesperados en el ínterin.
—Alguien velará por ti y evitará que nada te suceda —replicó el hombretón a la vez que, con grave ademán, examinaba a la sacerdotisa.
La dama se sonrojó; pero cuando se disponía a intervenir, regresó el hospedero. Éste se inmovilizó al lado del trío sosteniendo en una mano una marmita donde bullía un guiso humeante y, en la otra, una jarra, sin decidirse a posarlas sobre la mesa.
—Excusad mi atrevimiento, señores —balbuceó—, pero debo ver el color de vuestro dinero. Corremos tiempos difíciles, y…
—Aquí tienes —lo atajó Caramon quien, mientras el otro hablaba, había extraído una moneda de oro de su bolsa—. ¿Te parece un pago justo?
—Sí, señor, desde luego —corroboró el grotesco individuo, animados sus ojos por un brillo equiparable al del dorado disco.
Se desembarazó raudo de los objetos que le ocupaban las manos y asió su recompensa con evidente voracidad. Durante la operación no dejó de espiar al mago como para impedir que éste, mediante su arte, volatilizara su precioso premio que descansaba en la mano del cliente más robusto.
Tras embutir la moneda en su bolsillo, el tosco humano rebuscó en el mostrador y volvió al rato con tres cuencos, tres cucharas de cuerno de venado y otros tantos vasos. Distribuyó todos estos elementos entre los comensales, colocó la marmita en el centro y retrocedió. Crysania revisó los platos y, sin poder reprimir su repugnancia, los lavó en el agua sobrante de la pócima.
—¿Precisáis algo más, señores? —inquirió el posadero, con un acento tan servicial que Caramon esbozó una mueca burlona.
—¿Tienes pan y queso?
—Sí, maestro.
—En ese caso, pon unas raciones en un cesto.
—¿Vais a seguir viaje de inmediato?
Tras dejar de nuevo los cuencos en la mesa, la sacerdotisa alzó la vista. Se había obrado un sutil cambio en la voz del hombre y la dama consultó en silencio al guerrero para comprobar si lo había percibido, pero éste se hallaba demasiado ocupado en remover el estofado de carne y patatas, en olisquearlo ansioso. Raistlin, al margen de cuanto le rodeaba, contemplaba absorto las llamas y tanteaba, sin prestarle atención, el vaso aún vacío.
—No pernoctaremos aquí si eso es lo que quieres saber —repuso el hombretón, afanado en servir el alimento.
—No hallaréis mejor alojamiento en… ¿Adónde habéis dicho que os dirigíais? —insistió el hospedero.
—No te lo hemos dicho, ni es asunto que te concierna —lo atajó Crysania con su habitual frialdad.
La sacerdotisa aferró un pocillo rebosante de caldo, que dio a probar al hechicero. Pero él rehusó comerlo, una vez inspeccionada la película de grasa que cubría el extraño potaje, y su actitud influyó en la mujer que, pese al hambre que sentía, únicamente pudo engullir dos o tres cucharadas. Apartando el cuenco, casi intocada la nauseabunda sustancia, se arropó en su capa todavía húmeda y se acurrucó en la silla, antes de cerrar los ojos y esforzarse en olvidar que una hora más tarde estaría de nuevo sobre la grupa de su equino en una extenuante cabalgada a través de una región desértica, asolada por la tormenta y el huracán.